Capítulo 5 3° ¿Lo recuerdas?

(CONTINUACIÓN)

— Tú padre te mataría al saber que su única hija es una prostituta. — se levanta y camina hacia mí con pasos lentos pero firmes — ¿Un año y medio sin vernos? Creo que tú sabes cuál es la cuenta exacta amore. ¿Qué pasaría si le digo al Capo que su hija está aquí? ¿Qué al fin la encontré?

Paso saliva.

— ¿Qué quieres Riccardo? Tú no quieres que yo sea tu esposa y tampoco quiero serlo. ¿Por qué te empeñas en hacerme la vida de cuadritos? — gimoteo — Déjame disfrutar un poco el sabor de la libertad por favor.

Su risa hace que todos mis vellos se pongan en punta. Me coge de los brazos y me batuquea hasta estamparme contra la pared.

— La niña inocente que no rompe ni un plato, que iba a misa todos los domingos con su madre. La niña que fue creciendo hasta convertirse en una mujer y la más deseada de toda la mafia siciliana. ¿Eso te gustaba verdad? Ser el centro de atención de todos los hombres, tu ego aumentaba por las miradas de doble sentido que te regalaban, más de uno pidió tu mano Stella. — me recuerda — Pero yo convencí al Capo que conmigo tendrías todo.

Mi padre aceptó sin rechistar.

Riccardo Ruggiero es un hombre de cuarenta años, mano derecha y consejero del Capo. Me vio nacer y crecer, me cuidó hasta los doce años, pero desde ahí todo cambió. Me desarrollé, ya era una señorita para la organización y mis padres cambiaron el trato, me fueron instruyendo como era una mujer de la sociedad, no me dejaron estudiar ya que para ellos los hombres son los únicos que tienen el derecho de ser profesionales; en cambio una mujer, solo es para ser buena esposa, ama de casa y con un útero perfecto para procrear.

Así de machista es la mafia.

A mis diecisiete años dieron la noticia de que me casaría con el Sottocapo de la mafia italiana. Todos quedaron asombrados, pero nadie le podía negar nada al cabecilla, así que todos aceptaron sin objeción. Mi madre por levantar su voz fue asesinada a sangre fría delante de mis propios ojos.

Desde que ella se fue, supe que la vida sería totalmente dura conmigo.

Cada evento tenía que estar de la mano con Riccardo, soportar los besos que dejaba en mi cuello y labios. Yo tan solo era una niña cuando me quitaron lo único que me quedaba, mi virginidad. Me la arrebataron sin contemplaciones y lo que más me duele es que haya sido por mi propio papá, el hombre que juró protegerme cuando era niña.

— Primero eres mía antes que otro pruebe lo que yo cree, calabacita. — gimió eyaculando sobre mí — Eres más estrecha que tu difunta madre.

Lágrimas salen de mis ojos sin parar recordando que mi infierno volvió, que este hombre también abusará de mí como lo hizo ese preciso día que me quitaron mi virtud. Dominic Salvatore, el hombre que me engendró, se masturbaba cuando el Sottocapo se aprovechó de mi cuerpo, él lo disfrutaba, los dos lo hacían.

Por más que grité, por más que lloré. Nadie hizo nada para sacarme del despacho de la casa de campo de la familia.

— ¿Lo recuerdas cierto? Siempre lo harás porque eres una pequeña zorra. Tu vagina debe estar más que mojada de solo pensar como dos vergas invadieron tu culo y coño al mismo tiempo. —me aprieta el cuello con fuerza y lame mi clavícula — Volverás hacer mía una y otra vez porque tu cuerpo solo tiene un solo dueño.

Me besó a la fuerza, mordí su labio inferior y eso produjo que me ganara una fuerte cachetada que me hizo sangrar por la nariz. Rompió lo que cubría mis pezones y se los llevó a la boca, mi voz se quebrantaba cada minuto que pasaba. Sus manos desgarran mi tanga dejándome completamente desnuda, se alejó un poco para observarme, la manzana de Adán sube y baja por su garganta frenéticamente.

Bajó el pantalón junto con la ropa interior mostrando su verga, comenzó a masturbarse por lo que aparté la vista. Miré el techo preguntando ¿Dónde está Dios en este preciso momento?

Riccardo me lanzó al mueble, abrió mis piernas y sin ninguna contemplación me empotró. El dolor que sentía en la parte interna de mi vagina era insoportable, aumentó el ritmo de las penetraciones mientras besaba mi cuello y lamía mis doloridos pezones. Mi vista se hallaba nublada por las lágrimas y lo único que pedía es que esto se acabara.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que presencié su semen cayendo en mi vientre, sus gruñidos eran cada vez más tormentosos que el anterior; sin embargo, alguien tocó la puerta, pero el daño ya estaba hecho.

— Te quedas calladita, cagna. — susurró en mi oído y lamió mi mejilla húmeda.

Se incorporó, acomodó su ropa y semi abrió la puerta. Se escuchaba una voz masculina pero el carisma de Riccardo era tan grande que nadie pensaría lo que acaba de suceder, tampoco es que tenga alguna solución si pidiera ayuda.

Quince minutos aproximadamente pasaron y él regresó a mi lado. Lanza una cantidad de euros al suelo.

— Recógelo zorra, esa es tu propina por tus buenos servicios. — giro mi cara no queriendo verlo más nunca.

Me coge por mi cabello y me pone sobre mis rodillas.

— Recoge el maldito dinero. — sentenció.

— ¡Metete tu dinero por el culo!

Una bofetada me manda al suelo, sitúo mi mano sobre esa mejilla y lo miro con todo el odio que le tengo. Al final lo recojo, pero no utilizaré para mí, se lo daré a Caeli para que pague el alquiler de su pieza.

— Te dejaré en paz, mi pequeña zorra. — sonríe con malicia — Disfruta tu momentánea libertad.

Y sin más, sale de la habitación, dejándome con sangre saliendo de mi intimidad.

Consumida por la soledad me termino de desmoronar. Gotas salen de mis ojos con el fin de caer al suelo después, entro al baño y dejo que el agua quite las huellas de sus manos. Agarro una esponja para luego pasarla por todo el cuerpo con brusquedad.

Seco mi cuerpo y me pongo una bata de seda. Cojo el dinero y finjo una sonrisa al pasar por los pasillos consiguiendo algunos clientes que saludan con cordialidad. Al entrar al vestíbulo Caeli ya se encuentra aquí, solo estamos las dos, ella al verme se acerca y frunce el ceño al verme.

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