Capítulo 3 LA ESTACIÓN DEL SILENCIO
Capítulo III — La estación del silencio
La rejilla metálica cedió con un crujido agudo que retumbó en la penumbra.
Kael salió primero, escudriñando las sombras del andán abandonado antes de extenderme la mano. El aire en la estación olía a humedad acumulada, óxido de hierro y el rastro metálico de los motores de inducción que llevaban décadas apagados. A nuestro alrededor, las vigas corroídas sostenían un techo abovedado donde la lluvia repateaba contra los cristales rotos de las claraboyas.
— Dije que nos esperaba, no que fuera nuestro enemigo en este momento — murmuró Kael, bajando la linterna para que el haz tenue no delatara nuestra posición.
— Tenía el uniforme gris de los rastreadores — le recordé en un susurro, sintiendo el frío de la lluvia filtrarse por la ropa —. Sonrió al decir que me buscaban. No parecía alguien dispuesto a conversar.
— Es un cazador de la antigua guardia — comentó Kael, avanzando con cautela sobre los azulejos agrietados del suelo —. Se llama Valen. Antes de que la red automatizara los rastreos con los núcleos de resonancia, hombres como él limpiaban los registros borrados a mano. Si está aquí, no es por orden de la ciudad. Vino a cobrar algo por su cuenta.
Un chasquido seco, como el choque de una piedra contra los rieles oxidados, resonó al fondo del túnel principal.
Nos detuvimos al instante. Kael apagó la linterna. La oscuridad nos envolvió, rota únicamente por los reflejos de luz lunar que caían sobre charcos de agua sucia.
— Lía — habló una voz desde la penumbra, rasposa y pausada como el roce de dos cristales —. No necesitas esconderte detrás del hombre que te convirtió en una amnésica.
De la sombra de una enorme columna emergió Valen. Avanzaba sin prisa, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo de paño gris impecable. Bajo la luz pálida, su rostro pálido parecía extrañamente joven, pero sus ojos amarillentos revelaban que llevaba un implante biométrico antiguo que no dejaba de dilatarse.
Kael dio un paso al frente, cubriéndome con el hombro.
— Te dimos por muerto en la purga del sector siete, Valen.
— La red declara muerto a cualquiera que pierda su firma de energía — contestó Valen, deteniéndose a diez metros —. Tú deberías saberlo mejor que nadie, Kael. Fuiste tú quien firmó mi orden de baja cuando decidiste traicionar a la corporación y jugar al protector.
— Te dejé salir con vida. Fue más de lo que merecías.
Valen dejó escapar una risa fría, casi un silbido sin aire. Luego, su ojo implantado giró levemente hacia mí.
— Tu madre era una mujer fascinante, Lía. Tuve el placer de rastrear sus memorias durante tres meses antes de que este traidor borrase tu existencia. ¿Sabías que no lloró cuando la acorralamos? Tenía la misma mirada ausente que tienes tú ahora. Me dijo que aunque nos quedáramos con su cuerpo, su mente ya estaba dispersa en tres cristales.
Un nudo áspero se me formó en la garganta. La mano me tembló dentro del bolsillo, apretando la superficie pulida del cristal de memoria.
— ¿Dónde está ella? — pregunté, apartando el brazo con el que Kael intentaba frenarme —. Si la acorralaste, sabes si sigue con vida.
— Depende de lo que entiendas por vida — respondió Valen, ladeando la cabeza con una mueca sombría —. La red no destruye a los sujetos de resonancia alta. Los procesa. Su conciencia alimenta la matriz de las torres de vigilancia que mantienen la red estable. Tu madre no está bajo tierra, Lía... pero si escuchas el zumbido de los postes de la ciudad, estás escuchando sus pensamientos distorsionados.
Las palabras de Valen cayeron sobre mí como un choque térmico. El aire de los pulmones se me volvió pesado.
— Mientes — dije, aunque la voz me salió débil.
— No miente — admitió Kael con tono sombrío, sin quitarle la vista de encima —. Es la razón por la que ella me pidió que borrara tu infancia. No quería que pasaras la vida buscando un eco atrapado en los circuitos de la ciudad.
— Qué dramático — ironizó Valen, sacando lentamente la mano derecha del abrigo. Sostenía un cilindro de bronce lleno de pequeños filamentos de luz roja que emitían un zumbido agudo —. Pero las explicaciones terminan aquí. El cristal que llevas no es un simple recuerdo, Lía. Es una clave de descifrado del archivo central. Si me lo entregas, te prometo una identidad limpia y un billete fuera de la jurisdicción.
— ¿Y si me niego?
— Activaré el cilindro de pulso — contestó con una calma aterradora —. Freirá cualquier circuito electrónico en cien metros. Tu cristal quedará inservible, el ojo artificial del viejo Eren en su taller colapsará y la memoria de tu madre se borrará para siempre.
Kael tensó la espalda, listo para abalanzarse, pero el dolor del cristal en mi bolsillo me hizo reaccionar antes. Sacó la pieza oscura y la sostuve a la vista, sintiendo cómo el frío del objeto me adormecía los dedos.
— Si das un paso más o presionas ese cilindro — amenacé, sintiendo cómo la luz de la luna atravesaba el cristal negro —, lo estamparé contra el suelo de piedra. Si la mente de mi madre es un ecosistema de la red, prefiero destruirlo yo antes de dejártelo a ti.
Valen se congeló. El implante de su ojo emitió un zumbido metálico al ajustar el enfoque, perdiendo la sonrisa por primera vez.
— Tienes la misma terquedad autodestructiva de la mujer que te dio a luz — murmuró en voz baja.
— No es terquedad — respondí, retrocediendo despacio hacia el borde del andán —. Es que nueve años de mentiras te dejan sin nada que cuidar.
En ese instante, las paredes del túnel comenzaron a temblar. Las luces rojas de emergencia de la estación se encendieron de golpe, proyectando sombras alargadas sobre los azulejos.
— Es el tren nocturno de carga — susurró Kael, descendiendo el centro de gravedad sin despegar los ojos de Valen —. En cuanto la locomotora tape su línea de visión, saltamos a la pasarela inferior.
Valen alzó el cilindro de bronce.
— ¡No cometas la misma estupidez que Kael, Lía!
El tren irrumpió en la estación como una bestia de acero y magnetismo, levantando una ráfaga de aire helado que arrastró basura y polvo. En el milisegundo en que la masa de metal interrumpió la luz, Kael me agarró del brazo y nos arrojamos al abismo de la pasarela lateral justo cuando una descarga azul chisporroteó en el aire sobre nuestras cabezas.
