Capítulo 3 Capítulo 3
Pasaron tres días.
Tres días en los que la mansión dejó de sentirse como mi hogar y se convirtió en un escenario donde yo solo tenía un papel secundario. Cada mañana me despertaba sola. Cada noche me acostaba sola. Dante llegaba cada vez más tarde, oliendo siempre a las sales curativas y al perfume dulce de Anastasia, y se limitaba a darme la espalda sin una sola palabra.
La mañana del cuarto día amaneció con gritos.
Bajé las escaleras apresurada, aún con el vestido de dormir y el cabello revuelto, siguiendo el ruido hasta el salón principal. Allí encontré a Anastasia sentada en el sofá más grande, con el tobillo envuelto en una venda limpia y lágrimas resbalando por sus mejillas. Dante estaba arrodillado frente a ella, sosteniéndole el pie con una delicadeza que me heló la sangre.
Kael y dos guerreros observaban en silencio desde un rincón.
—¿Qué ocurrió? —pregunté, deteniéndome en el umbral.
Dante levantó la vista. Sus ojos oscuros estaban fríos.
—Anastasia se cayó en las escaleras del jardín. Dice que alguien empujó las macetas que había en el borde.
El silencio que siguió fue pesado. Todos me miraron. Incluso Kael.
Anastasia sollozó más fuerte y se aferró a la camisa de Dante.
—No… no quiero acusar a nadie. Solo… sentí un empujón. Y luego el dolor. Fue horrible, Dante.
Él le acarició el cabello con una ternura que ya no me dedicaba a mí.
—Shhh. Ya pasó. Estoy aquí.
Luego se puso de pie y se giró hacia mí. Su expresión había cambiado por completo.
—Maeve. ¿Dónde estabas hace una hora?
La pregunta me golpeó como una bofetada.
—En nuestra habitación. Dormía.
—¿Alguien puede confirmarlo?
El aire se volvió espeso. Sentí cómo el color abandonaba mi rostro.
—Estaba sola —respondí con voz firme, aunque por dentro temblaba—. Tú mismo lo sabes. Ya no duermes conmigo.
La frase salió más amarga de lo que pretendía. Dante apretó la mandíbula.
—No empieces con tus celos. Anastasia apenas se está recuperando y ya estás inventando dramas.
—No estoy inventando nada. Solo respondí tu pregunta.
Anastasia interrumpió con un sollozo tembloroso.
—Por favor… no peleen por mi culpa. Yo no quiero problemas. Solo quiero curarme y irme lo antes posible. No soporto ser una carga.
Dante le tomó la mano de inmediato.
—No eres una carga. Nunca lo serás.
Luego me miró otra vez, y esta vez su voz fue una orden clara.
—Maeve, ve a la cocina y prepara tú misma el té de hierbas curativas. El que usamos para las heridas profundas. Y tráele también una manta. Ahora.
Asentí en silencio y me fui.
En la cocina, mis manos temblaban mientras picaba las hierbas. Marta, la cocinera, se acercó con discreción.
—Luna… ¿se encuentra bien?
—Perfectamente —mentí por enésima vez.
Cuando regresé al salón con la bandeja, Anastasia seguía aferrándose a Dante. Le ofrecí el té con ambas manos, como correspondía a una Luna. Ella lo aceptó sin darme las gracias y bebió un pequeño sorbo antes de hacer una mueca.
—Está un poco amargo. ¿Podrías endulzarlo más?
Volví a la cocina. Endulcé la infusión. Regresé. Esta vez ella se quejó de que estaba demasiado caliente. A la tercera ida y vuelta, Dante suspiró con impaciencia.
—Maeve, ¿es tan difícil hacer una simple taza de té?
Las palabras me atravesaron. Varios guerreros desviaron la mirada. Kael apretó los puños a los costados, pero no dijo nada. Yo incliné la cabeza.
—Perdón, Alfa. Lo haré mejor.
Anastasia sonrió detrás de la taza, satisfecha.
Esa tarde Dante ordenó que prepararan un baño especial para ella en los aposentos del ala este. Me pidió que yo misma llevara las toallas calientes y los aceites. Cuando entré en la habitación, Anastasia estaba semidesnuda dentro de la bañera de mármol, el agua cubierta de pétalos. Dante estaba sentado en una silla cerca, revisando unos documentos, como si fuera lo más natural del mundo.
—Deja las toallas ahí —dijo sin mirarme—. Y ayúdala a lavarse el cabello. Todavía le duele el tobillo y no puede moverse bien.
Me quedé congelada un segundo.
—¿Quieres que yo…?
—Sí, Maeve. Eres la Luna. Cuidar de los miembros heridos de la manada es tu responsabilidad.
Anastasia se recostó contra el borde de la bañera y cerró los ojos, ofreciéndome la nuca.
—Por favor, sé cuidadosa. Mi cabello es sensible.
Me arrodillé detrás de ella. Mis dedos temblaban mientras echaba agua tibia sobre su cabello castaño. Cada movimiento me costaba un pedazo de dignidad. Dante no levantó la vista de sus papeles ni una sola vez. Solo cuando Anastasia soltó un pequeño gemido de placer al sentir el masaje en el cuero cabelludo, él sonrió levemente.
—Ves? No era tan difícil —murmuró.
Salí de esa habitación con las manos húmedas y el estómago revuelto. Me encerré en el baño de nuestra habitación y vomité hasta que no quedó nada. No sabía si era por el embarazo o por la humillación. Tal vez por las dos cosas.
Esa noche no cené. No tenía estómago para bajar. Me quedé en la habitación, sentada en el alféizar de la ventana, mirando el bosque oscuro. Una mano protegía el vientre por reflejo. La otra apretaba el borde del vestido con fuerza.
Cuando la puerta se abrió, cerca de la una de la madrugada, Dante entró oliendo otra vez a ella. Se detuvo al verme despierta.
—Todavía levantada?
—No podía dormir.
Él se pasó una mano por el cabello, cansado.
—Anastasia tuvo una pesadilla. Se despertó gritando. Tuve que quedarme hasta que se calmó.
Asentí en silencio.
—Entiendo.
Dante se acercó a la cama y se sentó en el borde, dándome la espalda.
—Tienes que dejar de ponerte así, Maeve. Tus celos están empezando a ser un problema. Anastasia es una invitada herida. Nada más. Si sigues actuando como si yo estuviera traicionándote, la manada va a empezar a hablar.
La risa que se me escapó fue amarga y baja.
—¿La manada va a hablar? Dante… ya están hablando. Me miran con lástima en los pasillos. Las sirvientas callan cuando paso. Kael ni siquiera se atreve a sostenerme la mirada demasiado tiempo.
Él se tensó.
—Estás exagerando.
—No. Estoy viendo exactamente lo que ocurre. Y tú también. Solo que prefieres no admitirlo.
Se levantó de golpe. Sus ojos brillaron con el destello plateado del lobo.
—Cuidado con tu tono, Maeve. Sigo siendo tu Alfa.
—Y yo sigo siendo tu Luna —respondí en voz baja, pero firme—. Aunque cada día lo demuestres menos.
El silencio que siguió fue peligroso. Por un momento pensé que iba a gritar. O a romper algo. En cambio, solo negó con la cabeza y se dirigió hacia la puerta.
—Duerme. Mañana tienes que ayudarla otra vez con el cambio de vendajes. El médico dijo que necesita que alguien se asegure de que la herida no se infecte.
Se detuvo en el umbral sin mirarme.
—Y Maeve… deja de inventar historias sobre empujones y celos. Anastasia no merece que la trates así.
La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.
Me quedé sentada en el alféizar durante mucho rato, con las rodillas contra el pecho y la frente apoyada en el cristal frío. Afuera, el viento movía las ramas de los árboles. Adentro, el vínculo en mi pecho dolía como una herida abierta.
Me llevé ambas manos al vientre y susurré, apenas audible:
—Perdóname. Perdóname por no poder protegerte mejor. Perdóname por haberte traído a un mundo donde tu padre ya no mira a tu madre.
Las lágrimas cayeron esta vez sin que pudiera detenerlas. Calientes, silenciosas, llenas de una rabia impotente y de un miedo que crecía cada día.
Porque por primera vez desde que me fui de la mansión Silverblood, empecé a entender con claridad una verdad que me aterraba:
Ya no era la Luna de esta manada.
Solo era la mujer a la que el Alfa había empezado a olvidar.
