Capítulo 5 Capítulo 5
El sexto día me desperté con la certeza de que algo dentro de mí se estaba apagando.
No era solo el cuerpo. Era más profundo. El vínculo, que alguna vez había latido con fuerza en mi pecho, ahora se sentía como un hilo fino a punto de romperse. Me incorporé con dificultad. El brazo izquierdo dolía desde el hombro hasta la muñeca. La venda estaba manchada de un rojo oscuro que se había secado durante la noche. Me mareé al poner los pies en el suelo y tuve que apoyarme en la mesita de noche para no caerme.
Me miré en el espejo del baño y apenas me reconocí. La piel, ya de por sí pálida, ahora tenía un tono grisáceo. Los ojos grises se veían hundidos, rodeados de ojeras profundas. El cabello negro caía sin vida sobre los hombros. Parecía una versión desgastada de la mujer que había llegado a esa mansión llena de esperanza.
“Aguanta un poco más”, le susurré al reflejo. “Solo un poco más.”
Bajé las escaleras con pasos lentos. Cada movimiento me costaba un esfuerzo consciente. En el comedor no había nadie. Solo un plato frío de fruta y pan que alguien había dejado para mí. Comí tres bocados antes de que el estómago protestara. El bebé dentro de mí parecía más quieto que nunca y ese silencio me aterraba más que cualquier grito.
A media mañana, la voz de Dante resonó por el pasillo.
—Maeve. Te necesitamos.
Me levanté automáticamente. El cuerpo respondía por costumbre, aunque la mente ya empezaba a desconectarse. Crucé el pasillo hasta la habitación de Anastasia. Elias ya estaba allí, preparando el equipo con expresión grave. Dante estaba sentado en el borde de la cama, sosteniendo la mano de Anastasia. Ella lucía mejor que el día anterior. El color había vuelto un poco a sus mejillas. Incluso se había peinado.
Cuando me vio, sonrió con dulzura.
—Maeve… otra vez tienes que ayudarme. Perdóname. Sé que estás cansada.
—No importa —respondí con voz ronca.
Me senté. Extendí el brazo. Elias buscó una vena con dificultad. Las anteriores estaban inflamadas y moreteadas. Cuando por fin encontró una, la aguja entró y la sangre comenzó a fluir otra vez. Me recosté contra el respaldo de la silla y cerré los ojos. El sonido de la sangre llenando el tubo se mezclaba con la respiración suave de Anastasia y los murmullos bajos de Dante.
—Ya casi está —le decía él—. Vas a estar bien. Te lo prometo.
Cada palabra era una cuchillada.
Cuando Elias terminó, me costó ponerme de pie. El médico me sostuvo el codo y me miró con verdadera alarma.
—Alfa, con todo respeto… la Luna no puede seguir así. Su presión está peligrosamente baja. Su lobo está debilitado. Si continúa…
—Hará lo que sea necesario —cortó Dante sin mirarme—. Anastasia todavía no está estable del todo.
Elias apretó los labios, pero no insistió. Yo salí de la habitación en silencio.
En el pasillo me detuve un momento, apoyando la frente contra la pared fría. Las piernas me temblaban. El mundo daba vueltas. Escuché pasos detrás de mí y reconocí el aroma de Kael.
—Luna —dijo en voz muy baja—. Esto ya no es ayuda. Esto es abuso.
—Lo sé.
—Entonces deténgalo.
Me giré hacia él. Mis ojos debían de verse tan vacíos como me sentía por dentro.
—¿Y cómo exactamente se supone que lo detenga, Kael? Si me niego, él va a creer que realmente quiero verla muerta. Y entonces no solo perderé su respeto… perderé lo poco que me queda de dignidad.
Kael no tuvo respuesta. Solo bajó la mirada, impotente.
La segunda extracción del día fue peor. Anastasia se quejó de que el flujo era demasiado lento y pidió que me apretaran más el brazo para que la sangre saliera más rápido. Dante asintió. Elias, con evidente incomodidad, lo hizo. El dolor fue agudo. Yo apreté los dientes y no solté ni un sonido.
Cuando terminó, ya no pude caminar sola hasta mi habitación. Una sirvienta tuvo que sostenerme. Me dejaron en la cama y cerraron la puerta. Me enrosqué de lado, protegiendo el vientre con ambos brazos, y por primera vez en días permití que el miedo me invadiera por completo.
“Si sigo así…”, pensé. “Si sigo así, te voy a perder.”
La idea me heló la sangre. Me llevé una mano temblorosa al vientre y susurré, apenas audible:
—No te voy a perder. No te voy a permitir que te apagues. Aguanta. Por favor, aguanta.
Esa tarde Dante envió a buscarme otra vez.
La tercera extracción.
Cuando entré, Anastasia estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en varios almohadones y una bandeja de comida a medio terminar a su lado. Lucía notablemente mejor. Incluso estaba leyendo un libro. Al verme, cerró el volumen y puso esa expresión de culpa perfecta que ya dominaba.
—Oh, Maeve… otra vez. No sé cómo agradecértelo.
Dante, que estaba de pie junto a la ventana, se giró.
—Date prisa. Elias tiene que irse pronto.
Me senté. El médico ni siquiera intentó buscar una vena nueva. Usó una de las que ya estaban moreteadas. El pinchazo dolió más que los anteriores. La sangre salió más oscura, más lenta. Yo miré hacia la pared, intentando desconectarme.
Anastasia habló de pronto, con voz suave:
—Dante… ¿crees que Maeve está bien? Se ve tan pálida. No quisiera que por mi culpa ella…
—Ella está bien —respondió él sin dudar—. Es más fuerte de lo que parece.
La frase me atravesó el pecho.
Cuando Elias terminó, me costó tanto levantarme que el médico tuvo que ayudarme. Dante no se movió de su sitio. Solo observó, con los brazos cruzados, como si estuviera evaluando cuánto más podía aguantar.
Salí de la habitación arrastrando los pies. En lugar de volver a la mía, bajé al jardín interior. Necesitaba aire. Necesitaba sentir algo que no fuera las paredes de esa mansión cerrándose a mi alrededor. Me senté en el mismo banco de piedra del día anterior y escondí el rostro entre las manos.
No sé cuánto tiempo estuve allí. El sol empezaba a ponerse cuando escuché la voz de Anastasia detrás de mí.
—Qué lugar tan tranquilo.
Levanté la cabeza. Ella estaba de pie a unos metros, envuelta en un chal blanco, sin rastro de la debilidad que mostraba dentro de la habitación. Su sonrisa era suave, casi amable.
—No deberías estar caminando —dije con voz ronca.
—El médico dijo que un poco de aire me haría bien. —Se acercó y se sentó en el otro extremo del banco—. Maeve… sé que esto es difícil para ti. De verdad lo sé. Pero Dante… él necesita sentirse útil. Necesita salvar a alguien. Y yo… bueno, yo no tengo a nadie más.
La miré en silencio. Por un momento creí ver algo genuino en sus ojos. Luego parpadeó y la máscara volvió a colocarse.
—Además —añadió en voz más baja—, él me contó que tú eres huérfana. Que no tienes familia. Debe ser terrible no tener a nadie que te busque si algún día desapareces.
La amenaza fue tan sutil que casi pareció una observación casual. Pero yo la sentí como un cuchillo contra la garganta.
—Sí —respondí con calma—. Debe ser terrible.
Ella sonrió, se levantó y se alejó hacia la mansión con pasos ligeros. Yo me quedé mirando su espalda hasta que desapareció entre las puertas.
Esa noche Dante entró en nuestra habitación cerca de la una. Olió a ella otra vez. Se detuvo al verme despierta, sentada en el alféizar con la frente apoyada en el cristal.
—Todavía no duermes.
—No.
Se pasó una mano por el cabello, cansado.
—Anastasia por fin pudo comer algo sólido. Elias cree que mañana solo necesitaremos una extracción más. Tal vez dos.
Asentí sin mirarlo.
Él se acercó un poco.
—Maeve… sé que estás sufriendo. Pero esto es temporal. Cuando ella se recupere del todo, las cosas volverán a la normalidad.
Por fin giré el rostro hacia él. Mis ojos debían de verse tan vacíos como me sentía.
—¿La normalidad? —pregunté en voz baja—. ¿Cuál normalidad, Dante? ¿Aquella en la que dormías a mi lado? ¿O esta nueva en la que apenas me miras?
Se tensó.
—No empieces.
—No estoy empezando. Estoy preguntando.
Él apretó la mandíbula y se dio la vuelta.
—Duerme. Mañana será el último día. Te lo prometo.
La puerta se cerró detrás de él.
Me quedé mirando el cristal oscuro durante mucho rato. Afuera, el viento movía las ramas. Adentro, el vínculo latía débil, herido, casi ausente.
Me llevé ambas manos al vientre y susurré con los labios temblando:
—Si mañana no se detiene… si mañana sigue… voy a tener que hacer algo. No sé qué. Pero algo.
Porque ya no se trataba solo de mi dignidad.
Se trataba de la pequeña vida que crecía dentro de mí en completo silencio… y de lo cerca que estaba de perderla por un hombre que ya no me veía.
