Capítulo 3

Punto de vista de Emilia

Lo primero que percibí fue el aroma de las rosas y el perfume caro.

Abrí los ojos y me encontré contemplando un techo ornamentado con molduras intrincadas. La cama bajo mi cuerpo era obscenamente suave.

¿Dónde demonios estaba?

Me incorporé demasiado deprisa. La habitación dio vueltas a mi alrededor; el sedante todavía me enturbiaba los sentidos.

El dormitorio era enorme, al menos dos veces más grande que el mío en la casa de la Manada Frostridge. Todo rezumaba riqueza: cortinas de seda, suelos de mármol y una lámpara de araña digna de un palacio.

Entonces descubrí mi reflejo en el espejo de cuerpo entero de la pared opuesta.

Me habían arreglado como a una muñeca.

El cabello me caía por la espalda en suaves ondas y el maquillaje destacaba mis mejores rasgos. Mis ojos parecían más profundos; mis labios, más carnosos. Casi no me reconocí.

El vestido de seda azul marino se ajustaba a mi figura a la perfección. Era tan elegante y favorecedor que costaba apartar la vista.

Me veía hermosa.

Parecía una novia preparada para el matadero.

Por supuesto que me habían puesto bonita. No podían enviarle mercancía defectuosa al mismísimo diablo.

Mi padre no había organizado aquella elaborada ceremonia de cumpleaños por amor. Todo había sido una representación pública, una forma de demostrar que trataba a sus dos hijas por igual. Así podría entregarme a Sebastian Simons con la conciencia tranquila y la reputación intacta.

Linda se quedaba con Brandon.

Yo recibía una sentencia de muerte.

Seguramente mi padre había empezado a prepararlo todo en cuanto quedó claro que mi loba no despertaría.

Llamaron a la puerta con firmeza.

—¿Señorita Taylor? —preguntó una mujer desde el otro lado—. La selección del Alfa Sebastian comenzará en breve. Sígame, por favor.

El miedo me atenazó el vientre.

Estaba ocurriendo de verdad.

Abrí la puerta. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme negro, me esperaba en el pasillo. Me examinó de arriba abajo con frialdad.

La Manada Frostridge debe de estar desesperada. Enviar al Alfa Sebastian a una vergüenza sin loba... ¿Acaso creen que somos idiotas?

La malicia de sus pensamientos me tensó el rostro, pero conservé la serenidad y la seguí por un pasillo que parecía no tener fin.

La mansión era aún más impresionante de lo que sugería mi habitación: una propiedad inmensa donde el lujo moderno se mezclaba con la elegancia del viejo mundo. Pasamos junto a ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo y daban a jardines cuidados al milímetro. Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían pinturas originales del Renacimiento.

Al cruzar las puertas dobles, el ruido me golpeó.

No eran sonidos.

Eran pensamientos.

Decenas de voces irrumpieron a la vez, estrellándose contra mi mente como una ola gigantesca.

No puedo creer que esté haciendo esto. Voy a casarme con un demonio. Mi vida se ha acabado.

Puede que sea violento, pero sus matrimonios nunca duran. Dos meses como máximo y después, el divorcio. Aunque dieciocho millones de dólares de indemnización y el apellido Simons... Vale la pena correr el riesgo.

Diosa, es preciosa. Como elijan a esa perra sin loba en vez de a mí, juro que...

Mi padre me matará si no me elige. La manada necesita esta alianza. Tengo que conseguir que se fije en mí.

Los pensamientos se superponían, se enredaban y se multiplicaban. Parecía que un millar de abejas hubiera construido un nido dentro de mi cráneo. El zumbido crecía sin cesar, hasta que ya no pude distinguir dónde terminaba una voz y comenzaba la siguiente.

La vista se me nubló.

El pasillo se inclinó bajo mis pies.

Apoyé una mano en la pared para no caer, pero los pensamientos continuaron llegando, implacables.

¿Por qué toca la pared? ¿Va a desmayarse? Qué patética.

El desprecio de la encargada atravesó el caos.

—¿Señorita Taylor? —Su voz me llegó amortiguada, como si estuviera bajo el agua—. ¿Se encuentra bien?

No pude responder.

La garganta se me había cerrado y mis pulmones se negaban a llenarse. La oscuridad comenzó a invadir los bordes de mi visión mientras el pánico se apoderaba de mí.

Respira, me ordené. Solo respira.

Pero las voces no se detenían.

Cada vez sonaban más fuertes, más furiosas, más desesperadas.

Ante mí se abría una sala de espera ocupada por al menos treinta mujeres. Todas vestían con una elegancia impecable; todas mostraban distintas combinaciones de miedo y determinación.

De pronto, las puertas de la sala de recepción se abrieron de par en par.

Una mujer salió tambaleándose. El maquillaje le corría por las mejillas y los hombros se le sacudían con cada sollozo. Cuando pasó junto a mí, sus pensamientos chocaron contra mi mente con una claridad devastadora.

Nunca había conocido a un Alfa tan cruel y despiadado. Me ha mirado como si fuera basura. Como si no fuera nada. Diosa, solo quiero volver a casa. Quiero desaparecer. Quiero...

Se alejó antes de que pudiera asimilarlo. Otras dos mujeres aparecieron tras ella, ambas llorando y proyectando su terror y su humillación directamente dentro de mi cabeza.

Es un monstruo.

Esos ojos... Tan fríos, tan vacíos. Como los de un depredador que decide si matarte ahora o más tarde.

No soy lo bastante hermosa. Ni lo bastante inteligente. Nunca seré suficiente para un hombre como él.

Me doblé sobre mí misma y me apreté las sienes con las palmas, intentando bloquear las voces.

No podía.

Mi habilidad era demasiado reciente, demasiado incontrolable.

—¡Señorita Taylor! —La encargada me sostuvo por el codo—. Es la siguiente. Compóngase.

Me obligué a levantar la cabeza y parpadeé para disipar las manchas que danzaban ante mis ojos.

Dos guardias corpulentos flanqueaban la entrada. Me observaban con un desprecio imposible de ocultar.

Corre, gritaban mis instintos. Corre mientras aún puedas.

Pero ya había visto a los guardias. La propiedad estaba más protegida que una prisión. Aunque lograra escapar de ellos, ¿adónde iría?

¿Volvería con el padre que me había drogado y vendido?

¿Con la hermana que me había robado al novio y se había reído en mi cara?

No tenía adónde ir.

Nadie vendría a salvarme.

Así que hice lo único que podía.

Enderecé la espalda, levanté la barbilla y crucé aquellas puertas como si realmente hubiera elegido estar allí.

La sala de recepción era enorme. Aun así, el aire resultaba sofocante y parecía cerrarse sobre mí desde todas partes.

Entonces lo vi.

Sebastian Simons estaba sentado en el centro de la estancia, en un sofá de cuero que se asemejaba más a un trono.

Incluso sentado, dominaba todo el espacio.

Alto. De constitución poderosa. Irradiaba una autoridad capaz de obligar a cualquiera a arrodillarse por puro instinto.

Cabello oscuro. Pómulos altos. Nariz recta. Rasgos duros y definidos.

Y sus ojos...

Verdes. Penetrantes. Intensos e implacables.

Se clavaron en los míos.

De pronto, el mundo quedó en silencio.

Todas las voces, todo aquel caos de gritos y zumbidos que me desgarraba la mente, desaparecieron en un instante.

No podía escuchar sus pensamientos. No percibía nada procedente de él salvo su presencia, su autoridad y su poder.

Era la paz más absoluta que había experimentado desde el despertar de aquella habilidad maldita.

Y, por una cruel ironía, provenía del hombre con más probabilidades de matarme.

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