Capítulo 3 1° parte 2
— Padre Caruso. — me llaman y giro.
Es una niña de seis años que fue abandonada a su suerte en la calle.
Recuerdo que me detuve y me quité los audífonos para agudizar mi sistema auditivo, a lo lejos se escuchaban gimoteos de dolor. Caminé con precaución hasta que me la conseguí tirada en el suelo detrás de unos botes de basura.
Su cuerpo temblaba de la fiebre tan fuerte que tenía.
— Hola solecito. — sonríe cada vez que la llamo así — ¿Cómo has estado?
— Muy triste. — hace puchero.
— ¿Por qué? ¿Debido a qué o a quién?
— A usted. — se cruzó de brazos irritada.
Le di mi mano que con recelo aceptó, nos encaminamos hasta unas de las banquetas del jardín y nos sentamos allí.
— Muy bien, ahora cuéntame ¿qué he hecho? — la aliento.
— Tiene días que no me viene a visitar, ni me ha dicho la madre superiora que me ha llamado ¿Acaso ya no me quiere? — sus ojos se cristalizaron.
Mi corazón hizo «Crack» al oírla decir esas hirientes palabras. Sentí culpa, un mal sabor en mi boca y lamentablemente, era cierto lo que argumentaba.
— ¡Oh mi solecito, ven aquí! — abrí mis brazos y la abracé con cariño, sus lágrimas caen en mi hombro mojando mi camisa negra, pero no me importa — Jamás digas eso linda, he estado ocupado con la iglesia y en los nuevos proyectos para los jóvenes que asisten a misa. He hecho mal en no llamarte, pero te prometo que no volverá a suceder.
— ¿Me lo promete? — se separa de mí y me enseña su meñique.
— Te lo prometo. — entrelazo su dedo con el mío — ¿Qué has hecho hoy?
— Temprano vino una chica muy hermosa regalando juguetes para todos y a los más grandes, balones de distintos deportes para que se distraigan. — cuenta con emoción — Ella me dio una muñeca y una cocina para jugar a ser chef.
Sus ojos se iluminaron.
Agradezco al Padre que guío a esa buena mujer para acá a regalarle sonrisas a estos niños.
— ¿Cómo se llama?
— No sé, yo le digo mi hada madrina. — se encogió de hombros — Platiqué mucho con ella.
¿Mi niña habló con otra persona que no fuese yo?
Esto sí que es un gran avance.
— Me alegro muchísimo…
— Padre, no sabía de su visita hoy. — me saluda la madre Lourdes — Bienvenido cómo siempre.
Sol se coloca detrás de mí ocultándose de ella. Siempre ha tenido este tipo de reacciones cuando alguien más se acerca a su espacio. La cargo y oculta su rostro en mi cuello.
— Padre está malcriando a Sol. — me reprende — Todos ellos no deberían tener apego hacia nadie…
— ¿Y por qué no? ¿Solo por qué usted lo dice? — me enderece y ella se calló — Entiendo que usted no se encariña con los niños y se lo felicito, pero eso no va conmigo. Usted sabe a la perfección que crecí como ellos y comprendo cómo se siente vivir años aquí.
Ella bajó la cabeza.
— Lo siento padre, tiene razón. Perdóneme.
— Que la perdone Dios, hermana.
La dejé ahí sola y con Sol entre mis brazos, fui a visitar a los demás niños que corrieron y me abrazaron al verme.
Me quedé observando como unos jugaban fútbol, otros voleibol y básquet. No podía dejar de sonreír, estaban completamente felices y eso se debía a esa persona.
— ¡Hada madrina! — vociferó Sol y salió corriendo hacia una mujer que le cubría el rostro su largo cabello por la intensa brisa del momento.
Pero la pude reconocer ¿Y cómo no? Sí soñé con ella, aunque no debía.
Stella cargó a la niña y la llenó de muchos besos. Solecito sonreía y reía con efusividad mientras le decía cosas al oído.
Sol señaló a mi dirección haciendo que ella posicionara sus ojos verdes en mí, me acerqué a ellas con las manos atrás. — aunque parecía que fuera a analizar un caso — no le bajé la mirada.
— Hija Stella.
— Padre Caruso.
Su voz es como un afrodisíaco, cada que ella me dice «Padre Caruso» algo en mí se enciende provocando leves escalofríos por mi espina dorsal.
— Giulio, ella es mi hada madrina. — presenta Sol — Es muy hermosa ¿Verdad?
— Sí, es hermosa. — estuve de acuerdo.
Stella sonríe con pena formándose unos hoyuelos que la hacen ver más tierna. Sus mejillas se tornaron de un rojo suave y entre sus labios se formó una ingenua sonrisa.
— Muchas gracias hija, le has obsequiado alegría a estos niños que tanto necesitan.
— No hay de qué padre. Ayer luego de estar en la iglesia mis pies me llevaron hacia la entrada del orfanato, la madre superiora estaba ocupada con una lectura por lo que, sin permiso, me adentré en el jardín y vi a los adolescentes jugando. — explica — Los balones estaban en buen estado, pero un poco desgastados. Me conseguí a una monja que me llevó hacia las habitaciones de los bebés e hice una nota mental de lo que observé y creí que necesitaban. Cuando salí de ahí choqué accidentalmente con esta preciosura…
— Y le dije: Eres lo más hermoso que han visto mis ojos. — confiesa Sol — Desde que la vi supe el buen corazón que tiene, solo que está muy lastimada.
Se muerde el labio inferior.
— Pero tranquila, Giulio y yo te vamos a querer y valorar mucho ¿A qué sí padre?
— Las puertas de la iglesia están abiertas para amar y ayudar a todo aquel que lo necesite. — sonríe con la boca cerrada.
— Me tengo que ir, voy tarde al trabajo. — se disculpó Stella — Pero prometo que mañana vendré a visitarte un rato para que me prepares algo rico de tu cocina ¿Vale? — mi niña asiente un poco triste.
La deja en el suelo, le arregla el vestido para después enderezarse y mirarme.
— Fue un gusto volverlo a ver padre. Mañana estaré visitando la iglesia.
— Siempre serás bienvenida hija.
— Gracias. Hasta mañana cariño. — besa la frente de Sol — Adiós Giulio.
— Adiós…
No pude pronunciar su nombre.
Mi niña y yo la vimos marchar donde ambos soltamos un suspiro.
— Ustedes dos serían los padres perfectos para mí. — cuestiona la niña y a mí se me sube el lívido — Adópteme padre.
— Ya hemos hablado de esto solecito. Aunque quisiera, tengo cosas que me lo impiden. Soy un sacerdote. — acaricio su melena dorada.
— Siempre rechazando mi oferta.
Se va molesta refunfuñando.
Que no daría porque ella fuese mi hija.
