Capítulo 8 La Sombra Del Oxido

Capítulo VIII — La sombra del óxido

El aire helado de los túneles de mantenimiento olía a metal húmedo y ozono.

Avanzamos a oscuras durante más de veinte minutos, siguiendo las tuberías de refrigeración del Sector Comercial. El pulso del segundo cristal guardado en el cinturón de Kael emitía un tenue destello violáceo a través de las costuras de su funda térmica, como si latiera al mismo ritmo que mis sienes.

Kael no me había soltado la mano desde que cruzamos la pasarela de servicio. Solo cuando alcanzamos una cámara de registro abandonada, iluminada apenas por un tubo de gas fluorescente en las últimas, aflojó el agarre, aunque sus dedos se demoraron un instante extra antes de liberar los míos.

—Aquí estaremos a salvo un par de horas —dijo, inspeccionando la pesada escotilla de hierro que daba acceso al pasadizo antes de atrancarla con un riel de acero—. Las lecturas térmicas no traspasan este blindaje de la era previa a la Red.

Me dejé caer contra la pared de hormigón, abrazando mis rodillas. El cansancio no era solo físico; la mente me pesaba como si arrastrara el doble de mis recuerdos. La voz de mi madre, fragmentos de mapas de datos y la imagen de una torre en llamas parpadeaban en el fondo de mi retina cada vez que cerraba los ojos.

Kael se arrodilló frente a mí, dejando su escopeta de pulsos a un lado. Sacó un frasco con solución antiséptica y vendas limpias de su equipo táctico.

—Dame la mano —pidió suavemente.

Le entregué la mano izquierda, la misma con la que había canalizado la sobrecarga del piso. Las yemas estaban enrojecidas, y una fina línea de quemadura eléctrica recorría desde mi muñeca hasta la palma.

Kael comenzó a limpiar la piel con delicadeza. A pesar de la rigidez de sus hombros y la cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo, sus manos eran asombrosamente precisas y cuidadosas. La frialdad con la que solía dar órdenes en el Sector Viejo parecía haberse disuelto tras el tiroteo en la subasta.

—Te arriesgaste demasiado —murmuró sin levantar la vista, concentrado en ajustar la venda alrededor de mi palma—. Si esa sobrecarga hubiera rebotado a tu córtex central, habrías quedado en coma sintético.

—Era la única forma de que saliéramos ambos —respondí, observando el perfil de su rostro iluminado por la luz verdosa del tubo de gas—. Además... dijiste que me concentrara en tu voz. Y funcionó.

Kael se detuvo un segundo. Sus ojos oscuros se alzaron para encontrarse con los míos. Estábamos a escasos centímetros; podía sentir la calidez de su respiración rompiendo la humedad del aire del subterráneo.

—Lía... yo solía cumplir órdenes sin cuestionar. Cuando trabajaba para la división de contención de la Red, las personas eran solo frecuencias de datos que debían ser categorizadas o borradas —confesó, con una voz baja y rasgada por la culpa—. Pero cuando tu madre me entregó el primer registro y te vi a ti esa noche... supe que la Red nos estaba arruinando por dentro.

—No tienes que cargar con lo que pasó antes, Kael —dije, acortando la distancia entre nosotros y posando mi mano sana sobre la suya—. Me estás protegiendo ahora. Eso es lo único que me importa.

Un silencio denso y electrizante se apoderó de la pequeña habitación. Por un instante, la distancia entre nuestros rostros se redujo aún más, cargada de una tensión latente que nada tenía que ver con los disparos o la persecución de Valen. Era una atracción genuina, nacida de la vulnerabilidad compartida en medio de un mundo helado.

Kael inclinó levemente la cabeza, posando su frente contra la mía durante unos segundos interminables, dejando que nuestras respiraciones se volvieran una sola.

—No voy a dejar que te quiten nada más —susurró contra mi piel, un compromiso firme que sonó casi como una promesa.

El momento se vio interrumpido por el pitido agudo del transmisor encriptado que Kael llevaba en el hombro. Se incorporó con lentitud, despejándose la mirada mientras activaba la frecuencia de comunicación.

La voz distorsionada de Corvo irrumpió a través de la estática del canal.

—Kael... si están vivos, escuchen con atención —siseó el comerciante desde el otro lado—. Valen ha bloqueado los accesos al Sector Industrial. Sabe que buscan el tercer cristal.

—Tenemos los dos primeros —respondió Kael, recuperando su tono táctico pero manteniendo la mirada fija en mí—. ¿Dónde está la última pieza?

—No está en ningún almacén del subsuelo —dijo Corvo con pesadez—. El tercer cristal de la matriz... está dentro del núcleo central de la Torre Corporativa. En la oficina personal de Valen.

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