Capítulo 4
Punto de vista de Sebastian
Siguiente candidata, Alfa.
La voz monótona de la encargada llegó hasta mí a través del vínculo mental.
No me molesté en responder. Me limité a observar a la loba que temblaba frente a mí con el mismo interés que habría dedicado a un mosquito.
Lloraba.
Otra vez.
Siempre lloraban. O adoptaban aquella sonrisa calculada que revelaba que ya habían gastado mi dinero en su imaginación, que se veían convertidas en Luna de la Manada Silver Moon y que habían calculado cuánto poder obtendrían por acostarse conmigo.
Aquella era de las que lloraban.
—P-por favor, Alfa Sebastian —tartamudeó mientras las lágrimas estropeaban el maquillaje caro que sin duda se había aplicado para aquella entrevista—. Sería un honor servir como su Luna. Me he preparado toda la vida para ocupar este puesto. Provengo de un buen linaje. Mi padre es el Beta de...
—Fuera.
Se estremeció como si la hubiera golpeado.
—Pero...
—Fuera.
La autoridad de mi orden la hizo levantarse tan deprisa que estuvo a punto de tropezar con sus tacones de diseñador. Huyó entre sollozos y cerró la puerta tras ella.
Silencio.
Un silencio bendito, aunque temporal.
Me recliné en el asiento y me presioné las sienes, donde empezaba a latir un dolor de cabeza.
¿Cuántas candidatas había visto ya? ¿Ocho? ¿Nueve?
Había perdido la cuenta entre la rubia que apestaba a desesperación y la pelirroja que incluso había intentado deslizarme la llave de su habitación de hotel.
Toda aquella farsa era indigna de mí.
Degradante.
Insultante.
Y, aun así, allí estaba.
Otra vez.
No recuerdo qué número toca, pero esta debería de ser la sexta selección, aportó Ryder sin ser de ninguna ayuda.
La séptima, lo corregí. Esta sería la número siete.
Mi lobo resopló.
Ah, sí. El siete de la suerte. Quizá la elegida dure más que...
No.
No quería pensar en las anteriores.
No quería examinar demasiado de cerca lo sucedido con las seis mujeres que habían llevado mi anillo, compartido mi apellido y después... habían desaparecido. Muerto. Se habían esfumado en circunstancias misteriosas sobre las que los medios adoraban especular.
La llamaban la Maldición de la Luna de Sangre.
Como si yo las hubiera asesinado.
Como si una fuerza desconocida no hubiera orquestado cuidadosamente sus muertes.
La puerta se abrió y mi madre entró sin llamar. Por supuesto.
Mila Simons jamás había conocido un límite que estuviera dispuesta a respetar cuando se trataba de sus hijos.
—Sebastian, querido. —Tomó asiento en el borde del sofá, ignorando mi gruñido de irritación—. Estás frunciendo el ceño. Te saldrán arrugas.
—Frunzo el ceño porque me obligan a participar por séptima vez en este mercado medieval de novias, madre.
—Ay, no seas tan dramático. —Hizo un gesto desdeñoso con la mano—. No tiene nada de medieval. Estamos utilizando técnicas de entrevista muy modernas...
—Haces desfilar ante mí a lobas sin pareja como si fueran ganado en una subasta.
—¡Porque te niegas a buscar una compañera por tu cuenta! —Su tono se volvió más firme—. Sebastian, eres el Alfa de una de las manadas más poderosas de Norteamérica. Necesitas una Luna. La manada necesita estabilidad y un heredero. Y quizá...
Su expresión se dulcificó.
—Quizá esta vez encuentres a tu compañera predestinada. Alguien capaz de romper la maldición.
—No existe ninguna maldición —repliqué—. Solo mala suerte y un momento pésimo.
—Seis esposas...
—No lo menciones.
Guardó silencio, pero percibí su desaprobación.
La presencia de mi padre se unió a la suya dentro de mi mente. Titus Simons, antiguo Alfa, añadía el peso de sus expectativas a la presión que ya soportaba.
Tu madre tiene razón, hijo, retumbó a través del vínculo. Esto no tiene que ver con el romance, sino con el deber y la responsabilidad. Los ancianos empiezan a impacientarse. Necesitan ver fuerza, estabilidad y una Luna a tu lado.
Entonces quizá deberían casarse ellos mismos con alguien, repliqué.
Sebastian...
Corté la conexión y expulsé a ambos de mi mente.
Que se ofendieran.
Se les pasaría.
Siempre se les pasaba.
—Una más —le dije a mi madre—. Veré a una candidata más y después habré terminado por hoy.
—En realidad, querido, todavía quedan doce...
—Una. Más.
Suspiró, pero no insistió. Envió una orden a través del vínculo de la manada y, poco después, la voz de la encargada llegó hasta mí.
Siguiente candidata preparada, Alfa. Emilia Taylor, de la Manada Frostridge.
Otra don nadie procedente de una manada en decadencia.
Probablemente la había enviado un Alfa desesperado, como un cordero para el sacrificio, con la esperanza de asegurar una alianza con la Manada Silver Moon.
Casi sentí lástima por ella.
La puerta se abrió.
Y mi mundo se desquició.
Compañera. Compañera. COMPAÑERA.
Ryder perdió por completo el control dentro de mi cabeza. Aullaba y recorría mi mente de un extremo a otro como una bestia enjaulada que por fin había olido la libertad.
Cállate, le ordené.
No podía creerlo.
Después de tantos años, de tantos fracasos y de todas aquellas selecciones cuidadosamente organizadas para apaciguar a mis padres y a los ancianos, ¿el universo decidía poner ahora a mi compañera predestinada delante de mí?
La ironía rozaba lo ridículo.
Había dejado de creer en compañeros predestinados mucho tiempo atrás. Después de Abigail. Después de la traición. Después de ver cómo el amor podía convertirse en un arma destinada a destruirme.
Desde entonces, consideraba aquel concepto una fantasía romántica creada para manipular a lobos desesperados.
Pero, en cuanto Emilia Taylor cruzó la puerta, Ryder la reconoció.
Y, a diferencia de su habitual entusiasmo sanguinario, esta vez reaccionó de otra manera.
Protector.
Posesivo.
Reverente.
Es perfecta. Por fin. Después de todo este tiempo...
No tiene loba, le recordé.
¿Y qué? Es NUESTRA.
Ese era precisamente el problema.
Era nuestra.
Mi compañera predestinada.
La única persona del mundo destinada específicamente a mí.
Pero ella no parecía reconocerme.
