Capítulo 5 Gestación subrogada
A las ocho y media de la mañana ya estaba frente al edificio donde se encontraban las oficinas principales. No sabía por qué había aceptado venir tan rápido, pero tampoco podía quedarse en casa ignorando un mensaje que llevaba el nombre de él. Desde que lo recibió la noche anterior no había dejado de preguntarse qué podía querer de ella. Después de conseguir que la despidieran, no imaginaba que tuviera algo bueno que decirle, aunque tampoco entendía por qué tendría que citarla personalmente si ya había logrado lo que quería.
Entró al edificio intentando aparentar una seguridad que no sentía. La recepción parecía más grande que su antigua casa y había personas entrando y saliendo con trajes impecables, hablando por teléfono y caminando con tanta prisa que la hacían sentir fuera de lugar. Dijo su nombre y la recepcionista comprobó algo en su computadora antes de indicarle que subiera al último piso. Nadie le preguntó quién era ni necesitó llamar para confirmar su cita. Al parecer, Christian ya había dejado todo preparado para su llegada.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, una mujer la esperaba para acompañarla hasta su oficina. Caminó detrás de ella intentando no mirar demasiado a su alrededor, pero era imposible no notar el lujo que había en todas partes. Todo estaba perfectamente organizado y, por alguna razón, eso le hizo pensar en el hombre que estaba a punto de recibirla. Christian Walls probablemente tenía hasta el último lápiz de su escritorio exactamente donde quería. El silencio era tan pulido que hasta el roce de sus propios pasos le parecía una intrusión.
La secretaria tocó dos veces antes de abrir la puerta.
—La doctora Campbell está aquí, señor Walls.
—Déjela pasar.
Entró y la puerta se cerró detrás de ella. Christian estaba de pie junto a uno de los enormes ventanales que ocupaban casi toda la pared. Llevaba un traje oscuro, aunque no parecía estar preparado para una reunión. Tenía la camisa ligeramente arrugada y la corbata floja alrededor del cuello. Qué inoportuna su mente, pero recordó cómo lo había visto ayer en el estacionamiento, apoyado contra su auto y con esa expresión de hombre que acababa de recibir una noticia capaz de destruirle la vida. Siendo sincera, no debería sentir lástima por él; después de todo, ayer mismo se encargó de destruir parte de la de ella.
—Buenos días —dijo.
Walls giró el rostro y la observó durante unos segundos antes de responder.
—Siéntese.
No supo si esperaba un saludo más amable, pero evidentemente no estaba en sus planes. Tomó asiento frente a su escritorio y cruzó las manos sobre las piernas.
—Estoy aquí. ¿Qué quiere?
Él se quedó de pie durante unos segundos y finalmente caminó hasta el escritorio. Tomó asiento frente a ella y dejó las manos sobre una carpeta que no había notado hasta ese momento.
—Quiero hablar sobre lo ocurrido ayer.
Soltó una pequeña risa sin humor: —Si me citó para decirme que se arrepiente de haber conseguido mi despido, podemos ahorrarnos bastante tiempo.
Sus ojos se endurecieron y negó, con una mueca de despreocupación, para luego decir: —No me arrepiento.
Lo dijo sin parpadear, con la misma frialdad con la que ayer firmó su despido.
—Entonces no entiendo qué hago aquí —se recostó en el asiento y se cruzó de brazos. Su respuesta no le dio gracia en absoluto; fue todo lo contrario.
—Porque necesito hablar con usted como médica, no como la mujer con la que discutí ayer.
En ese momento estaba sorprendida; Walls acababa de bajar la guardia para hablar como dos personas civilizadas. Le pareció increíble. Se quedó callada unos segundos, intentando entender hacia dónde quería llevar la conversación.
—Entonces hable.
Christian abrió la carpeta, pero no miró los documentos. Parecía estar buscando las palabras adecuadas y eso le resultaba extraño en un hombre que ayer no había tenido ningún problema en hablarle como si ella fuera una incompetente.
—Después de que usted se fue de la reunión, la comisión médica continuó evaluando el estado de mi esposa.
Asintió lentamente; no sabía por qué sentía que debería prepararse para una mala noticia.
—¿Cómo está ella?
—Sigue inconsciente.
Su respuesta fue seca, pero esta vez no percibió arrogancia. Había cansancio y miedo en su rostro.
—Lo siento.
Él bajó la mirada durante unos segundos antes de continuar. No respondió. Solo apretó los labios y dejó que el silencio se estirara entre los dos como una tela incómoda.
—Los especialistas confirmaron que el embarazo no podía continuar.
Sintió un pequeño nudo en el pecho y musitó, porque para ella eso era evidente y lo había advertido: —Lo imaginé.
—También me explicaron que, si algún día mi esposa despierta y su estado médico no le permite llevar otro embarazo, existe otra posibilidad.
Frunció el ceño y preguntó: —¿Qué posibilidad?
Christian levantó la mirada hacia ella y dijo tajante: —Gestación subrogada.
La palabra flotó en el aire y a Cielo se le cerró el estómago. No era la primera vez que escuchaba ese término, pero nunca lo había hecho en una situación así. Se quedó en silencio y ahora entendía por qué la había llamado.
—¿Le hablaron de eso durante la reunión?
—Después de que usted se fue.
Asintió mientras intentaba ordenar sus pensamientos. La verdad, antes no se le había ocurrido eso: —Es una posibilidad, sí, pero no es algo que pueda decidirse de un día para otro. Primero tendrían que evaluar muchas cosas, comenzando por el estado de su esposa y por el material reproductivo que pueda conservarse. También necesitaría asesoría especializada, estudios médicos y psicológicos de la gestante, además de todo el proceso legal.
—¿Y podría utilizarse nuestro material genético?
—Si existe material viable y los especialistas consideran que es posible, sí.
Christian se reclinó en su silla y la observó fijamente.
—¿Una mujer desconocida podría llevar a mi hijo?
—En teoría.
—¿Y cómo se elige a esa mujer?
—No es simplemente elegir a alguien de una lista. Hay que hacer estudios y comprobar que sea una candidata adecuada. Su salud, sus antecedentes, su historial reproductivo, todo importa.
Christian permaneció callado y podía notar que estaba procesando cada palabra.
—¿Conoce alguna clínica que haga ese procedimiento?
La pregunta la tomó desprevenida pero contestó segura porque realmente existía una, la mejor diría ella.
—Sí.
—¿Dónde?
—En Delhi.
—¿India? —preguntó sorprendido, arqueando una ceja.
—Sí. Hay una clínica bastante reconocida allá. La familia de Fabio Larson tiene relación con ella y...
Se detuvo cuando notó que Christian había fruncido el ceño.
—¿Fabio?
—Fabio Larson.
—Sí, quien dirige el hospital, estuvo en nuestra reunión sentado a su lado. ¿Es su novio?
—¿Qué?
Christian mantuvo la misma expresión seria, como si acabara de preguntarle la cosa más normal del mundo: —Larson. ¿Es su novio?
Cielo parpadeó, desconcertada. La pregunta le pareció tan fuera de lugar que por un segundo olvidó que estaban hablando de embriones y clínicas.
