Capítulo 6 Capítulo 6

El séptimo día me desperté con la certeza de que mi cuerpo ya no me pertenecía del todo.

El brazo izquierdo era una masa morada, inflamada y caliente al tacto. Cada latido del corazón me enviaba una oleada de dolor sordo desde el hombro hasta la punta de los dedos. Me incorporé con extrema lentitud, apoyando la espalda contra el cabezal de la cama. El mundo se inclinó peligrosamente hacia un lado y tuve que cerrar los ojos con fuerza para no vomitar. El pequeño ser dentro de mí permanecía inquietantemente quieto. Esa quietud me aterraba más que cualquier grito o patada. Era como si él también estuviera agotado, como si sintiera que la fuerza de su madre se desvanecía gota a gota.

Me obligué a levantarme. Los pies descalzos tocaron el suelo frío de madera y un escalofrío me recorrió la espalda. Caminé hasta el baño apoyándome en los muebles. El reflejo que me devolvió el espejo me hizo detener la respiración. La mujer que me miraba tenía la piel grisaácea, los ojos grises hundidos y rodeados de ojeras profundas, y el cabello negro caía sin vida sobre los hombros. Los labios estaban secos y agrietados. Parecía una versión gastada y derrotada de la Maeve Silverblood que alguna vez había huido de su casa con el corazón lleno de esperanza.

Me toqué el vientre con ambas manos, todavía plano pero ya ligeramente firme.

—Aguanta —le susurré al vacío—. Solo un poco más. Todavía no podemos rendirnos.

Me vestí con un vestido gris oscuro, holgado, que escondía lo poco que empezaba a notarse. Bajé las escaleras apoyándome en la barandilla. Cada peldaño era una pequeña batalla. El silencio de la mansión me resultaba más pesado que nunca.

En el pasillo del ala este ya estaban esperándome.

Dante, Elias y Anastasia.

Ella estaba sentada en una butaca junto a la ventana, envuelta en una bata de seda blanca que contrastaba con su cabello castaño perfectamente peinado. Las mejillas tenían un color saludable que ya no podía fingir del todo. Al verme entrar, su expresión se transformó con precisión milimétrica en la de una enferma agradecida y frágil.

—Maeve… otra vez. No sé qué haría sin ti —dijo con voz suave, casi temblorosa.

Dante ni siquiera levantó la vista hacia mi rostro. Estaba de pie junto a la cama, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

—Siéntate. Elias dice que necesitamos una dosis más fuerte hoy. Su lobo sigue débil.

Me senté en la silla de siempre. El médico evitó mirarme a los ojos mientras preparaba la jeringa y el tubo. Sus manos temblaban ligeramente. Cuando la aguja penetró la piel inflamada, el dolor fue tan agudo y eléctrico que se me escapó un jadeo ahogado. Dante frunció el ceño con evidente molestia.

—No hagas drama, Maeve. Es solo sangre. Anastasia lo necesita más que tú.

La sangre salió oscura, casi negra, y espesa. Yo apoyé la cabeza contra el respaldo de la silla y cerré los ojos. El sonido del líquido llenando el tubo se mezclaba con la respiración tranquila y casi satisfecha de Anastasia y con el roce suave de los dedos de Dante acariciándole el dorso de la mano. Cada caricia era una cuchillada lenta en lo que quedaba de mi pecho.

Cuando Elias retiró la aguja, apenas pude mantenerme erguida. El médico me sostuvo el codo con firmeza y habló en voz baja, casi rogando:

—Alfa… con el debido respeto, la Luna está al límite absoluto. Su presión es peligrosamente baja. Su lobo apenas responde. Si continúa extrayéndole sangre a este ritmo, podríamos perderla.

Dante por fin me miró. Sus ojos oscuros estaban fríos, distantes, como si estuviera evaluando un problema logístico y no a la mujer que llevaba su marca.

—Continuará hasta que Anastasia esté completamente recuperada —respondió sin dudar—. No quiero oír más objeciones, Elias. Haz tu trabajo.

El médico bajó la cabeza. Yo salí de la habitación arrastrando los pies, sintiendo cómo la fuerza me abandonaba con cada paso.

En lugar de volver a mi cuarto, me dirigí al jardín interior. Necesitaba aire. Necesitaba sentir algo que no fueran las paredes de esa mansión cerrándose sobre mí como una trampa. Me senté en el banco de piedra bajo el árbol viejo y escondí el rostro entre las manos temblorosas. El olor a tierra húmeda y a hojas secas me envolvió. Por un momento intenté recordar el aroma de los bosques de la mansión Silverblood, el sonido de la voz de mi madre, la mano firme de mi padre sobre mi hombro. Todo se sentía lejano, como si perteneciera a otra vida.

No sé cuánto tiempo permanecí allí. El sol había subido cuando escuché voces provenientes de la habitación de Anastasia. La ventana del primer piso estaba entreabierta.

Me quedé inmóvil.

—…el médico dice que el bebé está bien —decía la voz suave y casi juguetona de Anastasia—. Crece fuerte. Pero yo sigo sintiéndome débil, Dante. Si Maeve no sigue ayudándome con su sangre, no sé si podré mantenerlo…

—Lo hará —respondió la voz grave de Dante con absoluta firmeza—. No tiene opción. Es su deber como Luna.

Mi corazón se detuvo por completo.

Bebé.

La palabra resonó dentro de mi cabeza como un trueno lejano que se acercaba cada vez más rápido.

Me puse de pie con torpeza y me acerqué más a la pared de piedra, lo suficiente para oír sin ser vista. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme contra el muro.

—Aún no le has dicho —continuó Anastasia con un tono casi divertido—. ¿Cuándo piensas decírselo? Me hace gracia verla tan entregada, tan ciega…

—Cuando estés más fuerte —respondió Dante—. No quiero que se agite. Ya sabes cómo se pone cuando se trata de ti. Sus celos la vuelven insoportable.

Hubo un silencio breve. Luego la risa baja, suave y profundamente satisfecha de Anastasia.

—Pobre Maeve. Todavía cree que es la única. Todavía cree que le perteneces.

Me alejé de la pared como si la piedra me hubiera quemado. Las piernas me fallaron por completo y caí de rodillas sobre la hierba húmeda. Las manos se me clavaron en la tierra. El mundo giraba demasiado rápido. El aire no llegaba a mis pulmones.

Estaba embarazada.

Anastasia estaba embarazada del hijo de Dante.

El hombre que me había jurado amor eterno frente a la Diosa de la Luna. El hombre cuyo hijo yo cargaba en secreto dentro de mi vientre. El hombre que me estaba drenando la vida, gota a gota, para mantener viva a la mujer que esperaba a su otro hijo.

Una risa histérica, rota y completamente silenciosa se me escapó entre los labios. Lágrimas calientes y saladas cayeron sobre la hierba, mezclándose con la tierra. Me llevé ambas manos al vientre con desesperación, protegiendo el único secreto que todavía me quedaba, el único pedazo de pureza que aún no había sido contaminado por esa traición.

“Él no lo sabe”, pensé con una claridad dolorosa. “Todavía no sabe que yo también llevo a su hijo. Y yo… yo no se lo voy a decir. No ahora. No así. No mientras me mira como si yo fuera el problema.”

Me obligué a levantarme. Las rodillas me temblaban. Caminé de regreso a la mansión como un fantasma, con la tierra manchando el dobladillo del vestido y el rostro manchado de lágrimas que no me molesté en limpiar. Nadie me detuvo en los pasillos. Nadie preguntó por qué la Luna de la manada caminaba como si hubiera sido golpeada.

Esa tarde hubo otra extracción.

Anastasia me recibió con la misma sonrisa dulce y agradecida de siempre, como si no acabara de reírse de mi ceguera. Dante ni siquiera se molestó en fingir cortesía. Cuando la aguja entró en mi brazo destrozado, yo ya no sentí el dolor físico. Solo el otro. El que se había instalado en el centro de mi pecho como una piedra fría y pesada, y se negaba a moverse.

Después de la extracción me encerré en el baño de nuestra habitación. Cerré la puerta con pestillo y me senté en el suelo frío de mármol. Me miré las manos. Temblaban sin control. Me toqué el vientre otra vez, con una ternura desesperada.

—Te lo prometo —susurré con la voz rota—. No voy a dejar que esto te destruya. No voy a dejar que él te destruya antes de que siquiera tengas la oportunidad de nacer. Aguanta. Por favor, aguanta un poco más.

Esa noche Dante entró cerca de la medianoche. El aroma de Anastasia lo envolvía como una segunda piel. Se detuvo en el umbral al verme sentada en el alféizar de la ventana, con las rodillas contra el pecho y la frente apoyada en el cristal frío.

—Todavía despierta —dijo, y no era una pregunta.

No respondí. Seguía mirando la oscuridad del bosque.

Él suspiró, cansado, como si yo fuera una molestia más al final de un día largo.

—Anastasia por fin está estable. Elias cree que mañana solo necesitaremos una última dosis. Después de eso… las cosas volverán a la normalidad.

Me giré lentamente hacia él. Mi voz salió extrañamente calmada, casi vacía.

—¿La normalidad, Dante? ¿Cuál normalidad exactamente?

Él frunció el ceño, molesto.

—No empieces otra vez con tus celos, Maeve. Estoy harto de esta actitud.

—No son celos —dije en voz baja, pero cada palabra salió afilada—. Es la verdad. Tú ya no me ves. Hace días que no me ves. Me usas. Me vacías. Y yo… yo todavía estoy aquí.

Se acercó dos pasos. Sus ojos brillaron con el destello plateado del lobo.

—Cuidado con lo que dices.

—¿O qué? —pregunté, y por primera vez en semanas sostuve su mirada sin apartarla—. ¿Me vas a castigar también? ¿Vas a acusarme otra vez de querer hacerle daño a tu preciosa Anastasia? ¿Vas a decirle a toda la manada que la Luna celosa intentó matar a la pobre herida?

El silencio que siguió fue espeso y peligroso. Durante un segundo largo creí que iba a golpearme. Vi cómo se tensaba la mandíbula, cómo se cerraban los puños a los costados. En cambio, solo negó con la cabeza, como si yo fuera una decepción que ya no valía la pena corregir, y se dirigió hacia la puerta.

—Duerme. Mañana será el último día. Y después de eso, espero que por fin dejes de comportarte como una niña celosa e histérica.

La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé mirando el cristal oscuro durante horas. Afuera, el viento movía las ramas de los árboles centenarios. Adentro, el vínculo que una vez había sido fuego ahora latía tan débil, tan roto, que casi no lo sentía.

Me llevé una mano al vientre y la otra al pecho, donde el hilo invisible que me unía a Dante se deshacía hilo a hilo, sin hacer ruido.

Por primera vez desde que me fui de la mansión Silverblood con diecinueve años y el corazón lleno de promesas, supe con absoluta y aterradora claridad lo que tenía que hacer.

Mañana, después de la última extracción, buscaría un momento a solas.

Y llamaría a mi padre.

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