Capítulo 3 Capitulo 2: Ojos color pecado

Capitulo 2: Ojos color pecado

«Maldita sea, maldita sea».

«No, basta, se supone que no debo maldecir».

Solté un gruñido ¿Pero por qué a mi me tenían que suceder estas cosas?

¿Ahora que iba a hacer?

Me iban a expulsar por haberlo asesinado.

«Der Windstille».

Tenía que pensar con claridad, me acerqué arrodillándome al lado de su cuerpo colocando un dedo debajo de su perfilada nariz, podía percibir el aire salir, su respiración era lenta, pero lo importante es que estaba respirando. Pegué mi oreja a su pecho, debajo de toda esa tela podía escuchar algo de los latidos de su corazón.

Estaba vivo.

Que alivio.

—Padre. —murmuré y empecé a darle palmadas en las mejillas a ver si reaccionaba pero no hacía nada.

Necesitaba que hiciera algo.

—Padre William —insistí—, ¡despierte!

No lo hacía, no despertaba y yo le daba cachetadas cada vez más duras.

De repente escuché pasos aproximarse subiendo las escaleras, entré en pánico, tenía que desaparecer el cuerpo del padre en algún lugar.

«Der Windstille».

«Ya parezco una asesina en serie hablando de desaparecer cuerpos».

Lo tomé de las axilas y empecé a arrastrarlo con fuerza, estaba demasiado pesado. Entré a una de las oficinas que estaban abiertas y cerré la puerta acomodando al padre en sofá soltando un suspiro agotado.

—Padre... —dije en otro inútil intento de despertarlo, si no lo lograba despertar ahora, iban a venir a buscarlo y me iba a meter en graves problemas al ver el desastre que hice.

Me levanté y le empecé a golpear el pecho con la palma de mis manos como si se tratara de reanimación cardiopulmonar, pero luego recordé que eso era para personas ahogadas, uhm, aunque tal vez...

Sí.

Agua.

Busqué a mi alrededor vi un jarrón con flores en el escritorio, fui rápidamente hacia él y saqué las flores tomando la jarra con agua y se la eché encima al padre.

De repente, el padre William abrió los ojos sentándose en el sofá empezando a toser, reaccionando, grité echándome hacia atrás de la impresión y resbalando con el agua que había caído en el piso, cayendo de trasero.

Él pasó una mano por su rostro quitándose el exceso de agua y entonces fue la primera vez que fui consiente de su rostro, es decir estaba tan preocupada en que despertara que no me había fijado en lo atractivo que era, cejas oscuras y gruesas, quijada cuadrada, labios rellenos con una forma perfecta, y las pestañas abundantes enmarcando unos enigmáticos ojos grises.

Guao.

Como aspirante a monja nosotras usualmente nos volvíamos indiferentes a los hombres o a su belleza, pero él era algo asombroso, porque nunca en mi vida había visto alguien tan deslumbrante que me dejara sin aliento.

Ahora podía comprender por qué murmuraban tanto del padre William West, era... impresionante.

Él miró alrededor como si se hubiera donde estaba y luego enfocó sus ojos grises en mí y se me fue el mundo entero sintiendo que me estaban traspasando y no podía recordar como reaccionar.

Nunca en mi vida me había sentido tan intimidada por nada, mucho menos por alguien, pero aquí estaba, temblando y mi rostro entero sonrojándose.

El padre William se levantó del sofá y se acercó a mí a paso lento, tragué pesadamente saliva y reaccioné levantándome del suelo, no sabía si estaba molesto o no, pero de seguro que quería una explicación de lo que había pasado aquí.

—Padre, lo siento —empecé a decir—, es... es que lo golpee accidentalmente con unos tubos de metal porque no lo vi y usted se cayó y no reaccionaba, y tuve que echarle agua, yo... aun está a tiempo de volver a la misa.

Él se detuvo a una distancia prudente de mí y frunció el ceño mirándome.

Si las miradas mataran...

—¿Le duele el golpe? —continué diciendo.

No me respondió, siguió mirándome de esa manera frívola.

Tragué pesadamente saliva.

—¿Puede hablar? —pregunté sin comprender si se trataba de sordera o algo así.

—Claro que puedo hablar, me tienes aturdido con tanta palabrería. —dijo por fin, su voz profunda e intimidante.

Bajé la cabeza, mis manos temblando.

—Disculpe padre. —susurré.

—Una disculpa no quita tu ineptitud. —continuó.

Tragué nuevamente saliva, sabía que había hecho mal pero me sorprendía que me respondiera de esta manera tan irritable.

«Der Windstille».

Respiré profundo aún sin alzar la vista.

—Lo sé, lo siento... —empecé a decir pero él me interrumpió diciendo:

—Solo no vuelvas a acercarte a mí, desastrosa.

Apreté la quijada, sabía que había hecho mal, pero la actitud del padre era bastante colérica, no de alguien llena del amor divino.

Alcé la vista y tropecé con sus ojos grises otra vez, sentí una rara presión en el pecho sin saber por qué, mi corazón latiendo desenfrenado como si algo raro sucediera a nuestro alrededor, como si de repente el ambiente se volviera diminuto y nos acercara.

El padre dio un paso hacia mí y yo dejé de respirar, pero entonces él pareció reaccionar dando dos pasos hacia atrás y entonces se volteó saliendo de la oficina.

Solté el aire que contenía.

¿Pero... qué había sucedido?

No podía dejar de temblar.

Caminé al sofá recuperándome de todo lo que había ocurrido.

Vaya primera mala impresión, tendría que asegurarme de desaparecerme de su vista el resto de su estadía aquí o corría el riesgo de volver a molestarlo y que me expulsaran de mi más grande sueño de ser monja.

Pero el destino confuso tuvo otros planes para mí.

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