CAPÍTULO TREINTA Y DOS

DAMIEN

Si estuviera en casa ahora mismo, esta sería la clase de noche perfecta para ahogarme en whisky.

Pero no estaba en casa. Estaba de pie sobre un muelle podrido en medio de la nada, con el pulso todavía martillándome por una sola chispa estúpida.

La cerilla ya no estaba, pero el olor a azufr...

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