INTENTÁNDOLO
Quizás ser tan honesto sea uno de mis peores defectos. Ella dice que soy el hombre perfecto, ese que cualquier mujer querría en su vida… pero yo pienso todo lo contrario. Estoy hecho de defectos, miedos y cicatrices que no sé si algún día sanarán. Por fuera, puedo aparentar seguridad, firmeza, esa imagen de hombre que nunca duda de sus decisiones. Y sí, puede que eso sea cierto en los negocios. Pero en el resto de las cosas… vivo en la duda constante, preguntándome si hago lo correcto o no.
Ahora mismo estoy frente a una de esas disyuntivas: ¿cómo me despido de ella en la puerta de su suite? ¿Un beso en la mejilla? ¿Me doy la vuelta sin más? ¿O… continúo un poco más?
—Buenas noches —me dice, mientras gira para pasar la tarjeta por la cerradura.
—Julieta —la llamo antes de que desaparezca detrás de la puerta.
Se vuelve hacia mí.
—¿Sí?
—¿Estás molesta conmigo? —pregunto, temiendo la respuesta. Ella niega con la cabeza.
—No, en absoluto —responde con firmeza.
—Si te sientes incómoda conmigo, puedo hablar con el señor Castillo. Le explicaré que hiciste todo bien, pero que soy yo quien ya no quiere tus servicios… —me ofrezco, pero vuelve a negar.
—No estoy incómoda contigo. Todo está bien… ¿mañana a las ocho? —pregunta con naturalidad, como si nada pasara.
Asiento.
—Mañana a las ocho. ¿Me acompañas a la Stratosphere? Quiero saltar desde allí.
Su mirada incrédula me arranca una carcajada.
—¿De verdad piensas lanzarte de esa torre con una simple cuerda en los pies?
—Es seguro —respondo divertido—. Ya lo hice en otros lugares del mundo, y desde sitios incluso más altos.
—Está bien, yo te acompaño… pero me quedaré aferrada a la pared mientras tú dejas tu corazón allí. —accede finalmente.
—Oye, que estoy muy bien de salud, ¿eh? —bromeo, y agradezco por dentro que me haga sentir que nada raro pasó entre nosotros.
—Te creo. Igual, yo solo miraré.
—Perfecto. Iremos a primera hora y luego desayunamos.
—Sí, buena idea.
—Después iremos de compras. —añado, y su ceja arqueada me hace reír otra vez.
—¿De compras?
—Sí. Alguien aquí necesita un vestido para la boda de su ex… y yo necesito un esmoquin.
Me sonríe, y ese gesto suyo es un regalo.
—Gracias de nuevo.
—Un placer. Ahora descansa —le digo, y antes de que mi razón pueda detenerme, sigo el impulso y le doy un beso en la mejilla. Ella me lo devuelve.
[…]
(Al día siguiente)
Después de una hora en el gimnasio, me ducho y me visto con rapidez. No puedo decir que descansé, porque mi cabeza fue un campo de tormenta toda la noche… tormenta con nombre de mujer: Julieta. Es una locura, pero siento como si la conociera de toda la vida, y como si lo vivido con Sara se hubiera borrado de golpe.
Pero anoche hicimos un trato. Y pienso cumplirlo, aunque deba morderme la lengua para no soltar cada pensamiento que me atraviesa.
Me pongo un jean oscuro, una camiseta blanca con cuello en V, zapatillas negras, cinturón a juego y un suéter por si acaso. Celular, billetera, lentes de sol… y justo cuando pienso que estoy listo antes que ella, alguien golpea la puerta.
Voy a abrir y allí está. Julieta.
Su cabello cae en ondas suaves, lleva un pantalón negro que se ajusta a su figura y una camiseta blanca sin mangas, ceñida, que resalta aún más con los collares que adornan su cuello.
—Hola —me dice, mientras yo apenas atino a mirarla.
—Hola… —respondo como un idiota, y ambos reímos.
—Oye, podemos actuar normal… no pasa nada. —propone.
—¿Segura?
—Segura. Tranquilo. Ahora mejor vayamos a que tengas tu intento de suicidio lanzándote de esa torre —bromea.
—¿No quieres saltar tú también? —pregunto, divertido, cerrando la puerta tras de mí.
—No, gracias. Ya bastante tengo con ir a la boda de mi ex. —responde, y me arranca una carcajada.
—Ese sí es un verdadero salto al vacío.
—Lo sé… dime, ¿tú irías a la boda de una ex? —me lanza de repente.
—¿Quieres que te sea sincero? —le pregunto mientras caminamos hacia el ascensor.
—Claro.
—Cuando empecé con Nadia, tenía 31 años. Antes de ella, no tuve ninguna relación seria.
—¿Ninguna? —me mira con sorpresa, como si no pudiera creerlo.
Sonrío, imaginando en qué estará pensando.
—Me refiero a esas novias que llevas a tu casa, las que conoce tu familia. Yo solo salía, me divertía y ya.
—¿Y… esa mujer de la que me hablaste? —pregunta.
—¿Sara?
—Sí.
—Estuvimos un año juntos. Pero dudo que me invite a su boda. Aún cree que será conmigo.
—Entiendo… —dice, y hace una pausa breve—. Pero dime, ¿es que no quieres casarte de nuevo por ella, o en realidad no piensas volver a casarte nunca?
Por dentro sonrío. Qué directa puede ser.
—Siempre digo que, si aparece la mujer indicada, yo no tendría miedo a casarme otra vez. Solo que, por ahora… eso no ocurre.
Ella hace un gesto como diciendo “ya…”, y acto seguido saca su celular.
—Ehhh… llamaré al chofer para que se acerque ya. —corta el tema de golpe.
«¿Qué le pasa a Julieta? ¿Acaso sigue nerviosa por lo de anoche?»
Definitivamente, esta mujer sabe cómo desconcertarme.
