Capítulo 3 Veneno en copas de cristal

‎​La cena de la Fundación Ross era un nido de víboras vestido de etiqueta. Valeria lucía un vestido verde,muy  fino Pero conservador.  que ocultaba la tensión en sus hombros. Al lado, Julián caminaba con total normalidad, aunque Valeria sabía que debajo de su saco de diseñador llevaba un vendaje apretado que contenía los puntos que ella misma le había dado unas horas antes.

‎​—Sonríe —le susurró Julián mientras se acercaban a una mesa principal—. Marcus viene hacia aquí.

‎​Marcus Ross era un hombre de sesenta años, de cabello canoso y ojos de reptil. No saludó a su sobrino; sus ojos se posaron directamente en Valeria.

‎​—Así que esta es la famosa Valeria Cruz —dijo Marcus, tomándole la mano y dándole un beso que a ella le causó repulsión—. Vaya sorpresa, Julián. No sabía que te gustaba la beneficencia. Salvar a la hija de un quebrado es muy noble de tu parte.

‎​—Valeria no necesita que la salven, tío —respondió Julián, su voz bajando un tono, volviéndose peligrosa—. Tiene cualidades que carecen muchas de las personas de esta sala. Lealtad, por ejemplo.

‎​Marcus soltó una carcajada seca.

‎​—La lealtad se compra, muchacho. Deberías saberlo mejor que nadie. Tu padre también creía en la lealtad antes de que su barco se hundiera, ¿verdad, querida? —añadió, mirando fijamente a Valeria.

‎​Valeria sintió el gran  desprecio, pero recordó el mensaje anónimo. Decidió lanzar un anzuelo.

‎​—Los barcos solo se hunden si alguien les abre una vía de agua desde adentro, señor Ross —dijo Valeria, manteniendo una sonrisa educada—. Mi padre confió en las personas equivocadas. Pero yo suelo a aprender de los errores ajenos.

‎​La mirada de Marcus se endureció por una fracción de segundo. Julián, a su lado, apretó sutilmente el agarre en la cintura de Valeria.

‎​—Una mujer inteligente —comentó Marcus—. Esas son las más peligrosas. Disfruten de la velada.

‎​Cuando el hombre se alejó, Julián arrastró a Valeria hacia un rincón apartado del salón, cerca de las puertas del balcón.

‎​—¿Qué demonios fue eso? —le siseó, con los ojos inyectados en sangre—. No estás aquí para provocar a mi familia.

‎​—Tu tío sabe algo sobre mi padre, Julián. Y tú también. ¿Por qué me odia tanto? ¿Qué le hiciste a mi familia?

‎​—No es asunto tuyo. Cumple tu papel.

‎​Antes de que Valeria pudiera responder, un camarero se acercó con una bandeja de copas de champán. Julián tomó una y, de manera casi automática, Valeria tomó la otra. El camarero se retiró rápidamente, perdiéndose entre la multitud.

‎​Valeria se llevó la copa a los labios, pero un olor extraño, sutilmente dulzón, parecido a las almendras amargas, la detuvo. Su padre solía hablarle de los cargamentos de contrabando químicos en los muelles.

‎​—Julián, no bebas —dijo, bajando la copa de golpe.

‎​Pero fue tarde. Julián ya había dado un trago largo.

‎​El millonario parpadeó dos veces, confundido. La copa se le resbaló de los dedos, estrellándose contra el suelo de mármol. Se llevó una mano al cuello, su rostro palideció al instante y sus ojos se abrieron con horror antes de que sus rodillas cedieran.

‎​El caos se desató en el salón. Gritos, gente corriendo.

‎​Valeria se arrodilló al lado de Julián, quien respiraba con dificultad. Entre la multitud que se agolpaba alrededor, vio al camarero caminar a paso rápido hacia la salida de emergencia. No era un camarero. Valeria le reconoció el tatuaje en la muñeca.

‎​Era el mismo hombre que trabajaba como guardaespaldas de su propio hermano.

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