262.- Guardianes que se reconocen.

La vampira avanzó un paso, y en ese instante algo se tensó en su interior. Su piel era pálida como el mármol pulido, sin rastro de fragilidad; reflejaba la luz de las antorchas con una quietud casi sagrada. Sus ojos, en cambio, destellaban en un tono violáceo profundo, antiguo, como si hubieran vist...

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