Capítulo 5 La novia viste de negro

Las noticias fuertes no habian terminado de llegar para esta historia. El juzgado de paz de la zona portuaria estaba desierto a las ocho de la mañana, esperando que algo sucediera. Valeria no llevaba un vestido blanco; vestía un traje de chaqueta negro, elegante y sobrio. Julián firmó las actas de matrimonio con su mano que aún mostraba los rastros de las agujas del hospital. A pesar de todos los problemas, nada iba a detenerlo de cumplir con lo que ya se habia pactado.

‎El juez selló los documentos y levantó la vista.

‎—Felicidades, señor y señora Ross. Ya es oficial ante la ley.

‎No hubo besos, no hubo felicitaciones. Se levantaron de inmediato y salieron hacia el auto blindado donde el chofer de confianza de Julián los esperaba. Esos matrimonios que habia visto en peliculas y series no eran la realidad que estaba viviendo.

‎—Llévanos a los muelles antiguos —ordenó Julián en cuanto subieron—. Al almacén número 4.

‎—¿Qué hay ahí? —preguntó Valeria, alerta, un poco inquieta por la intriga de cada orden y paso que daría ahora su esposo.

‎—La respuesta a tu mensaje de texto. Rastreé el número de donde te enviaron la advertencia. No vino de un enemigo de mi tío. Vino de una terminal satelital registrada a nombre de la antigua empresa de tu padre. Alguien que trabaja para él sigue vivo y está operando desde los muelles.

‎El trayecto fue tenso, mas de lo que ella hubiera imaginado. La ciudad pasaba como un borrón. Al llegar a los muelles abandonados, el olor a salitre y metal oxidado inundó el ambiente. El almacén 4 parecía deshabitado, con las puertas de chapa oxidadas y cadenas rotas.

‎Julián sacó una pistola de la guantera del auto y se la guardó en la chaqueta.

‎—Quédate en el coche —le ordenó a Valeria.

‎—Ni hablar. Es mi familia la que está metida en esto.

‎Caminaron juntos hacia el interior del almacén. La luz entraba  a través de los agujeros del techo, iluminando el polvo en el aire. No había cajas de carga, solo una mesa de metal en el centro con un ordenador portátil encendido.

‎De la penumbra del fondo del almacén, emergió una figura. No era Marcus Ross. Tampoco era el hermano de Valeria.

‎Era Arturo Cruz. El padre de Valeria, a quien ella creía muerto en un aparente suicidio hacía seis meses.

‎—Valeria —dijo el hombre, su voz resonando en el espacio vacío. Se veía envejecido, con ropa descuidada, pero sus ojos estaban perfectamente lúcidos.

‎—¿Papá? —Valeria dio un paso al frente, el aire escapándosele de los pulmones—. ¿Estás vivo? ¿Cómo...?

‎—No des un paso más, Valeria —advirtió Julián, levantando el arma y apuntando directamente al pecho de Arturo—. Tu padre no se suicidó para escapar de las deudas. Se escondió porque él organizó el fraude para quedarse con el dinero de los inversores de mi empresa.

‎Arturo soltó una sonrisa amarga y miró a Julián.

‎—Llegas tarde, muchacho. El contrato que firmaste con mi hija te unió a nuestra familia legalmente. Y ahora que están casados, todos los delitos financieros de mi naviera que heredó Valeria... ahora también son tuyos por sociedad conyugal. Gracias por salvar nuestro patrimonio, Julián.

‎Un ruido de motores rugió fuera del almacén. Varios vehículos frenaron de golpe, bloqueando la salida.

‎Valeria miró a su padre, luego a Julián, dándose cuenta de la terrible verdad: el contrato de amor no había sido una trampa de Julián para silenciarla a ella, ni una estrategia de Marcus para heredar. Había sido el plan maestro de su propio padre para salvarse, usándola a ella como el cebo perfecto.

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