Capítulo 6 4° Señorita

(CONTINUACIÓN)

— ¿Qué te pasó? — toca el pómulo de mi mejilla produciendo un jadeo.

— Me caí en el baño. — miento — No te preocupes.

— No me mientas Stella. ¿Qué fue lo que te hizo ese tipo? ¿Es un fetiche? ¡Por Dios, tienes que denunciarlo! — me sacude para que entre en razón.

Quisiera decirle la verdad para desahogarme, pero mientras ella no sepa quién soy, estará a salvo.

— Era solo un baile privado y me ofreció una buena cantidad si tenía sexo con él. — le vuelvo a mentir con descaro — Pero a cambio tenía que dejarme golpear mientras practicábamos relaciones sexuales.

Ella niega no muy convencida. — Mientes mal amiga, sé que otra cosa pasó, pero no te puedo obligar a que me la digas. — resopla frustrada — Cuando necesites hablar, estaré para ti.

Me abraza y poco a poco me siento un poco más relajada.

Al separarnos, saco el dinero del bolsillo de la bata. — Toma linda, para que pagues el alquiler y compres las cosas que necesitas.

— ¿Estás loca? No lo puedo aceptar Stella, no puedo agarrar un dinero por el cual tuviste que dejar que alguien te agrediera solo para sustentar mis gastos. — niega — Gracias, pero no lo aceptaré.

— Pues lo coge y listo, y soporte.

Me encamino hacia dónde están sus cosas y dejo el dinero en su cartera más o menos tres mil euros en efectivo. Lo conté antes de venir y sé que le servirá por lo menos para dos meses si sabe administrar.

— ¿Qué haré contigo cabeza de bola? — me abraza entre lágrimas.

— Con tal que estés conmigo, todo estará bien. — beso su frente.

Estos seis meses con ella hizo que empezara a quererla como una hermana menor, a pesar de que las circunstancias de la vida la obligaron a ser mujer desde niña, una parte de ella aún es inmadura e inocente, esa es la parte que quiero que mantenga.

Es lo que me arrebataron.

El señor Freddy, dueño de este club me deja salir temprano solo porque el maldito de Riccardo le pagó una excelente cantidad solo por un “baile”. Me despido de Alessandro y cojo el primer taxi que encuentro.

Observo por la ventanilla las casas hechas con piedras que se hacen ver como si fuesen un pequeño imperio. Poco a poco lo hermoso de la ciudad se queda atrás para mostrar las pequeñas cualidades del pueblo San Lorenzo, es un pueblo que se ve que ha estado en carencias pero que con el pasar del tiempo ha podido levantarse.

Y sé que es por el padre Giulio.

Le pago al señor y me bajo dos cuadras antes de mi morada, así lo preferí para despejar mi mente un poco. La noche empezó a caer por lo que la brisa impacta en mi rostro; cabe destacar, que las calles se encuentran desoladas.

Escucho unos pasos, pero no visualizo a nadie por lo que entro en desesperación.

¿Ese maldito me siguió?

Comencé a caminar más rápido hasta que una mano me tocó el hombro haciendo que casi se me salga el corazón por la boca.

— Señorita, se le ha caído esto. — doy una vuelta y es un niño que le calculo diez años entregándome mi pequeño estuche de maquillaje — Disculpe si la asusté.

— No te preocupes cariño, muchas gracias. — le sonrío y veo a los lados, pero no hay nadie adulto que lo esté esperando — ¿Y tus padres? ¿Por qué estás solo en horas de la noche?

El niño baja su cabeza intimidado por mi pregunta.

— Mmm… pues, no tengo familia señorita. — se encoge de hombros.

Me muerdo el labio por hacerlo sentir mal. — ¿Desde cuándo andas por este pueblo?

— Apenas tengo dos días por aquí. Caminé por horas y me encontré este pueblo, pero nadie le quiere dar un simple empleo a un niño como yo que no tiene ropa y vive en la calle.

Por sus palabras me atrevo a observar mejor, y tiene razón. Sus zapatos están desgastados, la camisa está con varios huecos y su pantalón desgarrado por el tiempo y totalmente sucio.

Lo pienso por un momento y suspiro viendo al cielo.

Tú no me ayudaste cuando te necesité hace unas horas Dios, pero este niño sé que me lo has mandado tú.

— Tengo mucha hambre ¿Me quieres hacer compañía? — le pregunto con una sonrisa — Hago una pasta a la boloñesa que te chupas hasta los dedos.

Eso lo hace reír.

— Si no es mucha molestia, la acompañaré. — le regalo una sonrisa de boca cerrada — Permítame el estuche que se le cayó, así no lleva tanto peso.

De alguna manera u otra él quiere ganarse ese plato de comida, pero yo le quiero brindar mi ayuda sin nada a cambio.

— Tranquilo cariño. Ven conmigo, ya estamos cerca.

Caminamos animados y este me ayuda a abrir la puerta de la casa. Aún hay cajas que destapar y una sala que arreglar, pero eso a este pequeño no le importa, mira su alrededor fascinado.

— Bonita casa. — elogia.

— Gracias, pero se siente muy vacía. — confieso — Tengo algo que quizás te puede quedar.

No tuve hermanos, pero sí primos, y mi primo Guillermo fue quien me ocultó por unos meses, usaba parte de su ropa ya que su esposa podía sospechar si lo veía comprando ropa de mujer y claramente no era para ella. En una de las tantas cajas me traje algunas de sus camisetas y shorts como recuerdo.

Saco una franelilla amarilla y un short color negro. Espero haber empacado por lo menos uno de sus interiores que utilizaba cuando estaba en mis días, me sentía más cómoda con ellos puestos que con una braga.

— Bueno lindo, esto tal vez te quede algo grande, pero al menos te puedes dar un baño. Si algo no te queda me avisas y le hago unos ajustes ¿vale? — él corre hacia mí y me abraza por mi abdomen.

— Muchas gracias, nadie había tenido estas atenciones conmigo. — se le cristalizan los ojos.

— No te preocupes, lo hago con mucho cariño ¿Cómo te llamas?

Se encoge de hombros.

¿No tiene nombre? ¿Ni un apodo?

— ¿Es decir que te llamas sin nombre? — bromeo y eso lo hace carcajear — Muy bien, pues yo te diré ¿Marcos? ¿Te gusta?

Asiente frenéticamente.

— Entonces Marcos, anda al baño, toma una ducha relajante en la tina mientras hago la cena.

Le indico donde queda el baño y me pidió ayuda para preparar la tina. Le eché esencia de frutas y lo dejé a solas para su comodidad. Al cerrar la puerta suelto un suspiro analizando cómo fue mi día ¡Fue una total mierda! Pero por lo menos tengo compañía en casa.

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