LUCHAR CONTRA “ESTO”

[MATEO]

(Horas después)

Desde que Julieta me contó todo lo que vivió con su padre y cómo su vida cambió por completo al cargar con el peso de sacar adelante a su familia, no puedo dejar de admirarla.

El problema es que mi admiración se está transformando en algo más… y eso me asusta. No por la posibilidad de enamorarme, sino por las consecuencias que eso podría acarrear. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es no hacer nada.

Apenas llego a la habitación, dejo la mochila sobre la silla de la sala y me encierro en el baño. Abro la llave de la ducha y mientras espero que el agua alcance una temperatura tibia, me desvisto lentamente, como si necesitara tiempo para despegarme de la sensación que dejó ella en mí.

Ya desnudo, entro bajo el chorro de agua caliente que cae sobre mi espalda como una cascada purificadora. Me relaja… o al menos lo intenta. La tensión no es física. Está en mi cabeza. En mi pecho. En lo que siento.

Sería tan fácil dejarme llevar. Romper con mis propias reglas y probar el sabor de sus labios solo para confirmar si esto que siento por Julieta es una simple atracción pasajera, una confusión... o si realmente está empezando a ocupar un lugar importante en mi vida.

Pero entonces pienso en Sara. En cómo las cosas se complicaron cuando decidí ignorar mis dudas y me lancé sin red. Fue un error. No puedo permitirme fallar dos veces. No puedo herir a otra mujer solo porque, en un impulso, busqué sentir algo parecido a la felicidad.

Y, sin embargo, su sonrisa sigue apareciendo en mi mente. Su voz diciendo mi nombre. Esos besos sutiles en la mejilla que encienden cada rincón de mí.

Y su cuerpo… ese cuerpo que me persigue como un espejismo y que hoy, bajo el sol y el agua, se grabó en mi memoria como si fuera un tatuaje invisible.

Mi imaginación no me da tregua, y mi cuerpo reacciona de una forma que me hace sentir como un adolescente, vencido por el deseo.

"No puedes sentirte así… no eres un adolescente", me reprendo mentalmente, al notar lo que estoy sintiendo, lo que estoy pensando… lo que estoy haciendo.

Y, aun así, me dejo llevar.

Busco un alivio rápido, urgente, egoísta… uno que mi cuerpo agradece, pero que mi mente ya está juzgando incluso antes de terminar. Con los ojos cerrados, me abandono a la fantasía de ella. A su voz. A su risa. A sus labios que no he besado pero que mi mente ya conoce.

Y cuando todo termina, cuando el placer da paso al silencio, la culpa aparece como una sombra que siempre vuelve.

"¿Es posible sentir esto por alguien que conocí hace cinco días?", me pregunto.

"¿O es que Julieta es una en un millón y por eso logró despertar todo esto en mí?"

Me apoyo contra la pared de la ducha, sintiendo que el agua ahora lava algo más que mi cuerpo. Lava mis pensamientos. Mis impulsos. Mi culpa.

Porque sí… la siento. Una culpa absurda, dolorosa, pero muy real.

Desde que mi hermana murió, dejé de ser el mismo.

Ahora, cualquier pensamiento íntimo que tenga sobre una mujer con la que no tengo una relación formal me hace sentir como si la estuviera violando con la mente.

Como si estuviera traicionando algo. O a alguien.

Mi psicólogo lo llama “culpa excesiva”, una distorsión emocional que aparece cuando siento que no estoy cumpliendo con una norma ética.

Yo lo llamo respeto. Conciencia. Ser un caballero.

O tal vez… él tenga razón, y yo esté perdiendo la perspectiva de las cosas.

—Ya es tarde para arrepentimientos… lo hecho, hecho está —murmuro para mí mismo, intentando convencerme.

Y bajo ese escudo de racionalidad, termino de ducharme.

[…]

Estoy abotonándome la camisa frente al espejo cuando escucho un golpe suave en la puerta.

«Otra vez llego tarde», pienso, y camino hacia la entrada mientras intento cerrarme los últimos botones.

Al abrir la puerta, ahí está ella.

Julieta.

Con un vestido blanco ajustado que resalta su figura y ese tono dorado que su piel adquirió esta tarde bajo el sol.

Está radiante. Natural. Deslumbrante.

—¿Regreso más tarde? —pregunta, notando mi apuro. Parece confundida.

—No, pasa… Solo termino de abotonar la camisa y ya estoy —respondo, apartándome para dejarla entrar.

La observo de reojo, intentando no mirarla demasiado. No después de lo que hice.

Cualquier otro hombre guardaría esa imagen para repetir lo ocurrido una y otra vez en su cabeza.

Yo, en cambio, me siento culpable.

Como si hubiese invadido su intimidad sin permiso.

Mi psicólogo lo llamaría “culpa irracional”, una consecuencia de mi trauma.

Yo lo llamo tener valores. Pero quizá, en el fondo, solo es otra forma de evadir lo que realmente siento.

—¿Estás bien? —me pregunta, sacándome de mis pensamientos.

—Sí… lo siento, solo estoy un poco distraído —respondo con una sonrisa forzada—. ¿Hiciste la reserva en el restaurante Picasso?

—Por supuesto —responde con entusiasmo—. Incluso hablé con el chef. Quiere saludarte.

Y vuelve ella… la profesional, la mujer de los contactos, de las gestiones impecables.

—Perfecto. Supongo que debería ponerme el saco del traje, ¿no?

—¿Tú preguntándome sobre ropa? Aquí el experto eres tú —bromea, divertida.

—Estoy un poco fuera de foco… —murmuro.

—Entiendo. Bueno, si quieres mi opinión, sí deberías llevar traje. Es el restaurante más caro de todo Las Vegas —dice con tono casual, aunque sus ojos me estudian con atención.

—Claro, tienes razón —asiento, pero me detengo antes de dar el primer paso hacia la habitación—. Julieta.

—¿Sí? —pregunta, un tanto desconcertada.

—¿Qué es lo que más te molestaría que hiciera un hombre… con una mujer que apenas conoce?

Ella frunce el ceño, intentando descifrar el sentido de mi pregunta.

—¿A qué te refieres exactamente?

—Supongamos que conoces a un hombre hace poco tiempo… ¿qué sería lo peor que podría hacerte?

Ella se queda pensativa unos segundos.

—Besarte o tocarte sin tu consentimiento. Y si además está borracho… peor. Son aún más torpes y agresivos.

—¿Y si está sobrio?

—También está mal, claro. Pero el alcohol siempre lo vuelve todo más desagradable —responde, sin darle demasiada importancia.

—Ya… —murmuro, sabiendo que no está entendiendo del todo el trasfondo de mi pregunta.

—¿Por qué lo preguntas?

—Nada… dudas extrañas que tengo a veces —me excuso, y me doy vuelta para ir por el saco.

Mientras camino hacia la habitación, una frase de mi psicólogo vuelve a resonar en mi cabeza:

“Tu culpa no es por lo que haces… es por lo que temes sentir.”

Y aunque me cueste admitirlo, puede que esta vez tenga razón.

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