Capítulo 1 Capítulo 1
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las pesadas cortinas de terciopelo negro cuando abrí los ojos. La habitación olía a él. A madera de roble, a cuero y a ese aroma salvaje que solo Dante tenía. Me removí con cuidado sobre las sábanas de seda, sintiendo el leve peso de su brazo alrededor de mi cintura. Su mano descansaba sobre mi estómago, justo donde nuestro hijo crecía en completo secreto.
Sonreí en silencio.
Todavía no se notaba. Solo un pequeño endurecimiento bajo la piel que yo ya reconocía con claridad. Tres meses. Tres meses desde que mi lobo me lo susurró una noche y desde que el médico de la manada, bajo juramento de silencio, me lo confirmó. Tres meses cargando con la noticia más hermosa y más aterradora de mi vida… sin decirle una sola palabra a Dante.
Había planeado decírselo. Cientos de veces. Pero cada vez que abría la boca, algo me detenía. Tal vez el miedo a que el vínculo se sintiera distinto. Tal vez el temor de que él no estuviera tan feliz como yo. O tal vez, simplemente, porque en las últimas semanas Dante había empezado a estar… distante.
Me giré despacio para mirarlo. Incluso dormido seguía siendo imponente. El cabello castaño oscuro le caía desordenado sobre la frente, la mandíbula fuerte y la cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda le daban ese aire de peligro constante. Mi Alfa. Mi pareja. El hombre por el que lo había dejado todo.
Cerré los ojos y dejé que el recuerdo me golpeara, como siempre hacía por las mañanas.
Tenía diecinueve años cuando lo conocí. Él tenía veintiséis y ya era el Alfa más temido de la región norte. Yo era Maeve Silverblood, hija del poderoso Alfa de una de las manadas más antiguas y respetadas del continente. Mis padres nunca aprobaron el vínculo. Mi padre miró la foto de Dante con desprecio y dijo, con esa voz fría que usaba solo cuando estaba furioso:
—Ese hombre se ve desleal y bárbaro, debe ser un adicto a la guerra y a la sangre, Maeve. No es el indicado para ti.
Pero el vínculo no mentía. La Diosa de la Luna nos había unido y yo, tonta y enamorada, creí que el amor lo podía todo. Empaqué una maleta. Besé a mi madre en la frente mientras ella lloraba en silencio. Y me fui.
A Dante le dije que era huérfana. Que no tenía a nadie. Que mi manada había sido destruida años atrás. Fue más fácil así. Más limpio. Él nunca preguntó demasiado. Y yo nunca corregí la mentira.
Nunca me arrepentí de haberme ido…
Hasta ahora.
La mano de Dante se movió sobre mi vientre y sus dedos acariciaron la piel desnuda sin saber lo que realmente tocaban. El gesto me hizo apretar los labios para no soltar un sollozo.
—Buenos días, mi Luna —murmuró con la voz ronca del sueño.
Me giré del todo y apoyé la mejilla en su pecho. Escuché los latidos fuertes y constantes de su corazón, preguntándome cuánto tiempo más seguirían latiendo al mismo ritmo que el mío.
—Buenos días, Alfa —respondí en tono juguetón, escondiendo el nudo en la garganta.
Él soltó una risa baja y me atrajo más contra su cuerpo. Su calor me envolvía por completo. Durante un momento solo existimos nosotros dos… y el pequeño secreto que yo guardaba entre nosotros.
—Anoche dormiste mal —comentó de pronto, sin abrir los ojos—. Te removías mucho.
—Fue solo un sueño —mentí.
Él no insistió. Se limitó a besar mi frente y a levantarse de la cama. Vi cómo los músculos de su espalda se tensaban mientras se ponía la camisa negra. Me quedé recostada, observándolo, con una mano protectora sobre el vientre que él aún no conocía.
Cuando terminó de vestirse, se inclinó sobre mí y me besó. El beso fue corto. Casi distraído.
—Hoy llega alguien —dijo mientras se abrochaba los puños de la camisa.
Abrí los ojos.
—¿Quién?
—Anastasia.
El nombre me resultó familiar, pero no lo suficiente. Fruncí el ceño.
—¿Tu amiga de la infancia?
—Sí. La que te mencioné un par de veces. Su manada fue atacada hace dos semanas. Perdió casi todo. Le ofrecí refugio aquí mientras se recupera.
Asentí despacio. Era lo correcto. Un Alfa protegía a los suyos.
—Está bien —dije con una sonrisa que me costó demasiado—. La recibiré como se merece.
Dante me miró un segundo más de lo necesario. Algo pasó por sus ojos oscuros, algo que no supe interpretar, y luego asintió.
—Eres una buena Luna, Maeve.
La frase sonó a cumplido… y a despedida al mismo tiempo.
Antes de que pudiera responder, golpearon la puerta.
—Alfa —la voz de Kael, el beta, sonó desde el otro lado—. Hay asuntos que requieren su atención.
Dante salió sin mirarme otra vez. Me quedé sola en la cama demasiado grande, con una mano sobre el secreto que crecía dentro de mí y una extraña opresión en el pecho.
“Todo está bien”, me dije en silencio. “Estás donde debes estar.”
Pero el leve tirón en el vínculo volvió. Más fuerte esta vez.
Me levanté despacio. El mareo matutino todavía me visitaba. Caminé hasta el enorme ventanal que daba al patio de entrenamiento. Abajo, los guerreros ya practicaban. El sonido de los golpes y los gruñidos era el latido constante de nuestra manada.
Me vestí con un vestido largo color vino, simple pero elegante, lo suficientemente holgado como para no delatar todavía el pequeño cambio en mi figura. Me peiné el cabello negro hasta que quedó liso y brillante, y miré mi reflejo en el espejo. Ojos grises. Piel pálida. Labios rosados. La Luna del Alfa Dante… que cargaba con un secreto que aún no se atrevía a compartir y con una mentira que él nunca había cuestionado.
Bajé las escaleras de mármol negro con cuidado. Las sirvientas me saludaron con inclinaciones de cabeza y sonrisas cálidas. Algunas me preguntaron cómo me sentía. Otras me ofrecieron té de jengibre. Me trataban con cariño. Con respeto. Durante los últimos meses había creído que ese respeto era eterno.
En el comedor, la mesa ya estaba puesta. Dante no estaba. Kael tampoco. Solo un par de guerreros terminaban de desayunar en silencio. Me senté en el lugar de la Luna y comencé a comer despacio. Tostadas con mermelada de frambuesa, fruta fresca, un poco de yogur. Nada que pudiera delatar las náuseas que todavía me acompañaban.
Estaba a mitad del desayuno cuando las puertas principales se abrieron de golpe.
El sonido resonó por todo el salón.
Levanté la vista.
Dante entraba con una mujer de la mano.
Anastasia.
Era hermosa. Cabello castaño claro ondulado, ojos verdes brillantes, labios carnosos y una figura delgada y elegante. Llevaba un vestido blanco que contrastaba con la oscuridad de la mansión. Y sonreía. Sonreía como si acabara de llegar a casa después de un largo viaje.
Dante la miraba de una forma que no me miraba a mí desde hacía semanas.
—Maeve —dijo al verme, y su voz sonó… distinta—. Esta es Anastasia.
Me puse de pie con una sonrisa educada. Caminé hacia ellos y extendí la mano.
—Bienvenida a nuestra manada, Anastasia. Lamento lo que le ocurrió a la tuya. Aquí estarás a salvo.
Ella me miró de arriba abajo. Sus ojos verdes se detuvieron un segundo en mi cintura antes de volver a mi cara. Su sonrisa se ensanchó.
—Qué amable —dijo con una voz dulce, casi melosa—. Dante me habló mucho de ti. Dijo que eras… especial.
La forma en que pronunció la última palabra me dejó un sabor amargo en la lengua. Pero sonreí de todos modos.
—Espero que te sientas como en casa.
Dante soltó su mano y rodeó los hombros de Anastasia con un brazo, acercándola un poco más a su cuerpo.
—Le di la habitación del ala este —explicó sin mirarme—. La más cercana a la nuestra. Así podrá descansar mejor.
El ala este. La habitación que quedaba justo al otro lado del pasillo de la nuestra.
Asentí despacio.
—Por supuesto.
Anastasia se apoyó ligeramente contra el pecho de Dante, como si tuviera derecho a hacerlo.
—Estoy agotada —suspiró—. El viaje fue horrible. Y todavía me duele el tobillo de cuando escapé.
Dante frunció el ceño de inmediato.
—¿Todavía te duele? ¿Por qué no lo dijiste antes?
—No quería molestarte…
—Tonterías. Maeve —me miró por fin—, haz que preparen un baño caliente con sales curativas para ella. Y llama al médico. Quiero que la revise ahora mismo.
La orden fue clara. Directa. Como si yo fuera una sirvienta más.
Sentí cómo algo se apretaba en mi pecho, pero no lo demostré. Incline la cabeza.
—Como digas, Alfa.
Me di la vuelta y caminé hacia la cocina para dar las instrucciones. Detrás de mí escuché la risa suave de Anastasia y la voz baja de Dante respondiéndole algo que no pude entender.
Cuando llegué a la cocina, mis manos temblaban ligeramente. La cocinera mayor, Marta, me miró con preocupación.
—¿Luna? ¿Se encuentra bien?
Forcé una sonrisa.
—Perfectamente. Necesito que preparen un baño con sales curativas en la habitación del ala este. Y que avisen al médico que el Alfa lo requiere de inmediato.
Marta asintió, pero sus ojos se quedaron un segundo más en mi cara, como si pudiera oler la incomodidad que intentaba esconder.
Subí de nuevo las escaleras con pasos lentos. Cada peldaño se sentía más pesado que el anterior. Cuando pasé frente a la habitación de Anastasia, la puerta estaba entreabierta. Dentro, Dante estaba arrodillado frente a ella, revisándole el tobillo con una delicadeza que no me dedicaba desde hacía mucho tiempo.
Ella se quejó suavemente.
—Me duele mucho, Dante…
—Shhh. Ya pasó. Estoy aquí.
Cerré la puerta de nuestra habitación detrás de mí y me apoyé contra ella. Mi mano se posó sobre el vientre de forma protectora, sobre el secreto que él todavía desconocía y sobre la mentira que yo misma había construido.
“Es solo hospitalidad”, me repetí. “Es su amiga de la infancia. Está herida. Es normal.”
Pero el vínculo en mi pecho tiró otra vez. Más fuerte. Más doloroso.
Me senté en el borde de la cama y miré la pared que separaba nuestra habitación de la de ella. Del otro lado se escuchaban voces bajas. Risas. El sonido de agua corriendo.
Me acosté de lado, abrazando la almohada de Dante, e inhalé su aroma con desesperación. Como si todavía pudiera aferrarme a algo que empezaba a resbalárseme entre los dedos.
Esa noche, Dante no volvió a nuestra cama hasta bien entrada la madrugada. Olió a sales curativas y a perfume dulce. Se deslizó bajo las sábanas sin decir una palabra y me dio la espalda.
Yo me quedé mirando la oscuridad, con una mano sobre el pequeño secreto que crecía dentro de mí, preguntándome en silencio cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que todo estaba bien… y cuánto tiempo más podría mantener la mentira de que no tenía a nadie en el mundo que pudiera salvarme.
El primer día de Anastasia en la mansión terminó así: conmigo sola en una cama demasiado grande, escuchando la respiración de un hombre que ya no me miraba de la misma forma… y sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que el vínculo que tanto había defendido empezaba a sangrar en silencio.
