Capítulo 1 ECO DE LA RESONANCIA
I. LO QUE LA MEMORIA OLVIDÓ
Capítulo I — La cicatriz del reflejo
Me gustaba la tregua invisibilizadora que llegaba siempre después de las seis de la tarde.
A esa hora, el vapor de la máquina de espresso comenzaba a disiparse y la penumbra del Café Oria se volvía una marea tibia. La clientela habitual ocupaba las esquinas más oscuras, buscando desaparecer entre el murmullo de la ciudad que reptaba al otro lado de los grandes ventanales. Era el único momento del día en que nadie esperaba nada de mí, y en que Mara dejaba de preguntarme si me encontraba bien.
Aquella tarde, el aire dentro del local olía a grano tostado y metal oxidado. Yo limpiaba una taza de cerámica blanca, sintiendo en la yema de los dedos la sutil fisura que nadie más había notado.
Mara dejó caer una moneda de cobre sobre la barra gastada.
—Te apuesto lo que quieras a que el tipo de la mesa cuatro vuelve a pedir otro café —dijo, apoyando las manos en la barra.
Desvié la mirada. El sujeto vestía un abrigo oscuro ajado en los puños.
—Ya lleva tres —observé.
—Precisamente por eso.
—Eso no es una apuesta, Mara. Es una predicción bastante mediocre.
Mara sonrió de lado.
—Entonces apuesto a que va a quejarse del precio del grano importado.
—Acepto eso.
Me giré hacia el gran espejo de marco cobrizo detrás de la barra. Era un cristal viejo, lleno de pátina. Levanté el trapo para limpiar una salpicadura.
Y entonces lo vi.
En el reflejo, el hombre de la mesa cuatro tenía la camisa empapada de un rojo denso que se extendía desde la clavícula hasta el abdomen. Su mano izquierda apretaba el pecho con desesperación, mientras respiraba con dificultad, hundiéndose en su asiento mientras la sangre goteaba al suelo.
Un frío punzante me recorrió la nuca. Me quedé inmóvil.
Cerré los ojos. Conté dos segundos. Parpadeé.
La sangre desapareció.
En el espejo, el hombre volvía a estar impecable, sorbiendo su café con tranquilidad. Volví a mirar. Nada. Solo el reflejo tenue de mi propia palidez.
—Lía —la voz de Mara me devolvió a la realidad—. Llevas diez segundos frotando el mismo punto del espejo.
—Estoy cansada —mentí, guardando el paño.
No le conté nada. Había aprendido muy pronto que compartir esas grietas de la realidad no servía de nada. Los objetos eran honestos: conservaban recuerdos y la vibración residual de quien los había poseído. Las personas, en cambio, construían secretos. Y yo no siempre sabía distinguir unos de otros.
El hombre de la mesa cuatro se levantó y caminó hacia la barra.
—¿Cuánto es? —preguntó con voz raspada.
—Ya está pagado —intervino Mara.
El hombre metió la mano en su abrigo y dejó dos monedas gruesas de bronce sobre la madera.
—Entonces quédate con ellas.
Lo miré directamente. Tenía una cicatriz delgada cruzándole la ceja izquierda.
—¿Nos conocemos? —pregunté.
—Todavía no —respondió.
Antes de que pudiera reaccionar, sacó una fotografía desgastada y la posó sobre la barra. Luego se giró y salió al exterior lluvioso.
En cuanto toqué el borde de la foto, una descarga helada me subió por la muñeca. Le di la vuelta. Era mi madre, mucho más joven, sentada junto a una ventana con una determinación salvaje en la mirada. Detrás, una frase escrita a mano decía:
Si Lía pregunta por mí, dile que nunca estuve muerta.
Mara se inclinó sobre mí.
—¿Esa es tu madre? Pero ella murió cuando eras niña, ¿no?
Miré la puerta.
—Eso es lo que me dijeron a mí.
La dirección escrita en la foto me llevó a la zona vieja de la ciudad, un entramado de piedra oscura, cables de comunicación y rieles por donde los trenes de resonancia pasaban zumbando.
Me detuve frente a una fachada reforzada con un letrero metálico: Eren Reparaciones. Golpeé la puerta.
—Está cerrado —gritó una voz áspera desde dentro.
—No vengo a comprar nada —respondí.
Unos cerrojos sonaron y la puerta se abrió. Apareció un hombre de sesenta años con un ojo artificial de cristal azul que ajustaba el enfoque con clics mecánicos. Le enseñé la fotografía. Su rostro perdió el color.
—¿De dónde sacaste esto? —murmuró.
—Me la dio un hombre con una cicatriz en la ceja.
—Kael... —suspiró el viejo—. Entra.
El taller olía a ozono y estaño derretido.
—Tu madre vino aquí hace nueve años —dijo Eren, acercándose a una mesa llena de piezas mecánicas.
—¿Está viva? —pregunté.
—No lo sé, muchacha. Solo la vi huir.
Eren metió la mano en un cajón y sacó un cristal oscuro del tamaño de un nudillo.
—Esto le pertenecía a ella. Una memoria comprimida de alta densidad.
En ese instante, tres golpes secos retumbaron contra la puerta. Eren se congeló. La madera cedió con un crujido.
—Gente peligrosa —susurró Eren, presionándome el cristal contra la palma—. Si te digo que corras, corres.
La puerta saltó en pedazos. Dos hombres con abrigos tácticos irrumpieron alzando un dispositivo esférico de resonancia que comenzó a emitir un zumbido ensordecedor. Eren sacó un arma, pero el cristal en mi mano se volvió abrasador.
El dolor me hizo ahogar un grito. El taller desapareció en un destello cegador.
De pronto estaba en una habitación pequeña. Mi madre lloraba junto a una cuna, sosteniendo a un bebé contra su pecho. Yo.
Frente a ella estaba Kael, con la misma cicatriz y la misma mirada fría.
—No puedo quedármela —decía mi madre entre lágrimas—. Haz que me olvide. Borra cada rastro de mi rostro de su cabeza.
—¿Y si algún día recuerda? —preguntó Kael.
—Entonces será demasiado tarde para detenerla.
La visión se quebró como un cristal shattered.
Volví al taller de golpe, cayendo de rodillas sobre los escombros. Los dos atacantes estaban tendidos en el suelo, inconscientes. Junto a la puerta rota estaba Kael, mirándome con alarma.
—¿Qué viste en la memoria? —preguntó Kael, acercándose.
—A mi madre —dije, poniéndome de pie a duras penas—. Te vi a ti con ella. ¿Tú hiciste que la olvidara?
—Ella me lo pidió —dijo Kael en voz baja—. Pero el cristal...
—¿Mi madre está viva? ¿Quién la tiene?
—No lo sé, Lía —confesó, bajando la mirada.
Antes de que pudiera replicar, las luces del taller se apagaron. En el exterior, una alarma grave retumbó por todo el distrito. Una voz metálica resonó desde los altavoces públicos:
“Atención. Se ha detectado una fluctuación de identidad. Registro biométrico perteneciente a ciudadano declarado oficialmente fallecido.”
Kael palideció.
—Eso no es posible...
Desde la calle lluviosa, una voz hueca pronunció mi nombre a través de la ventana rota:
—Lía.
Me asomé despacio. Bajo un farol parpadeante había un hombre de uniforme gris impecable, sonriendo sin calor.
—Tu madre te estuvo buscando durante nueve años —dijo su voz helada—. Ahora nosotros también.
