Capítulo 1 Introducción

Cielo

—¡¿Estás segura?! —exclamó girando el rostro hacia donde yo estaba, recostada sobre los asientos traseros mientras hiperventilaba y sufría de dolor.

—¡Claro que sí! ¡Conduce y no me mires! —le grité, en ese punto no podía mantener la calma. Mi cuerpo solo pensaba en una cosa y esa era: aguantar.

El sudor me empapaba la frente y el vestido se me pegaba a la piel. Cada bache en la carretera me arrancaba un jadeo. Me aferré al asiento con los nudillos blancos y me repetí que ya había pasado por esto cientos de veces, que esto era pan comido. Mentira podrida. Desde el otro lado todo era limpio y ordenado. Desde adentro era un caos de carne y dolor.

—¡Maldición! —Le pegó un puñetazo al volante y trató de manejar con una mano, la otra agarró su celular y marcó al novecientos once—. ¡Hola, mi...! —me miró a través del espejo retrovisor y yo dejé caer la cabeza hacia atrás para soltar un grito desgarrador. ¿Que carajos importaba lo que éramos en ese momento? Yo solo quería que aquello acabara y él no sabía decirle a una intercomunicadora la relación que teníamos. ¿Teníamos una relación? ¡Joder eso no importaba! —. ¡Oh por Dios ella está a punto! ¡Estamos a tres kilómetros del hospital más cercano y creo que no va a aguantar! ¿Qué? No lo sé... ¡Cielo, ¿tienes ganas de empujar?!

—¡No! ¡O sí! ¡No lo sé, siento que necesito ir al baño! ¡Chris, tengo que ir al baño! —exclamé eufórica cuando sentí algo presionándome la vagina con una fuerza sobrehumana.

—¡Dice que quiere ir al baño! ¿¡Demonios, no pueden solo mandar una ambulancia hasta aquí!? —le gritó y comenzó a presionar el claxón del auto repetidas veces, el tráfico era poco pero si no nos apurábamos saldría en cualquier momento—. ¡Ella es obstetra, claro que debe saber lo que es, se la pongo en la llamada!

Cuando lo dijo fue como si se me iluminara la noche, mierda, yo era obstetra, de las mejores... Y estaba allí, como una novata sin saber qué hacer a punto de dar a luz. Había asistido decenas de partos, había calmado a madres histéricas y había tomado decisiones en segundos. Pero nadie me había preparado para estar del otro lado, con el cuerpo partido en dos y el corazón en la garganta. Puso el altavoz y escuche la voz de la chica que nos daba instrucciones.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó y sentí ganas de mandarla al diablo. ¿Cómo me voy a sentir?

—Me duele pero estoy bien —inhalé y exhalé dos veces.

—¿Cuál es su nombre señorita?

—Cielo, Cielo Campbell —dije a tropezones, como pude.

—Bien Cielo, escúchame. Necesito que te relajes y hagamos la técnica de respiración tres veces ¿sí? ¿Sabes cómo hacerlas?

—¡Es obstetra, claro que sabe! —gritó Christian mientras presionaba el acelerador con el zapato.

—¡Chris tú conduce y déjame a mí! —le ordené y sentí como mi piel se erizaba por completo, una contracción extremadamente fuerte se apoderaba de mi cuerpo y me agarré del asiento del copiloto para pujar. No pude frenar el grito que vino después. Eso de que las mujeres tenemos que aguantar y no gritar es puro mito.

El dolor me partía en dos. Era una fuerza que subía desde la base de la columna y me apretaba las entrañas. Clavé los dedos en el asiento hasta que me dolieron y, cuando la contracción terminó, me desplomé contra el respaldo, sin aliento. Chris me miraba por el retrovisor con los ojos muy abiertos. Por un segundo, me pareció ver algo que no encajaba con su famosa frialdad. Miedo.

—¿Señorita, ha tenido un pujo? —cuestionó la chica— Hemos enviado una ambulancia que estará con ustedes en menos de tres minutos. Señor no deje de conducir, y Cielo sigue con las técnicas de respiración, no cierres las piernas y toca tu vagina, tienes que decirme si sientes la cabeza de tu bebé.

Sabía cómo era el procedimiento, pero me aterraba ser yo la paciente y no la médico. Había perdido la cuenta de cuántas veces había hecho esa misma pregunta a mis pacientes, con mi bata blanca y mi voz calmada, mientras ellas me miraban desde la camilla con los ojos húmedos de pánico. Ahora entendía por qué algunas me apretaban la mano con tanta fuerza. Ahora entendía por qué otras me insultaban entre contracción y contracción. No era falta de educación. Era puro y simple terror. Adentré una mano entre mis piernas y suspiré aliviada al no sentir nada. Aún no estaba dilatando y no era la mejor de las señales pero al menos me daba tiempo de llegar al hospital.

—No, aún no he dilatado, tengo alrededor de tres dedos y medio —le dije y continué soportando las horrorosas contracciones. No sé de dónde saqué las fuerzas para sentarme, me agarré del asiento del copiloto y me preparé para la más fuerte que me había dado desde que comenzaron.

Grité muy fuerte, casi se me desgarra la garganta.

—¡Ya llega la ambulancia, voy a detener el auto! —me dijo Chris y en cuánto aparcó en una esquina de la carretera se bajó, dió la vuelta y me ayudó a bajar—Tranquila, respira. Yo iré detrás —susurró apoyando su fuerte con la mía. Ni siquiera sentía el ruido de los paramédicos cuando llegaron, ya me estaban alejando de él y no era capaz de escuchar otro sonido que no fuera el de mi corazón latiendo desenfrenado—. ¡Tú puedes, eres la mujer más fuerte que he conocido!

Escucharlo decir esas palabras era demasiado irreal, demasiado imposible para un hombre con el corazón tan duro como una roca.

—¡Lo harás bien, Cielo! ¡Yo iré detrás a conocer a nuestro hijo!

¿Nuestro? ¿A caso mi papel en todo esto no acababa una vez diera a luz? Yo me esfumaría de su vida tal como se había pactado, y dejaría atrás lo que sentía por él y lo que estaba comenzando a sentir por un bebé que ni siquiera había llegado al mundo. Chris y yo éramos un desastre sin nombre. Ni novios, ni amigos, ni nada que se pudiera explicar en una llamada de emergencia. Solo un acuerdo que ninguno de los dos se atrevía a romper.

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