Capítulo 2 1° Stella

Giulio

Acostado viendo el techo me quedo pensando en la confesión de la pobre muchacha que no dejó de llorar hasta que me salí de mi cubículo y la abracé. Su cuerpo temblaba de miedo y culpa, solo Dios sabe cuánto quise acabar con la vida de aquel hombre que la marcó para siempre, que no le dio salida de esa vida tan nefasta que le impuso desde niña.

Pero me calmé y analicé.

Todo estaba en las manos de Dios para que me iluminara y poderla guiar por el buen camino, a ese sendero que siempre ha tenido que estar. Ese pobre corderito está solo en la vida, pero la ayudaré a escuchar la voz de nuestro Señor.

Agarré el crucifijo que yacía en mi mesita de noche y lo empuñé en mi mano rezando cada oración que venía a mi mente en ese preciso momento. Y recé por mí, por alejar esos pensamientos pecaminosos que obtuve desde que la ví, pero es que…

Sus ojos.

Esa cara angelical.

Esos labios grandes teñidos de rojo…

Apreté el rosario con más fuerza, recé y recé hasta que me quedé dormido.

Al día siguiente, me levanté como cada mañana, me coloqué un short y una camiseta para ir a correr; escuchaba música por los auriculares, puro jazz clásico. Las gotas de sudor caían por mi frente como si fuese un río buscando su cauce. La respiración es errática y los latidos de mi corazón acelerados como una locomotora. Pausé y me apoyé en una pared rocosa con las manos en mis muslos jadeando de cansancio.

— ¿Un día agitado padre Caruso? — me volteé y ahí estaba ella — Un tanto caluroso.

Sonrió.

No respondí de inmediato porque me quedé detallando detenidamente su cuerpo.

Posaba un crop top champanizado que se ajustaba perfectamente a sus pechos, su abdomen estaba descubierto mostrando un pequeño piercing en su ombligo, un short deportivo que recogía a la perfección sus glúteos; pasé saliva con la respiración más agitada, mi garganta se hallaba seca que cuando sintió un poco de líquido pasar, agradeció complacida.

Carraspeo y forcé una sonrisa fingida por estar fantaseando sin una pizca de vergüenza y sí que estaba apenado.

— Buenos días Stella. Yo, yo… — empecé a tartamudear — Discúlpame hija mía.

Me sonrojé.

— ¿Disculparse de qué? — frunció el ceño — No entiendo.

¿Acaso no notó que la observé de una manera indebida?

Oré internamente antes de responderle.

— No pasa nada hija, solo que estoy un poco mareado por el sol y el calor que otorga correr.

— Pensé que los curas no se ejercitaban. — susurró.

Jadeé y limpié el sudor con mi mano.

— No todos somos iguales Stella. Yo aún soy joven y es mi única manera de distraerme. — me encogí de hombros.

Se cruzó de brazos —. ¿Cuántos años tiene padre Caruso?

— Veintiocho años ¿Y usted hija? — indague curioso.

— Veinte.

Observé el cielo y lo único que pude decir fue:

— ¡Oh Dios mío, iré al infierno!

[...]

Caminaba por los pasillos del orfanato saludando a los niños que iban y venían con una gran sonrisa a pesar de vivir aquí sin el calor de un entorno familiar. Crecí como ellos, en un orfanato que casi se estaba derrumbando, con paredes agrietadas, techos llenos de moho. Puertas desgastadas, ratas como mascotas y olores putrefactos.

Sé lo que son las penurias, la necesidad de querer y no poder. Creer que estar en un sitio como este era un castigo de Dios, de que no nos quería y es algo que aún me guardo en lo más profundo de mi corazón, esa pequeña espina que toca la herida del porqué mis padres me abandonaron. Luego comprendí que podía hacer mi propia familia sin necesidad de que fuese sanguínea.

Fui adoptado con dieciséis años, ya siendo un adolescente. Una mujer con mucho dinero se compadeció de la pobreza a la cual pertenecía, pensé que soñaba con los ojos abiertos; sin embargo, cuando ella me mostró los papeles de adopción un destello de luz invadió mi corazón, era la esperanza.

Esperanza que había perdido año tras año, esperanza que caía en pedazos cuando veía como compañeros de habitación eran adoptados. Esperanza que me devolvió Anastasia Caruso.

Me costó adaptarme a su mundo lleno de riqueza, no tenía los modales correctos, pero ella con amor y paciente me fue enseñando sin gritos de por medio hasta que cumplí los dieciocho años y el mundo de fantasía se desmoronó.

Mi madre fue asesinada a sangre fría por un hombre poderoso de Italia, el cual preguntar por él era un delito. Seguirle los pasos eran cada vez más peligrosos envolviéndome en un laberinto sin salida, con más preguntas que respuestas.

Caí en el alcoholismo, derrochando el dinero que con tanto esfuerzo había logrado mi pobre madre. Mujeres, sexo y alcohol, ese era al mundo que logré sentir un poco de paz.

Un día deambulando por las calles de Roma completamente borracho, entré a una iglesia gritándole al Cristo muerto, culpandolo de todas mis desgracias y esperé respuesta como un tonto. Recuerdo haber caído al suelo de rodillas con grandes gotas cayendo de mis ojos, con la voz desgarrada de tanto gritar y él que tenía mi corazón totalmente roto, hecho añicos. Mi mente se nubló por completo, pero de repente, sentí una paz que no había logrado hace mucho tiempo.

El calor emanó mi cuerpo y mis ojos dejaron de llorar. Me levanté y una corriente misteriosa me llevó hasta el Santísimo, mis pies se movían solos.

Lo miré y por primera vez le pedí por mí, por mi salud mental y que me ayudara a conseguir la tranquilidad absoluta. Y la conseguí.

Hoy en día soy un sacerdote que cumple con sus servicios a las comunidades del pueblo San Lorenzo de Florencia. Dudé si este realmente este podía ser mi camino, noches sin dormir analizando mi futuro y entendí que ayudar y dar la palabra del Padre me hacía estar bien conmigo mismo. En la actualidad, cuento con una parroquia llena de fieles feligreses donde cada uno de ellos tienen en su corazón ese calor al escuchar los mensajes de Dios, ese mismo calor que yo siento al hablar de Él.

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