Capítulo 2 Capítulo 2
La mañana siguiente amaneció gris. El cielo estaba cubierto de nubes pesadas que amenazaban con lluvia, como si el propio bosque sintiera el cambio que se estaba gestando dentro de la mansión.
Me desperté sola.
El lado de Dante en la cama estaba frío. La abolladura de su cuerpo aún se veía en la almohada, pero él ya no estaba. Me incorporé despacio, llevándome una mano al vientre por instinto. El pequeño secreto seguía ahí, quieto, ajeno a todo lo que ocurría a mi alrededor.
Me lavé la cara con agua fría y me vestí con un vestido gris claro, holgado, que escondía cualquier posible cambio en mi figura. Bajé las escaleras intentando que mis pasos no sonaran demasiado fuertes. La mansión estaba extrañamente silenciosa.
En el comedor principal encontré la primera humillación del día.
Dante y Anastasia desayunaban juntos.
Ella estaba sentada en el lugar que siempre había sido mío, a la derecha del Alfa. Llevaba un vestido blanco de nuevo, el cabello suelto y una sonrisa suave mientras le ofrecía a Dante un trozo de fruta con los dedos. Él la aceptó sin dudar, rozando sus labios con la yema de los dedos de ella.
Ninguno de los dos me miró cuando entré.
Kael, que estaba de pie junto a la ventana, fue el único que inclinó la cabeza al verme.
—Luna —saludó en voz baja.
Dante levantó la vista por fin. Su expresión no cambió.
—Maeve. Llegas tarde.
La frase fue simple. Casi casual. Pero el tono… el tono era el mismo que usaba con los guerreros que llegaban tarde al entrenamiento.
—No dormí bien —respondí con calma, tomando asiento en el lado contrario de la mesa.
Anastasia me miró con esa sonrisa dulce que ya empezaba a odiar.
—Pobre. El embarazo de otras mujeres siempre las pone sensibles, ¿verdad? Aunque… tú no estás embarazada, ¿o sí?
El silencio que siguió fue denso. Dante frunció el ceño ligeramente, pero no dijo nada. Yo mantuve la expresión neutra, aunque por dentro el corazón me latía con fuerza.
—No —mentí con voz firme—. Solo estoy cansada.
Anastasia inclinó la cabeza, fingiendo preocupación.
—Qué raro. Tienes esa… luminosidad. Bueno, da igual. Dante, ¿me pasas la miel, por favor?
Él se la pasó sin siquiera mirarme. Sus dedos rozaron los de ella otra vez. El gesto fue pequeño, pero a mis ojos se sintió como una bofetada.
Desayuné en silencio. Cada bocado sabía a ceniza. Cuando terminé, me levanté para retirarme, pero la voz de Dante me detuvo.
—Maeve. Anastasia necesita ropa nueva. La que trajo está destrozada. Llévala al pueblo esta tarde y cómprale lo que necesite. Usa el crédito de la manada.
Me giré lentamente.
—¿Quieres que yo la acompañe?
—Sí. Eres la Luna. Es tu deber asegurarte de que nuestros invitados estén cómodos.
Anastasia bajó la mirada con falsa modestia.
—No quiero molestar, Dante. Puedo ir sola…
—No. Maeve irá contigo. —Su tono no admitía discusión—. Y compra también lo que ella necesite para el baño. Sales, aceites, lo que sea.
Asentí una sola vez.
—Como digas, Alfa.
Salí del comedor con la espalda recta, aunque sentía que cada paso me costaba más que el anterior. Kael me siguió hasta el pasillo.
—Luna —dijo en voz muy baja—. Si necesita que alguien más la acompañe…
—Estoy bien, Kael —mentí otra vez—. Gracias.
El viaje al pueblo fue un tormento silencioso. Anastasia habló casi todo el camino. Habló de lo bueno que era Dante, de lo mucho que lo había extrañado, de lo fuerte que se sentía a su lado. Cada palabra era una aguja clavándose despacio en mi pecho.
En la tienda de ropa, las cosas empeoraron.
Anastasia probó vestido tras vestido, pidiéndome opinión con esa voz melosa. Cada vez que yo respondía, ella se reía suavemente y le decía a la dependienta:
—Mi amiga es muy dulce, pero no tiene mucho ojo para la moda, ¿verdad? Prefiero algo más… llamativo.
Compró cinco vestidos, dos abrigos, ropa interior de seda y tres pares de zapatos. Todo a nombre de la manada. Cuando la dependienta me pidió la firma, firmé sin decir una palabra. Mis dedos temblaban ligeramente sobre el papel.
Al salir, Anastasia se detuvo frente a un escaparate de joyería.
—Oh, mira ese collar. Le quedaría precioso a… bueno, a alguien con mejor cuello que el mío.
Sonrió como si hubiera hecho un cumplido.
Regresamos a la mansión cuando el sol ya empezaba a bajar. Dante nos esperaba en la entrada. En cuanto vio a Anastasia, su rostro se iluminó de una forma que no me dedicaba desde hacía semanas.
—¿Todo bien? —le preguntó solo a ella.
—Perfecto. Maeve fue muy… paciente.
La pausa antes de la última palabra no pasó desapercibida.
Dante asintió y luego me miró por fin.
—Ve a descansar. Pareces pálida.
No era una preocupación. Era una observación fría.
Subí a nuestra habitación y me encerré en el baño. Me senté en el suelo frío de mármol, con las rodillas contra el pecho y las manos sobre el vientre. Por primera vez desde que supe que estaba embarazada, lloré en silencio. Las lágrimas caían calientes sobre la tela del vestido. No quería que nadie me escuchara. No quería que nadie viera lo débil que me estaba volviendo.
Esa noche, Dante no cenó conmigo.
Cuando bajé al comedor, solo estaban Kael y algunos guerreros. Me dijeron que el Alfa estaba cenando en los aposentos de Anastasia porque ella se sentía “demasiado débil” para bajar.
Comí sola. Otra vez.
Después de la cena me dirigí a la biblioteca, buscando algo de paz. Estaba revisando un libro antiguo sobre la historia de las manadas cuando escuché pasos detrás de mí.
Era Anastasia.
Llevaba uno de los vestidos nuevos, un modelo rojo oscuro que dejaba los hombros al descubierto. Se acercó con una sonrisa.
—No sabía que te gustara leer tanto, Maeve. Qué… curioso.
—Siempre me ha gustado —respondí sin mirarla.
Ella se detuvo a mi lado y pasó un dedo por el lomo de un libro.
—Dante dice que eres huérfana. Qué triste. Yo al menos tuve una manada hasta hace poco. Tú… no tienes a nadie, ¿verdad?
La pregunta fue lanzada con suavidad, pero el veneno estaba ahí.
—No —contesté con voz neutra—. No tengo a nadie.
Mentira. Tenía una familia completa. Un padre que aún me amaba. Una madre que lloró cuando me fui. Una manada entera que llevaba el apellido Silverblood. Pero Dante no lo sabía. Y yo no pensaba decírselo. No todavía.
Anastasia sonrió como si hubiera ganado algo.
—Qué suerte que Dante te recogiera entonces. Debe ser horrible no tener a nadie que te quiera de verdad.
Me giré hacia ella por fin. Mis ojos grises se encontraron con los suyos verdes.
—Tienes razón —dije con calma—. Debe ser horrible.
Ella parpadeó, sorprendida por mi tono, pero no alcanzó a responder. En ese momento Dante entró en la biblioteca. Su mirada fue directo a Anastasia.
—Te estaba buscando. El médico quiere revisarte otra vez.
—Voy —respondió ella con dulzura, y al pasar junto a mí susurró tan bajo que solo yo pude oírlo—: No te preocupes, Maeve. Yo cuidaré bien de él por ti.
Se fue del brazo de Dante. Yo me quedé quieta en medio de la biblioteca, con el libro todavía abierto entre las manos.
Esa noche volví a dormir sola.
Cuando Dante entró en la habitación pasada la medianoche, olió otra vez a sales curativas y a perfume dulce. Se metió en la cama sin decir una palabra. Me di la vuelta y fingí dormir.
Durante horas escuché su respiración. Cada inhalación me recordaba que el hombre que juró protegerme estaba dejando que otra mujer ocupara el lugar que me pertenecía. Cada exhalación me recordaba que el vínculo que tanto había defendido empezaba a deshilacharse en silencio.
Me llevé una mano al vientre, debajo de las sábanas, y acaricié la pequeña curva que solo yo conocía.
“Aguanta un poco más”, le susurré en la mente a mi hijo. “Aguanta. Todavía no es momento de que él sepa que existes.”
Fuera, el viento golpeaba los ventanales. Dentro de mí, algo se rompía un poco más.
Y por primera vez desde que me fugé de casa con diecinueve años, me pregunté si mi padre había tenido razón todo el tiempo.
