Capítulo 4 Pasarela de los Ecos
Capítulo IV — La pasarela de los ecos
El impacto contra la reja metálica de la pasarela inferior nos dejó sin aliento.
El estruendo del tren de carga tapó el chasquido de la descarga azul de Valen, que iluminó por un instante el aire sobre nuestras cabezas con un destello de ozono quemado. El olor a circuito frito y el aire helado levantado por los vagones en movimiento nos envolvieron de inmediato.
Kael fue el primero en ponerse en pie, sujetándose del pasamanos corroído mientras el tren continuaba su paso rugiente a solo medio metro de nosotros.
— Camina — me ordenó por encima del ruido, extendiendo el brazo para impulsarme —. El pulso electromagnético de Valen habrá bloqueado temporalmente los sensores de este nivel, pero las patrullas del sector responderán al aviso de fluctuación en menos de cinco minutos.
Me incorporé con la cabeza dándole vueltas. Dentro de la bolsa de mi abrigo, los dedos me daban calambres por el contacto directo con el cristal oscuro. La vibración de las ruedas de acero sobre los rieles parecía resonar en la misma frecuencia que el núcleo de memoria, provocando que pequeñas chispas de luz fría parpadearan entre las aristas del cristal.
— Dijo que mi madre está atrapada en la red — dije, apretando los dientes mientras echábamos a correr por el pasillo de servicio —. Dijo que su mente alimenta las torres.
— Valen utiliza la verdad como un anzuelo para desarmarte, Lía — respondió Kael sin aminorar el paso, guiándonos hacia la penumbra de un túnel secundario de drenaje —. Tu madre sabía exactamente a qué se enfrentaba cuando entregó su registro biométrico. No la capturaron por sorpresa; ella misma diseñó la arquitectura de los núcleos de resonancia antes de que la corporación los militarizara.
El túnel descendía en una pendiente pronunciada, alejándose del ruido de la estación. El suelo estaba cubierto por una capa fina de agua estancada que reflejaba la luz tenue de los cables de alta tensión que corrían a lo largo de las paredes de concreto.
A medida que nos adentrábamos en las entrañas del sector viejo, el zumbido de la ciudad superior se volvía más denso, un murmullo grave y constante que parecía filtrarse por la piedra.
— Si ella diseñó el sistema, ¿por qué necesitaba que yo olvidara todo? — pregunté, manteniendo la respiración entrecortada —. Nueve años pensándome sola, creyendo que había sido un accidente...
— Porque tu cerebro guardaba la frecuencia raíz — contestó Kael, deteniéndose de golpe ante una puerta blindada con el sello erosionado del antiguo departamento de mantenimiento —. Para proteger un sistema de cifrado, no basta con esconder la clave; hay que dividirla. Tu madre dividió el acceso a la matriz en tres núcleos de memoria. El cristal que llevas en la mano es solo la primera pieza.
Sacó un pequeño estilete térmico de su cinturón y comenzó a forzar el cierre electrónico de la puerta. Las chispas iluminaron por segundos la cicatriz que le cruzaba el pómulo, acentuando la severidad de sus rasgos.
— ¿Y dónde están los otros dos? — insistí.
— El segundo está en el archivo del Sector Comercial, bajo la custodia de los distribuidores de datos del mercado negro. El tercero... — Kael hizo una pausa mientras el cerrojo emitía un silbido de descompresión —... el tercero está en la Torre Central. Donde se encuentra la matriz activa.
La puerta pesada cedió, abriéndose hacia un espacio amplio y oscuro que olía a aceite de motor, soldadura reciente y papel viejo. Era un refugio subterráneo oculto bajo la red de alcantarillado, repleto de pantallas despiezadas, transmisores modificados y herramientas mecánicas organizadas con precisión militar.
— Entra — murmuró Kael, haciéndome paso —. Aquí el blindaje de plomo neutralizará cualquier rastreo biométrico directo. Estamos a salvo por ahora.
Caminé hacia el centro del taller improvisado, apoyando las manos sobre una mesa de trabajo metálica para estabilizarme. El temblor en mis piernas no cedía. Al sacar la mano del bolsillo, noté que la piel de mi palma tenía pequeñas marcas rojizas, como quemaduras leves provocadas por el contacto prolongado con la superficie del cristal.
— Déjame ver eso — dijo Kael, acercándose con una caja de primeros auxilios y una lámpara de luz neutra.
— No duele — mentí, aunque la sensación de pinchazo en las terminaciones nerviosas era cada vez más aguda.
— La psicometría no es un proceso pasivo, Lía — explicó Kael, tomándome de la muñeca con firmeza pero sin brusquedad para examinarme la piel —. Tu cerebro está intentando procesar un volumen de datos para el que no fuiste entrenada. Cada vez que tocas un objeto con carga de memoria, la energía busca un punto de descarga. Si fuerzas el cristal sin un estabilizador, podrías borrar tus propios recuerdos por saturación.
Me quedé en silencio mientras él aplicaba un ungüento frío sobre la quemadura. Mirándolo tan cerca, pude notar por primera vez el cansancio acumulado en sus ojos y las finas líneas de tensión alrededor de su boca.
— ¿Por qué lo hiciste? — pregunté en un susurro limpio —. Cuando ella te lo pidió... cuando te pidió que borraras mi infancia. ¿No intentaste buscar otra salida?
Kael se congeló por un segundo, sosteniendo la venda sin apretarla. La luz de la lámpara proyectaba su sombra enorme contra las paredes del refugio.
— No había otra salida — respondió con voz apagada —. Valen y su equipo ya habían derribado la puerta principal del piso. Tu madre te tenía en brazos. Sabíamos que si te llevaban con los recuerdos intactos, te habrían utilizado como un terminal vivo para forzar la clave de la matriz. Ella me miró, me puso el dispositivo en la mano y me dijo: Haz que lo olvide todo para que pueda tener una oportunidad de elegir después.
Se puso de pie, guardando los suministros médicos en la caja con movimientos metódicos.
— Yo solo ejecuté la orden — añadió, dándome la espalda —. Y he pasado los últimos nueve años asegurándome de que esa oportunidad siguiera en pie.
Antes de que pudiera responder, un zumbido agudo resonó desde el fondo del taller. Una de las pantallas antiguas que colgaban del techo se encendió de golpe, mostrando líneas de estática que poco a poco se convirtieron en un patrón de ondas de sonido rojas.
Una voz distorsionada por filtros de frecuencia llenó el recinto:
— Kael... sabemos que el transmisor del sector viejo se ha activado. Valen acaba de solicitar el despliegue de los rastreadores de nivel tres. Tenéis menos de seis horas antes de que aíslen el perimetro.
Kael apretó el puño sobre la mesa, mirando la pantalla con gravedad.
— Eren cayó — dijo Kael al micrófono del terminal —. ¿Quién está al mando en la pasarela central?
— Nadie — respondió la voz del canal de la resistencia —. Pero si la chica tiene el primer cristal, decidle que el mercado negro del Sector Comercial cierra a medianoche. Si no consigue la segunda clave hoy, la red reescribirá el acceso para siempre.
