¿QUÉ TE SUCEDE?

[JULIETA]

El restaurante Picasso no lleva ese nombre por casualidad. Además de ser el más caro de toda la ciudad, sus paredes están adornadas con piezas originales del legendario pintor español. Cada rincón del lugar huele a arte, exclusividad y perfección. La mayoría de los comensales parecen disfrutar no solo del exquisito menú sino también de la inigualable vista que ofrece el ventanal que da hacia las fuentes del Bellagio.

Pero Mateo... él no está aquí. O al menos, no del todo.

Tiene los ojos clavados en el plato como si estuviera viendo otra cosa, muy lejos de este lugar.

Me debato entre preguntarle qué le sucede o quedarme en silencio. No quiero invadirlo, ni que sienta que estoy cruzando una línea invisible entre lo que sea que somos. Pero la inquietud me gana. Y mis dudas, también.

—Discúlpame, Mateo… ¿puedo saber qué te sucede? —me atrevo, finalmente.

Mi voz parece arrastrarlo de regreso al presente. Parpadea, me mira, y aunque sus labios aún no dicen nada, sus ojos hablan por él. Aprendí a leer miradas hace tiempo: algunas son tiernas, otras sinceras. Las hay llenas de miedo, de indiferencia, de duda, incluso de amor. Pero la que ahora me devuelve Mateo… está cargada de culpa.

—Solo estoy pensando en algunas cosas —responde al fin, pero su tono suena más a evasiva que a verdad.

—¿Y se puede saber en qué cosas? —insisto suavemente, inclinándome un poco hacia él.

—En errores que cometemos los hombres —añade con una media sonrisa que no llega a sus ojos.

Mi mente empieza a conectar hilos, a tejer teorías.

—¿Tiene que ver con la pregunta que me hiciste hace un rato? Lo de qué es lo que más me molestaría que hiciera un hombre…

Una nueva sonrisa asoma, esta vez más irónica.

—¿Jugando a ser Sherlock Holmes? —pregunta con tono sarcástico, y ahora soy yo quien sonríe.

—No. Solo estoy preocupada por ti. Nunca te vi así.

—Tampoco es que me conoces tanto —responde de inmediato, a la defensiva.

—Claramente no… —admito—. Pero eres un hombre seguro, con postura firme. Y ahora estás distinto. No sé si es tristeza, incomodidad o algo peor, pero es evidente.

Su mirada cambia nuevamente. Me observa de una forma que no sé cómo interpretar. Me incomoda y me atrae al mismo tiempo.

—Normalmente la gente no me analiza tanto —dice mientras juguetea con sus labios. Ese gesto en él tiene un efecto en mí que prefiero ignorar.

—¿Y te molesta que lo haga? —pregunto, tanteando el terreno.

—No… solo que, por lo general, quien lo hace es mi psicólogo… y le pago por eso. Pero tú no eres parte de mi tratamiento. ¿Por qué te importa? —me lanza la pregunta sin rodeos.

Dudo, pero la respuesta es clara.

—Quizás porque tú te preocupas por mí también… y la gente que me trata bien se gana mi afecto.

Asiente. Y aunque no dice nada más, creo que lo entiende.

Justo en ese momento, los camareros llegan con nuestros platos y por unos segundos, el silencio se llena con aromas exquisitos y vajilla de porcelana perfectamente dispuesta.

—Se ve exquisito —comento, mirando la obra de arte que tengo frente a mí.

—Sí… —responde él, pero no me mira el plato. Me está mirando a mí. Con esa intensidad que desarma.

Levanto la vista y lo enfrento directamente.

—¿Entonces? ¿Me dirás qué sucede? —le pregunto, sabiendo que no lo dejaré escapar tan fácilmente esta vez.

Suspira. Largo. Profundo.

—Hice algo que me hizo sentir culpable —confiesa por fin.

—¿Muy grave? —pregunto, bajando el tono.

Niega con la cabeza.

—A los ojos del mundo, probablemente no. Pero para mí… sí lo es.

—¿Puedo preguntar qué fue? —digo con cautela.

Toma un bocado, mastica despacio, como si necesitara tiempo. Luego deja el tenedor y me mira.

—Le falté el respeto a una mujer… con mi mente y con mi cuerpo —dice sin rodeos.

Lo miro, confundida.

—¿Le hiciste algo?

—No. Solo… la imaginé de formas que no debía —responde. Su voz tiembla, no mucho, pero lo suficiente para notarlo.

Parece tan vulnerable, tan ajeno a la seguridad que suele mostrar. Como un niño que teme haber hecho algo imperdonable.

—Mateo… creo que la mayoría de los hombres lo hacen. Dudo que sea tan grave —le digo con suavidad, intentando aliviar esa culpa que parece estar consumiéndolo.

Tomo mi copa de vino y bebo un sorbo bajo su mirada fija. Pero su siguiente frase me obliga a dejarla de golpe sobre la mesa.

—¿Incluso si se trata de ti? —pregunta.

Lo miro, en shock.

—¿Qué…?

—Te estoy pensando demasiado. Y te juro que me da miedo.

Mi corazón da un salto que intento controlar.

—Mateo… creo que ya hablamos de esto, ¿no?

—Lo sé —asiente, rápido—. Pero mi cabeza no parece comprender el mensaje. Me siento muy atraído a ti… y estoy intentando que sea un “no”, porque sé todo lo que significaría un “sí”. Pero tú… tú haces que ese no sea cada vez más difícil de sostener.

Estoy sentada al borde de la silla, luchando por mantener la compostura. Sus palabras son demasiado.

—No lo hagas más difícil de lo que ya es —le pido, en un susurro.

—¿Qué significa eso? —pregunta, con firmeza. Sin rodeos.

—Que eres el hombre perfecto. El que cualquier mujer querría en su vida… pero sabes que no puede ser.

Sonríe con esa mezcla de dolor y ternura que lo hace aún más peligroso.

—Intentemos que sea un “no” entonces —propone, con esa calidez que me derrite.

—Por favor —susurro.

No sé cuánto pueda durar este acuerdo silencioso. No sé si este intento funcionará. Lo único que sé es que, por mi bien —por el bien de los dos—, debe funcionar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo