Capítulo 4 2° Mi humilde trabajo
Stella
Salgo del orfanato un poco aturdida por la fuerte mirada del padre Caruso, me recrimino a mí misma que deje de observarlo con ojos llenos de deseos, de culpa y lujuria.
Hacer pecar a un sacerdote nunca fue una opción para mí, hasta que lo vi dando la misa. No soy religiosa, pero creo en Dios. Al llegar a este pueblo la señora que me vendió la casa fue muy amable conmigo en ayudarme a desempacar algunas cosas que necesitaría en el momento, mientras hablamos ella me comentó que había un cura que transformó ese pequeño pueblo abandonado. Aseveró que con su propio dinero reconstruyó el orfanato y parte de la iglesia, a los ancianos más necesitados les lleva su medicina quincenal o mensualmente. Es como si fuese un ángel.
Mi curiosidad pudo más, y cuando la señora se marchó busqué en mi laptop a ese sacerdote que todo el mundo quería. Pensé que no conseguiría nada o solo encontraría a un viejo gordo, con barba y morboso. Porque sí, así pienso que todos los hombres son.
Estás traumada niña.
Se burla mi mente.
La primera página de la búsqueda me dejó congelada en mi cama. No era para nada como me lo había imaginado. Era unos años mayor que yo, con ojos grandes y profundos color avellano, una sonrisa genuina pero alegre. Brazos marcados a través de su uniforme sacerdotal, era un jodido Dios, pero él servía para uno.
Recuerdo que mi paladar se secó y mi corazón empezó a latir rítmicamente. Tuve vergüenza con nuestro Señor al sentir mi vagina lubricarse, traté de contenerme, lo hice, pero mi cuerpo es débil. La tentación caló por todo mi organismo y sin pensarlo dos veces me quité la braga mojada e inicié a tocarme; sin embargo, había una parte de mí que decía una y otra vez que no dejara que esa perversión me consumiera, que el demonio me tentara a ir más allá.
Fracasé en el intento.
Tan solo colocar mis dedos en mi botoncito, una corriente pasó por todo mi cuerpo. Moví mis dedos hacia mi cavidad y adentré dos de ellos haciéndome gemir como perra en celo. Todo fue tan rápido que me sorprendí cuando mis piernas comenzaron a temblar y me dejé llevar por el abismo del clímax.
La respiración era desenfrenada, pero sonreí, porque aun sabiendo que me masturbé viendo la fotografía de un sacerdote, lo disfruté y no me arrepiento por ello.
— Hija mía. — escucho la voz del padre haciendo que entre en razón — Me gustaría mucho que vayas a la misa de las cinco, los niños estarán en la coral y no sé si quieres verlos.
— Ahí estaré padre, le doy mi palabra. — él sonríe amablemente — También me gustaría saber que le falta a la iglesia y así poder ayudar.
Frunce el ceño.
— Agradezco que quieras apoyar a la comunidad, pero ¿Por qué? Ayer me dejaste claro que creías en Dios más no en la iglesia. ¿Qué cambió en ti hija?
Usted.
Lo pensé, más no lo dije.
— Aún no sé en qué creer, pero las palabras que me ha dicho de consolación me ha dado la curiosidad de navegar al mundo católico ¿Está mal eso padre?
Se queda callado buscando las palabras necesarias e indicadas.
— Está más decir que las puertas de la iglesia están abiertas para todos sin importar si creen o no, hija mía. — me muerdo la lengua cada vez que me llama así — Juan dijo: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” Por lo tanto, eres bienvenida siempre.
— Gracias Padre Caruso, tendré en cuenta sus palabras.
Un tanto aturdida por los recuerdos que había tenido antes de que él se me acercara y con sus palabras me hace dar cuenta que no sé hasta dónde quiero llegar, pero es como un imán, por más que quiera tener un perfil bajo en este pequeño pueblo, querer compartir con Giulio a través de la comunidad no es algo que tenía en planes y por lo visto me tocará improvisar por si algo sucede.
Camino por las calles de San Lorenzo pensativa hasta llegar a la parada del bus. Mientras espero, mujeres de la tercera edad me observan curiosas y hablan entre sí en forma de cotilleo. Lo veo como un gesto normal sabiendo que pueblo chico, infierno grande sí que una nueva pueblerina que no habla con absolutamente nadie, que llega a su hogar con puertas y ventanas cerradas para que nadie curiosee mi vida me hace ver extraña. Y quizás si lo soy, pero no para él.
Al cabo de diez minutos el bus llega y me siento en uno de los últimos asientos. Miro por la ventana en todo el trayecto hasta el centro de la ciudad, me coloco los lentes de sol ocultando mis ojos verdes, cojo con fuerza mi cartera y me bajo en mi destino.
Red fantasy.
Ya con el nombre da mucho que desear y pensar, pero lastimosamente este es mi humilde trabajo.
El guardia de la entrada me deja ingresar sonriendo amistosamente y para ser honesta, me llevo muy bien con él, es lo más cercano a un amigo.
— Hola Alessandro. ¿Preparado para otro día de pesadilla?
— Querida Stella, existir ya es una pesadilla. — bromea — No dejes que nadie te toque ahí adentro.
Advierte.
— Gracias, pero sé cómo defenderme.
Le guiño un ojo y paso directamente a los vestíbulos. Las chicas me saludan con familiaridad menos Alba, la reina del lugar o eso era hasta que yo llegué aproximadamente seis meses atrás.
Una rubia con excelentes curvas se encamina hacia mí y me abraza efusivamente.
— Te he extrañado perra. ¿Faltar tres días al trabajo? Muy raro en ti amiga. — refunfuña Caeli — Además, no me respondiste los mensajes.
Hace un puchero super adorable.
— Nena, me estaba mudando y el señor Freddy me permitió esos tres días ya que siempre trabajo en mis días libres. — le informo — Tenía que aprovechar que el jefazo estaba de buenas.
— Lo más seguro que haya sido porque se folló la sangrona de Alba. — se encoge de hombros — Algo normal en ellos.
Mientras me voy maquillando y marcando los pasos en mi mente escucho todos los problemas de Caeli con su actuar pareja. Hasta donde tengo entendido ella dejó su casa a los diecisiete años por un marihuano que no tenía futuro, por estar de camello en los barrios más bajos de Florencia, lo asesinaron dejándola sin nada, por ende, trabaja aquí.
¿Qué podría conseguir una chica de actualmente dieciocho sin nada de estudio?
Trabajar en una cafetería no le da abasto para el alquiler de la pieza, ni para sustentar los gastos de servicios y personales.
— Caeli te he dicho más de una vez que te mudes conmigo. ¿Por qué estar con un hombre que aparte de ser casado, te golpea? — dejo de echarme rubor para mirarla desde el espejo — Ni siquiera te mantiene para tener que soportar sus maltratos.
— Él cambiará, me lo dijo llorando…
¿Cambiar? Mierdas como esas no cambian por nada en el mundo, solo son ellos mismos contra el mundo.
— Un golpe más y te llevo arrastra hasta mi casa ¿Oíste? — la amenazo — Estoy harta de esto nena, quiero lo mejor para tí, sé mejor que yo por favor.
— Lo seré, Stella.
Beso su frente y se va a terminar de arreglar.
Un tiempo después yo también termino y me dirijo a la habitación de luces rojas ya que me avisaron que un cliente muy importante pagó una buena cantidad por mis servicios como bailarina exótica. Cuando llego enfrente de la puerta cojo aire y entro. En el rincón de la amplia habitación se observa un hombre de traje con una loción costosa pero su rostro se oculta por la oscuridad, camino con coquetería hasta el centro del lugar y con un control pulso un botón haciendo que Feeling good se escuche por los altavoces.
Empiezo a moverme al compás de la melodía tocando mi cuerpo centímetro por centímetro. Deslizo las manos por mis nalgas hasta mis senos que solo los cubre un pedazo de tela morada, me entrego completamente a la música dejando todos mis tormentos a un lado, solo sigo siendo yo respirando por un fragmento la libertad.
A mi mente viene el padre Caruso y bailo más fogosa. Imagino que él es el hombre que está sentado ahí observando detenidamente los movimientos de mi cuerpo, seduciendo, provocando que su polla se ponga dura en segundos. Comienzo a tener calor y mi vagina se moja enseguida. La canción se acabó y quedo con la respiración acelerada y no es por el trajín del baile, sino por los pensamientos pecaminosos que tenía.
Me giro a la espera que este hombre misterioso diga o haga algo, pero quedo estática como la propia tonta.
— ¿Le gustó? — pregunto con una voz ronca y seductora — Creo que el bulto de su pantalón es un claro sí.
— Siempre supe que eras una zorra, pero verte haciéndolo no sabes cómo me hace desearte.
Mis piernas empiezan a temblar al escuchar su voz, todo mi pasado se vuelve mi presente cayendo al piso de golpe. Me preparé una y otra vez para no tenerle miedo, pero ahora sé que su cercanía siempre bloqueará la poca seguridad que había construido.
