Capítulo 7 Frecuencia Compartida
Capítulo VII — Frecuencia compartida
El impacto de la memoria no vino en forma de imágenes claras, sino de dolor puro y distorsión sónica.
Un zumbido agudo perforó mis oídos mientras la conciencia atrapada en el segundo cristal intentaba reprogramar mi actividad cerebral. Mis rodillas cedieron sobre el suelo de mármol sintético y la luz blanca de la sala de subastas se convirtió en una espiral de sombras. Podía sentir cómo la Red intentaba trazar la clave biométrica que mi madre había ocultado en mis recuerdos infantiles, estirando cada capa de mi mente hasta el punto de la ruptura.
—¡Lía!
Un par de brazos fuertes me sujetaron antes de que colapsara por completo contra el suelo. Kael interpuso su cuerpo entre la esfera electromagnética y yo, rompiendo el contacto directo de mi mano con el núcleo violáceo. El tirón brusco interrumpió la transferencia, dejando un rastro de humo tenue que emanaba de las yemas de mis dedos.
Gaspé buscando aire, temblando incontrolablemente contra su pecho. Kael me sostuvo con firmeza, rodeándome con un brazo mientras desenfundaba su pistola de pulsos con la otra mano. Su corazón latía a un ritmo acelerado contra mi mejilla, desenmascarando la frialdad que siempre intentaba aparentar.
—El cristal está desatado —dijo Kael con la voz rasgada, mirando directamente a la baronesa Vane—. Ella ya cumplió su parte del acceso. Nos vamos.
—Me temo que el tiempo se ha agotado para todos —respondió Vane, retrocediendo hacia la parte trasera de la plataforma.
Un estruendo sordo sacudió el techo del salón. Paneles de cristal pulido se hicieron añicos y cayeron como una lluvia brillante sobre la multitud enfurecida. Las luces blancas parpadearon y cambiaron a un rojo de emergencia mientras las sirenas del edificio comenzaban a aullar. Tres siluetas vestidas con armaduras de infiltración táctica e insignias de la Red descendieron a través de los tragaluces mediante cables de tensión.
Los cazadores de nivel tres de Valen habían irrumpido.
—¡Cobertura! —gritó Kael.
Sin soltarme, me arrastró hacia el lateral del mostrador blindado de la subasta mientras los cazadores abrían fuego con rifles de interrupción iónica. Los haces de energía azul perforaron las paredes de mármol, convirtiendo las vitrinas en fragmentos de vidrio flying. Kael devolvió el fuego con tres disparos certeros que obligaron a dos de los cazadores a buscar parapeto tras los pilares centrales.
—¿Puedes moverte? —me preguntó Kael, arrodillándose a mi lado. Su mano se posó en mi mejilla, obligándome a mirarlo a los ojos entre la bruma del mareo.
—Mi cabeza... siento como si la mitad de esa memoria se hubiera quedado atrapada en mí —murmuré, sujetando su muñeca. La piel de Kael estaba helada, pero el tono de preocupación en sus ojos negros era inconfundible.
—Necesito que te concentres en mi voz —dijo él, acortando la distancia entre nuestros rostros hasta que su aliento cálido rozó mis labios—. No dejes que la frecuencia del cristal borre quién eres. Quédate conmigo, Lía.
Asentí con dificultad, aferrándome a su chaqueta. En medio de las detonaciones y el caos de la sala, ese instante en que nuestras miradas se cruzaron borró por un segundo el miedo al entorno. Había una conexión innegable naciendo del peligro constante, una confianza que comenzaba a superar el rencor por el pasado que él guardaba.
Kael echó mano al compartimento central de la esfera magnética, arrebatando el segundo cristal violáceo antes de que los sistemas de seguridad lo sellaran. Lo guardó en el contenedor térmico de su cinturón.
—Vane dijo que había un conducto de evacuación privada tras el escenario —dijo Kael, cargando el reactor de su arma.
—Los cazadores están cubriendo esa zona —respondí, intentando recuperar el equilibrio—. Pero la sobredosis de energía del cristal alteró el panel electromagnético del piso. Puedo sentir la corriente bajo nuestras plantas. Si sobrecargo la línea secundaria con mi mano, desactivaré sus vizores nocturnos.
—Es demasiado peligroso para tu mente, Lía.
—Es la única forma de salir juntos —sentencié.
Sin esperar su objeción, apoyé la mano izquierda desvendada sobre la rejilla de ventilación del suelo. Dejé fluir el residuo de la energía del cristal que aún quemaba mis venas. Una chispa violácea se extendió por el piso, e instantáneamente todas las luces y sensores del salón se apagaron, sumiendo el lugar en una penumbra absoluta y desactivando las miras ópticas de las armaduras de los cazadores.
—¡Ahora! —exclamó Kael.
Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza desmedida, y echamos a correr en medio de la oscuridad hacia la pasarela de servicio posterior. El sonido de los disparos a ciegas de los cazadores retumbaba a nuestras espaldas mientras nos adentrábamos en los túneles de mantenimiento del sector, dejando atrás la casa de espejos de la baronesa con el segundo cristal finalmente en nuestro poder.
