Capítulo 4 Capítulo 4

El quinto día comenzó con el sonido de pasos apresurados en el pasillo y la voz alterada del médico de la manada.

Me desperté sobresaltada. El lado de Dante seguía vacío, como todas las mañanas desde la llegada de Anastasia. Me puse una bata sobre el camisón y salí al pasillo justo a tiempo para ver cómo el médico entraba en la habitación del ala este con el rostro grave. Kael estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

—¿Qué ocurre? —pregunté en voz baja.

Kael me miró un segundo más de lo necesario antes de responder.

—Anastasia empeoró durante la noche. Fiebre alta. El tobillo está inflamado y dice que siente un dolor profundo en el pecho. El médico cree que podría haber una infección… o algo más.

“Algo más”. Las palabras se me clavaron como espinas.

Dante salió de la habitación en ese momento. Su camisa estaba arremangada, el cabello desordenado y los ojos oscuros brillaban con una mezcla de preocupación y furia contenida. Cuando me vio, su expresión se endureció.

—Maeve. Entra.

No era una petición.

Obedecí.

La habitación olía a hierbas quemadas y a sudor. Anastasia yacía en la cama, pálida, con el cabello pegado a la frente y la respiración agitada. Al verme, sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.

—Maeve… —susurró con voz débil—. Perdóname. No quería causarte problemas.

Dante se colocó junto a la cabecera y le tomó la mano.

—No te disculpes. Nada de esto es culpa tuya.

El médico, un hombre mayor llamado Elias, se aclaró la garganta.

—Alfa… he revisado todo. La herida del tobillo no explica la fiebre ni la debilidad general. Su lobo está… apagado. Como si le faltara fuerza vital. En casos como este, a veces la sangre de un lobo compatible puede ayudar a estabilizar el sistema.

Dante levantó la vista hacia mí de inmediato.

—Compatible.

La palabra flotó en el aire como una sentencia.

Elias asintió, incómodo.

—La Luna es la opción más segura. Su sangre lleva la esencia de la manada. Podría fortalecerla lo suficiente para que su lobo vuelva a responder.

Sentí cómo el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Cuánta sangre? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.

—Lo suficiente. Varias veces al día, durante unos días. Hasta que se estabilice.

Dante no dudó ni un segundo.

—Hazlo.

Me miró y su voz bajó, pero no perdió la dureza.

—Maeve. Siéntate.

Me senté en la silla que Elias colocó junto a la cama. Anastasia extendió el brazo con fingida debilidad. El médico preparó la jeringa y el tubo. Cuando la aguja penetró mi piel, sentí el pinchazo como algo lejano. La sangre comenzó a fluir, roja y constante, hacia el cuerpo de la mujer que estaba destrozando mi vida.

Dante no me miró ni una sola vez. Solo observaba el rostro de Anastasia, acariciándole el cabello cada vez que ella soltaba un quejido suave.

—Ya está… —susurró ella después de unos minutos—. Me siento un poco mejor. Gracias, Maeve. Eres… demasiado buena.

Quise reír. O gritar. En cambio, solo asentí.

Cuando Elias retiró la aguja, me vendó el brazo con movimientos rápidos. Me mareé al ponerme de pie. El médico me sostuvo el codo.

—Debe comer y descansar, Luna. Ha dado bastante.

Dante habló sin apartar la vista de Anastasia.

—Más tarde le darás otra dosis. Elias dijo que necesitamos hacerlo tres veces al día.

Tres veces.

Asentí en silencio y salí de la habitación. En el pasillo me apoyé contra la pared, respirando con dificultad. Kael se acercó.

—Luna… esto no está bien.

—No digas nada —le pedí en voz baja—. Por favor.

Él apretó los labios, pero no insistió.

La segunda extracción fue al mediodía. La tercera, al atardecer. Para entonces mi brazo dolía, la visión se me nublaba a ratos y el hambre se había convertido en una náusea constante. Cada vez que entraba en aquella habitación, Anastasia me recibía con la misma sonrisa débil y las mismas palabras de gratitud vacía. Y cada vez Dante estaba allí, sosteniéndole la mano, susurrándole palabras suaves que ya no me dedicaba a mí.

Después de la tercera extracción me desmoroné en el baño de nuestra habitación. Me arrodillé frente al inodoro y vomité bilis. El estómago vacío protestaba. El pequeño ser dentro de mí parecía inquieto, como si sintiera mi debilidad. Me encogí en el suelo frío, con una mano en el vientre y la otra en el brazo vendado.

“Aguanta”, le susurré. “Solo un poco más. Todavía no podemos decirle nada. Todavía no.”

Esa noche Dante no vino.

Me acosté temblando, envuelta en las sábanas que aún conservaban un leve rastro de su aroma. El vínculo en mi pecho latía débil, como un animal herido. Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, dejé que la mente viajara hasta la mansión Silverblood. Hasta el rostro de mi padre, serio y preocupado. Hasta la voz de mi madre diciéndome que siempre tendría un hogar al cual volver.

“Si supieras…”, pensé. “Si supieras en qué se ha convertido esto.”

A la mañana siguiente la fiebre de Anastasia “empeoró” otra vez.

Dante me despertó golpeando la puerta con fuerza.

—Maeve. Necesitamos más sangre. Ahora.

Me levanté tambaleándome. El mundo dio un vuelco. Me vestí como pude y crucé el pasillo. Elias ya estaba preparando el equipo. Anastasia lloraba en silencio mientras Dante le limpiaba el sudor de la frente.

—No puedo… no puedo más —sollozaba ella—. Siento que me apago.

—No te vas a apagar —le aseguró Dante con voz ronca—. Maeve está aquí. Te va a ayudar.

Me senté. Extendí el brazo. La aguja entró otra vez. La sangre fluyó. Yo miré hacia la ventana, intentando no pensar en lo débil que me sentía ni en lo mucho que dolía el vínculo cada vez que Dante le hablaba con esa suavidad.

Cuando terminó, apenas pude ponerme de pie. Elias me miró con verdadera preocupación.

—Alfa… la Luna no está en condiciones de seguir dando sangre a este ritmo. Su propio lobo está empezando a resentirse.

Dante por fin me miró. Realmente me miró. Por un segundo creí ver algo parecido a duda en sus ojos. Pero Anastasia soltó un quejido agudo y él se giró hacia ella de inmediato.

—Haz lo que tengas que hacer, Elias. Maeve se recuperará. Es fuerte.

La frase me partió por dentro.

Salí de la habitación antes de que pudieran ver las lágrimas. Caminé por los pasillos como un fantasma hasta llegar al jardín interior. Me senté en el banco de piedra bajo el árbol viejo y escondí la cara entre las manos.

Kael me encontró allí minutos después. Se sentó a mi lado sin decir nada durante un rato.

—Esto no puede continuar, Luna —dijo por fin, en voz muy baja—. Usted lo sabe.

—Lo sé.

—Si sigue así…

—No puedo detenerme, Kael. Si me niego, él va a creer que realmente quiero hacerle daño. Y entonces… entonces todo será peor.

El beta guardó silencio. Su lealtad estaba siendo puesta a prueba y ambos lo sabíamos.

Esa noche, después de la quinta extracción del día, me desplomé sobre la cama sin fuerzas ni siquiera para quitarme los zapatos. El brazo me latía. La cabeza me daba vueltas. El bebé dentro de mí parecía más quieto de lo normal y eso me aterró más que cualquier humillación.

Dante entró cerca de la medianoche. Se detuvo al verme tendida, pálida, con el brazo vendado a la vista.

—Te ves horrible —dijo.

No era preocupación. Era una observación.

—Gracias —respondí con voz ronca.

Él suspiró y se pasó una mano por la cara.

—Anastasia por fin está estable. Elias cree que una o dos veces más serán suficientes.

Asentí. No tenía fuerzas para discutir.

Dante se acercó a la cama y se sentó en el borde, lejos de mí.

—Tienes que entenderlo, Maeve. Ella no tiene a nadie. Su manada fue destruida. Yo soy lo único que le queda. No puedo abandonarla.

“Y yo?”, quise preguntar. “Yo tampoco tengo a nadie… según tú.”

En cambio, solo dije:

—Lo entiendo.

Él asintió, como si mi respuesta resolviera algo, y se levantó.

—Descansa. Mañana temprano necesitaremos otra dosis.

Se fue.

Me quedé mirando el techo a oscuras, con una mano protectora sobre el vientre y la otra apretando las sábanas. Las lágrimas resbalaron hacia las sienes, calientes y silenciosas.

Por primera vez desde que me convertí en su Luna, empecé a preguntarme con seriedad si el vínculo que tanto había defendido merecía todo lo que estaba sacrificando.

Y por primera vez, la respuesta que surgió desde lo más profundo de mi pecho fue un temible y claro:

No.

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