Capítulo 4 Una propuesta

El estacionamiento estaba casi vacío cuando llegó. Se limpió el rostro rápidamente y caminó hacia su auto intentando respirar con normalidad. Pensaba que era suficiente castigo lo que había pasado hasta que vio a su verdugo apoyado contra un automóvil negro, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto del suelo.

Por un instante pareció distinto, más humano. Pero la impresión desapareció apenas levantó la vista y la reconoció. Sus ojos se endurecieron, definitivamente la odiaba, pero si él supiera el lugar que ocupaba en su lista de personas idiotas la odiaría aún más. El sol de la tarde caía de plano sobre los coches y el calor se pegaba al asfalto. Apenas quedaban dos o tres vehículos en la fila, y por supuesto, el suyo era el más alejado.

Intentó seguir caminando como si no lo hubiera visto; por nada del mundo dejaría que la viera y se burlara de su despido. No le bastaba con la situación que tenía dentro del hospital. Ahora también necesitaba cobrarse la humillación fuera de esas paredes.

—Doctora Campbell.

Se detuvo a su pesar, y se le ocurrió sacar el móvil discretamente para fingir que hacía una llamada; en su lugar presionó la cámara y comenzó a grabar. Sin que él lo notara, por supuesto. Si se le ocurría amenazarla tendría pruebas suficientes para demandarlo.

—Señor Walls.

Su mirada se posó un instante en los ojos enrojecidos de ella.

—Veo que ya le informaron la decisión del hospital.

Apretó las llaves de su auto entre los dedos y contestó con parsimonia: —Sí.

—Me alegra saber que aquí todavía existen consecuencias para las personas que no saben hacer su trabajo.

Era sabido que un hombre como él, con tanto dinero y acostumbrado a controlarlo todo, no se quedaría de brazos cruzados. No sabía qué más intentaba producirle, porque ya estaba herida, y él parecía empeñado en seguir lastimando.

—Hice mi trabajo, señor Walls.

—Su trabajo es salvar vidas, doctora Campbell, no equivocarse con los expedientes de sus pacientes.

Respiró hondo y le contestó con sinceridad: —No soy Dios, señor Christian, y lamento sinceramente lo que está pasando con su esposa. Espero que se recupere.

Iba a seguir caminando, pero su voz la detuvo otra vez: —No necesito su compasión.

Lo miró por primera vez directamente a los ojos y notó que tenía el rostro cansado, pero aun así seguía siendo arrogante, orgulloso y desagradable.

—Perfecto —respondió—. Porque tampoco tengo nada más para darle.

Se dio la vuelta y caminó hacia su auto sin mirar atrás. Las llaves le temblaron en la mano cuando por fin alcanzó la puerta. Detuvo la grabación, guardó el móvil en el bolsillo y se quedó un momento sentada al volante, con la frente apoyada en el aro, esperando a que el nudo del pecho se aflojara lo suficiente para arrancar.


Cuando llegó a casa, su madre estaba regando las plantas del pequeño jardín que se había convertido en su lugar favorito desde que se mudaron a Nueva Jersey. La casa no era demasiado grande, pero tenía todo lo que necesitaban y, después de tantos años viviendo lejos de ellos, todavía le gustaba ver sus cosas por todas partes. Había algunas fotografías familiares sobre los muebles de la sala, las cortinas que su madre eligió después de pasar casi una semana comparando colores y las plantas que su padre insistía en mantener aunque siempre terminaba olvidando regarlas. Era una casa sencilla, pero era su hogar, y por eso mismo le costaba todavía más pensar que podría tener que marcharse.

Su padre estaba sentado en el porche con el periódico entre las manos y sus lentes descansando sobre la punta de la nariz. Levantó la mirada cuando escuchó el ruido del auto y la observó mientras estacionaba. No necesitaba que dijera nada para saber que se había dado cuenta de que algo pasaba con ella. Sus padres la conocían demasiado bien y probablemente su cara era suficiente para contarles que acababa de vivir uno de los peores días de su vida.

—Llegaste temprano —dijo su madre mientras dejaba la manguera a un lado.

—Sí, hoy salí antes. —La mentira salió con tanta facilidad que hasta ella se sorprendió.

Su padre dobló el periódico y lo dejó sobre sus piernas, esperando alguna explicación, pero su madre se adelantó y la miró con atención: —¿Cómo estuvo el trabajo?

Se encogió de hombros y trató de sonreír, aunque todavía sentía los ojos calientes por las lágrimas que había derramado en el estacionamiento.

—Cansado. Tuvimos un caso complicado.

No quería decirles que ya no tenía trabajo. Sabía que su madre comenzaría a preocuparse inmediatamente y su padre querría saber quién tuvo la culpa, cuánto tiempo pensaba estar sin empleo y qué iba a hacer después. Tampoco quería ver sus rostros decepcionados cuando les contara que todo lo que había construido durante años se vino abajo por culpa de una discusión con un hombre al que ni siquiera conocía esa mañana.

Ellos habían dejado muchas cosas atrás para venir a vivir cerca de ella. Su madre llevaba años diciendo que quería tenerla cerca, pero cuando finalmente decidió hacerlo, ella acababa de convertirse en jefa del equipo de cirugía y sentía que por fin su vida estaba tomando el rumbo que siempre había imaginado. Su padre también tuvo que acostumbrarse a empezar de nuevo y, aunque ninguno de los dos se quejó jamás, sabía cuánto sacrificaron para que pudieran estar juntos.

Por eso no podía llegar hoy y decirles que había perdido su trabajo; necesitaba tiempo para pensar.

—¿Quieres comer algo? —preguntó su madre.

—Más tarde, es que estoy agotada.

Se acercó y le dio un beso en la mejilla antes de entrar a la casa. Su padre seguía mirándola desde el porche y podía sentir sus ojos sobre la espalda hasta que cerró la puerta. Subió las escaleras directamente hacia la habitación que habían preparado para sus visitas, y apenas entró, cerró la puerta detrás de ella. Su cuarto seguía exactamente como lo había dejado esa mañana, con algunos libros sobre el escritorio, una bata blanca colgada detrás de la puerta y varias fotografías familiares en la pared. Había una de sus padres y ella durante su graduación, otra de su primer día como residente y una más en la que aparecía con Fabio después de que la nombraran jefa del equipo de cirugía. Siempre pensó que esas fotografías representaban todo lo que había conseguido, pero ahora sentía que solo servían para recordarle lo mucho que podía perder.

Se sentó sobre la cama y dejó caer el bolso a un lado. Durante varios minutos se quedó mirando el techo sin saber qué hacer. Tenía la carta de despido dentro del bolso, pero no necesitaba volver a leerla para recordar cada palabra. La habían despedido, Christian Walls consiguió exactamente lo que quería. Y lo peor de todo era que mañana tendría que levantarse sin saber qué hacer con su vida. Afuera, su madre tarareaba algo mientras cerraba la llave del agua, y ese sonido doméstico, tan conocido, le apretó la garganta más que cualquier otra cosa.

Cerró los ojos y recordó la conversación con Fabio. Quizás debería aceptar su propuesta. Hace un año le pareció una locura irse tan lejos, pero ahora Delhi comenzaba a parecerle una buena alternativa. Podría hacer el doctorado, trabajar en la clínica de su familia y alejarse de todo este desastre. Tal vez incluso podría demostrarse a sí misma que era capaz de empezar de nuevo en un lugar donde nadie conociera su nombre ni la historia de su despido.

Quizás Fabio tuviera razón; quizás Delhi fuera su única salida.

Estaba pensando en eso cuando su teléfono vibró sobre la mesa de noche. Estiró el brazo para tomarlo y, por un instante, pensó que debía ser Fabio preguntándole si ya había tomado una decisión.

Pero no era él, era un número desconocido. Así que frunció el ceño antes de abrir el mensaje: «Doctora Cielo Campbell, mañana a las nueve de la mañana deberá presentarse en la oficina del señor Christian Walls, en Central City, hay una propuesta que podría cambiar su futuro. Le enviamos la ubicación en otro correo electrónico».

Se quedó inmóvil mirando la pantalla: ¿Christian Walls? Después de destruir su carrera, ¿ahora qué demonios quería de ella? Pensó en ignorar el mensaje, pero antes de poder hacerlo, el teléfono volvió a vibrar. Otro mensaje apareció debajo del primero.

«Le aconsejamos no rechazar la reunión».

Su corazón comenzó a latir más rápido. No sabía qué pretendía ese hombre, pero algo le decía que su despido no fue el final de sus problemas con Christian Walls y quizás apenas fuera el comienzo.

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