Capítulo 2 Un desafío al Sr.Walls
~Un año antes, Hospital Hockings, Georgia ~
Durante años se había escuchado a las personas decir que Christian Walls podía conseguir cualquier cosa: un negocio, una empresa, los más caros lujos. Su apellido abría puertas que para otros estarían cerradas, y había llegado a creer que no existía un problema que no pudiera resolver. Pero aquella mañana, la certeza se le había hecho añicos en las manos.
El olor del hospital se le había quedado pegado en la ropa. Llevaba horas sentado en aquella sala, mirando una puerta cerrada mientras decenas de pensamientos destruían su cabeza. Al otro lado de aquella puerta estaba Zoé, la mujer con la que había decidido compartir su vida, la misma que llevaba en su vientre al bebé que ambos habían esperado durante tanto tiempo. Sin embargo, también fue quien rompió su corazón cuando lo traicionó con su propio tío. ¿Cómo saber si aquel hijo que esperaba era realmente suyo o producto de la más sucia infidelidad?
—¿Quién dijo que mi bebé corre peligro? ¿Quién declaró que el embarazo no era viable? —cuestionó respirando con fuerza, desesperado y dispuesto a revertir la información que el doctor le había dado.
—La obstetra Cielo Campbell, una de nuestras mejores especialistas del hospital, pero para llegar a esa conclusión nos reunimos con todos los...
—No me interesa esa parte, quiero hablar con ella.
Necesitaba mirar a los ojos a la persona que acababa de decirle que podía perder a su hijo y enfrentarla. Necesitaba ponerle un rostro al nombre que, en ese momento, era el enemigo.
—¿Con la doctora Campbell?
—Dígale que esperaré la reunión de la comisión médica, estaré presente y no aceptaré otra mala noticia, dícelo a Fabio —Y dejándole caer aquello dejó al doctor hablando solo y se dio la vuelta para salir al estacionamiento a tomar aire.
El hombre que aparecía en las portadas de revistas financieras, el empresario que había construido un imperio antes de cumplir los cuarenta, el hombre que muchos consideraban intocable, estaba parado en medio de un estacionamiento vacío sintiéndose completamente inútil. Se miró las manos —las mismas que habían firmado contratos millonarios, las que habían estrechado manos de gente poderosa— y no encontró en ellas nada que le sirviera para cambiar el diagnóstico que acababa de escuchar.
No le importaban sus empresas, ni sus cuentas bancarias, ni el poder que había acumulado durante años. En ese momento habría entregado todo lo que tenía por volver unas horas atrás, por evitar aquella discusión, por haber dejado su orgullo a un lado y conducir con cuidado hasta llegar al aeropuerto. Se lamentó pensando cuando ella estaba sentada a su lado con lágrimas acumulándose en sus ojos, intentando explicarle algo que para él ya estaba demasiado claro:
—Me sentía muy sola, te la pasas viajando y yo... —gimoteaba, sumida en un llanto de arrepentimiento—. Fue un error, y te pido perdón.
—¡No quiero escucharte! En cuanto pisemos el aeropuerto tomaremos el primer avión a Washington y te quedarás con tus padres hasta que podamos comprobar si ese bebé es mío.
—¡Es tuyo! ¿Crees que no lo sabría?
—¡No puedes saberlo porque me has estado engañando durante meses, Zoé!
—¡Perdóname, Christian, juro que no pensé que pasaría esto!
—¡Pensaste tarde, ahora déjame en paz porque soy capaz de regresar y terminar el trabajo que inicié con Arón! No tienes idea de las ganas que tengo de matarlo...
Zoé se encogió en el asiento y no volvió a pronunciar palabra en todo el trayecto. Él tampoco. El silencio entre ambos pesaba más que cualquier insulto.
Sacudió la cabeza por el recuerdo, se apoyó contra el auto y pasó una mano por su rostro. No recordaba la última vez que había llorado, pero en ese momento sentía que todo lo que había mantenido bajo control durante años comenzaba a tener menos importancia.
Después de varios minutos regresó al interior del hospital y tuvo que enfrentarse a la llegada de sus suegros. No sabía cómo mirarlos a la cara después de lo que había pasado, principalmente porque el choque habría sido por su culpa y en cualquier momento regresarían las autoridades para tomarle declaración. Sabía que la familia de Zoé lo entenderían, fueron casi ocho años de relación y lo adoraban con locura. ¿Pero cómo contarles lo que ocurrió entre ellos? ¿Cómo decirles que su hija lo traicionó con su propio tío?
En el tercer piso de las instalaciones estaba la especialista más joven del Hospital, haciendo entrega de una de las guardias más complejas que había tenido desde que trabajaba allí. Se ajustó su bata blanca por encima del uniforme azul oscuro, agarró la historia clínica de Zoé Walls y salió de los casilleros para entrar a la sala de reuniones. Después de eso lo que sucedió fue lo peor para su carrera.
Cielo Campbell era considerada una de las mejores especialistas en su campo y terminó siendo despedida y ofendida el mismo día al salir de la oficina de juntas del Hospital donde trabajaba desde hacía siete años. Siete años de guardias interminables, de noches sin dormir, de partos que salieron bien y otros que la marcaron para siempre. Siete años que cabían en una carpeta que ahora alguien quería convertir en cenizas.
Estaba claro que actuó por impulso cuando desafió al imponente y poderoso Christian Walls y que eso le trajo consecuencias graves. Salió de la sala de reuniones echa una furia, seguida por su amigo, el administrador de Hockings, y fueron a su oficina. Allí estuvieron varios minutos discutiendo las posibilidades que le quedaban a Cielo en las próximas veinticuatro horas.
Para ella, lo ocurrido no había sido tan grave, era de esas personas que no reconocían sus errores y les costaba dar su brazo a torcer. Tanto así que su único amigo no encontraba las palabras adecuadas para darle la peor noticia de su vida. Pero ella se lo imaginaba, lo sabía porque en su mirada veía muchas expresiones; también por la forma en que se sujetaba el puente de su nariz perfilada sin apartar la vista de la pila de papeles que había sobre su escritorio. Ella lo observó callada, porque esos ojos verdes se matizaron con un tono oscuro y eso no era nada bueno, lo conocía lo suficiente como para saberlo. Así que permaneció callada hasta que él decidiera qué hacer con ella.
—Cielo... —empezó, finalmente—, supongo que no tengas idea de quién es el hombre con el que has discutido.
—Un millonario, seguramente —dijo, encogiéndose de hombros.
—No es un millonario cualquiera, Christian es el hijo mayor de Bastian Walls, el socio mayoritario de este y muchos otros de los mejores hospitales privados del país.
Decirle eso y secársele la saliva de la boca fueron dos cosas iguales. Se llevó una mano a la cara, horrorizada, y arrepentida por haberlo desafiado de esa forma.
—Lo siento mucho —es lo único que pudo decir.
—Créeme, yo lo siento más que tú, de verdad —dijo y fue entonces que cayó en cuenta de la gravedad de la situación. Iba a despedirla.
—¡No, no lo digas! Algo se puede hacer, déjame hablarle y convencerlo de que estoy muy arrepentida. Estoy dispuesta a aceptar la culpa. Necesito disculparme, sí, eso lo hará cambiar de opinión!
—Cielo, no solo ha pedido que te despidan, ha solicitado manchar tu expediente y prácticamente acabar con tu reputación para que no seas contratada en ningún otro hospital.
