UN POCO MÁS DE ELLA
[MATEO]
He estado en lugares increíbles a lo largo de mi vida. He visto paisajes que te dejan sin aliento, ciudades que nunca duermen, playas que parecen sacadas de una postal. Pero esto… esto es otra cosa.
Esta belleza natural, oculta entre cañones y formaciones rocosas, parece un tesoro escondido. Nunca imaginé encontrar algo así en esta parte del país.
Julieta va delante de mí, en su propio kayak, deslizándose con naturalidad sobre el agua transparente que por momentos se vuelve verde esmeralda y por otros, azul profundo. Es como estar dentro de una pintura que respira. Yo la sigo a corta distancia, sin poder dejar de mirar el paisaje… y a ella.
—Wow… —es lo único que logro decir.
—Hermoso, ¿no? —responde ella, girando levemente para mirarme, con esa sonrisa suya que parece iluminar incluso estas cuevas.
Lleva un traje de baño negro sencillo, el cabello recogido en una trenza desordenada y el rostro completamente libre de maquillaje. No hay rastro de la anfitriona ejecutiva del casino. Solo está ella… natural, espontánea, real. Y eso me gusta. Me gusta mucho más de lo que debería.
—Increíblemente hermoso —digo, y ya no estoy seguro si me refiero al lugar o a ella.
La observo unos segundos más antes de hablar, casi sin pensarlo:
—Nunca respondiste a mi pregunta.
—¿Qué pregunta? —pregunta con una sonrisa pícara.
—Si veías a Marco como el padre de tus hijos.
—¿Y quieres que te responda ahora, en medio de este sitio tan mágico y tranquilo? —ironiza, fingiendo indignación, lo que me hace reír.
—¿Acaso hay un lugar específico donde deba responderse algo así? —le sigo el juego.
—Ven, sigamos remando hasta el final del circuito —dice mientras retoma el ritmo con los remos—. Te prometo que luego te respondo.
Una vez más, Julieta lleva el ritmo. Maneja la conversación, el tiempo, la tensión… Y yo no sé si ella es muy buena en esto, o si yo simplemente me dejo llevar porque me fascina verla tomar el control.
Pero lo cierto es que, mientras rema delante de mí, algo dentro de mí comienza a cambiar. Intento no verla como mujer, como una posibilidad, como una tentación… pero es imposible. Cada cosa que descubro de ella me gusta más que la anterior. Y esto ya no es una atracción pasajera. Es un juego peligroso del que no sé cómo voy a salir.
Continuamos por el circuito, en silencio. Ella lidera con seguridad, y yo la sigo, hipnotizado por el sonido del agua, el canto lejano de algún ave y la luz que se cuela entre las rocas y tiñe todo de un dorado suave.
Finalmente, llegamos a la orilla de una pequeña playa escondida, como un oasis en medio de este territorio árido y rocoso. El agua es tan clara que puedo ver los peces nadando entre las piedras.
«¿Y si Julieta es eso para mí? ¿Mi agua en medio del desierto?», pienso de repente.
Es una idea absurda… o tal vez no tanto.
Después de Nadia, nadie llenó ese vacío. Ni siquiera Sara, que terminó siendo una versión errónea de lo que creí que era amor. Pero Julieta… Julieta despierta algo en mí que no sentía desde entonces. Y eso me aterra. Mi psicólogo dice que tengo pánico a volver a sentir lo que sentía con Nadia. Que temo tanto perder de nuevo, que saboteo cualquier posibilidad antes de empezar.
Tal vez tiene razón.
Una vez en la orilla, bajamos de los kayaks. Un hombre que estaba esperándonos se acerca para recoger los remos.
—¿Te gustó? —me pregunta Julieta mientras caminamos descalzos por la arena cálida.
—Muchísimo. Gracias por traerme aquí —respondo con sinceridad.
—Un placer. Si quieres, podemos almorzar allí —señala un pequeño restaurante rústico—. No es nada elegante, pero sirven los mejores platos de mar que puedas imaginar.
—Entonces vamos —digo sin pensarlo demasiado.
Nos acercamos al lugar: mesas pintorescas de madera, algunas con sombrillas de palma, otras al aire libre. El ambiente es informal, relajado. Los menús ya están sobre la mesa.
—Podemos sentarnos donde queramos —explica ella, al notar que me detengo esperando que alguien nos reciba.
—¿Aquella? —pregunto, señalando una de las mesas más alejadas, con vistas al agua.
Ella asiente, y nos acomodamos allí. Elijo calamares y un mojito. Ella pide salmón y el mismo trago. El camarero toma nota sin mucha ceremonia y desaparece rápidamente.
Cuando vuelve el silencio entre nosotros, ella me mira con una expresión diferente. Más seria. Más abierta.
—Ahora sí —dice, como si retomara una conversación que habíamos pausado.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora sí te voy a responder esa pregunta —bromea, pero su tono cambia al instante—. Aunque para que entiendas la respuesta, tengo que contarte un poco más de mí.
Asiento, dispuesto a escuchar.
—Ya que tú me contaste sobre tu hermana… y tu esposa… —dice en voz baja—. Es justo que yo también te cuente mi historia.
—Soy todo oídos —le aseguro, sin apartar la mirada.
Respira hondo antes de empezar.
—No me vine a trabajar aquí solo por el dinero. Me mudé porque lo necesitaba… urgentemente. En Miami, todo se había complicado. Hace seis años a mi papá le diagnosticaron la enfermedad de Wilson. Es genética y provoca que el cobre se acumule en el cuerpo. Lo detectaron tarde, y no respondió al tratamiento. Lo pusieron en la lista para un trasplante de hígado… pero esperar uno es como jugar a la ruleta rusa.
Traga saliva y continúa.
—Tuvo que dejar de trabajar. Las crisis eran constantes. El amonio le subía a la cabeza y tenía episodios muy duros… Mi mamá no daba abasto. Y entonces apareció este trabajo. Lo tomé sin pensarlo, necesitábamos cubrir los gastos médicos. Todo lo demás —respira profundo—, pasó a segundo plano.
Baja la mirada.
—Conocí a Marco cuando recién llegué. Me distrajo, me hizo sentir que todo podía ser más fácil. Y sí, tú me preguntaste si lo veía como el padre de mis hijos… La verdad es que ni siquiera pensaba en eso. En ese momento… yo solo esperaba que mi papá no muriera.
Hace una pausa. Yo no digo nada. Solo la escucho.
—Pero hace cinco meses, después de casi cinco años de espera… llegó el milagro. Mi papá fue trasplantado. Todo mejoró, pero todavía necesito estar aquí, mantener este trabajo… y conseguir ese ascenso. No puedo darme el lujo de perderlo.
Sus ojos se encuentran con los míos.
—Perdí a mi novio. Y a veces no sé si fue por mi culpa, por estar tan enfocada en mi familia… o si simplemente él era un hijo de puta. Pero lo que sí sé… es que necesito estabilidad. Y por ahora, eso significa enfocarme en mi carrera. ¿Me entiendes?
—Sí. Te entiendo perfectamente —digo, con un nudo en la garganta—. Y déjame decirte algo: eres muy valiente, Julieta. ¿Lo sabías?
Ella sonríe, pero sus ojos están brillosos.
—Tú también lo eres. Sé que la vida tampoco fue fácil para ti.
—La vida en general no lo es —comento—. Pero… a veces te da algo bueno. Poco o mucho… algo que vale la pena. Y para mí, ese algo ha sido conocerte.
Lo digo sin pensarlo. Sin filtros. Sin marcha atrás.
Ella me mira, sorprendida. Y después, con una sonrisa suave, responde:
—Lo mismo digo. Conocerte ha sido… todo un gusto.
Nos quedamos así, mirándonos.
Y en este instante, entre el sol que calienta la arena y la brisa salada del agua, lo único que deseo es besarla.
No sé cómo estoy resistiendo. No sé qué fuerza me detiene.
«¿Será fuerza de voluntad… o será miedo a lo que podría significar?»
