Capítulo 2 La primera regla rota

‎La mansión Ross era un monumento al minimalismo y a la falta de alma. No había fotos, no había recuerdos. Solo mármol gris y ventanas que daban a un acantilado negro.

‎—Esta será tu habitación —dijo Julián, abriendo una puerta al final del pasillo del segundo piso—. La mía está al lado. Hay una puerta comunicante, pero permanecerá cerrada con llave. No quiero interrupciones nocturnas.

‎—Perfecto. Tampoco me apetece escuchar tus pesadillas de millonario —replicó Valeria, dejando caer su maleta.

‎—Mañana es la cena de la Fundación Ross. Estará mi tío, Marcus. Es el único que sospecha que esto es una farsa. Si nota un solo parpadeo de duda en ti, el trato se cancela y tu hermano amanece en una celda común. ¿Queda claro?

‎—Perfectamente.

‎Julián se dio la vuelta para irse, pero Valeria lo detuvo, poniéndose en su camino.

‎—¿Por qué yo, Julián? —preguntó, clavándole los ojos—. Hay miles de mujeres de la alta sociedad que se morirían por este contrato. ¿Por qué la hija de un hombre caído en desgracia?

‎Julián dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que Valeria pudo oler su perfume a madera y ceniza. Su mandíbula se tensó.

‎—Porque las mujeres de la alta sociedad tienen familias que hacen preguntas. Tú, en cambio, estás sola. Si desapareces o si te pasa algo, a nadie le importará lo suficiente como para armar un escándalo. Eres perfecta porque eres prescindible.

‎El golpe dolió, pero Valeria no parpadeó. Le sostuvo la mirada hasta que él se apartó y cerró la puerta de un golpe.

‎Esa noche, Valeria no pudo dormir. El mensaje de texto seguía quemándole la mente. ¿Julián había destruido a su padre? Si eso era cierto, se había metido voluntariamente en la boca del lobo.

‎A las tres de la mañana, un ruido sordo la despertó. Venía de la habitación de Julián. No eran quejidos, era el sonido de algo rompiéndose. Luego, un jadeo ahogado.

‎Olvidando las reglas, Valeria corrió hacia la puerta comunicante. Para su sorpresa, la llave no estaba echada. Giró el pomo y entró.

‎La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz de la luna. Julián estaba de rodillas en el suelo, rodeado de los restos de un vaso de cristal. Se presionaba el costado izquierdo con una mano y la camisa blanca se estaba tiñendo de un rojo espeso.

‎—Sal de aquí —gruñó él, con la voz rota por el dolor—. Te dije... que no entraras.

‎—Estás sangrando —Valeria se arrodilló a su lado, ignorando los cristales. Le apartó la mano a la fuerza y vio la herida: un corte limpio, de hoja, que se había reabierto—. Esto no es un accidente. Esto es una herida de cuchillo de hace días.

‎Julián la sujetó por la muñeca con una fuerza sorprendente para alguien que se estaba desangrando. Sus ojos brillaban con furia y fiebre.

‎—Si dices una sola palabra de esto a los criados o al médico de la empresa, te juro que...

‎—Cállate y déjame ayudarte —lo interrumpió ella, soltándose de su agarre—. Mi padre era naviero, Julián. Sé cómo coser una herida de un anzuelo o de una navaja desde los doce años. Si no me dejas limpiar esto, te vas a desmayar por la infección antes de la cena de mañana.

‎Julián la miró, midiendo el peligro de confiar en ella. Finalmente, soltó los dedos y se dejó caer hacia atrás contra la cama, respirando con dificultad.

‎—En el baño... hay un botiquín negro detrás del espejo —alcanzó a decir—. No uses agua del grifo.

‎Valeria se levantó rápidamente. Mientras buscaba los suministros, comprendió que el frío y calculador Julián Ross estaba metido en algo mucho más peligroso que la especulación financiera. Alguien ya había intentado matarlo.

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