Capítulo 7 Capítulo 7
El octavo día amaneció con un cielo completamente gris y pesado, como si el bosque entero hubiera decidido vestirse de luto por lo que yo estaba a punto de hacer. Las nubes cubrían el sol desde antes del amanecer y el aire olía a lluvia cercana, a tierra húmeda y a algo metálico que me erizaba la piel.
Me desperté mucho antes de que la primera luz se filtrara por las cortinas. El cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de piedra mojada y hierro oxidado. El brazo izquierdo ya no parecía parte de mí: era una masa inflamada, moreteada desde el hombro hasta la muñeca, con la piel tirante, caliente y brillante. Cada pequeño movimiento me arrancaba un quejido que me tragaba antes de que saliera del todo. Me incorporé con extrema lentitud, apoyando la espalda contra la cabecera de la cama, y coloqué ambas manos sobre el vientre con una ternura desesperada.
El bebé seguía quieto.
Demasiado quieto.
Esa ausencia de movimiento me helaba la sangre más que cualquier humillación de Dante.
—Solo un poco más —le susurré con los labios agrietados y la voz ronca—. Solo tres días. Después de eso… después de eso nadie volverá a tocarnos. Te lo prometo. Aguanta conmigo.
Me obligué a levantarme. Los pies descalzos tocaron el suelo frío de madera y un escalofrío violento me recorrió la espalda hasta la nuca. Caminé hasta el baño apoyándome en cada mueble que encontraba. El reflejo del espejo me devolvió una mujer que apenas reconocía: piel grisácea, ojos grises hundidos y opacos, cabello negro apelmazado y labios secos. Parecía una versión gastada, vaciada y derrotada de la Maeve Silverblood que alguna vez había cruzado el umbral de esa mansión con el corazón lleno de promesas.
Me toqué el vientre otra vez, todavía plano pero ya ligeramente firme bajo la yema de los dedos.
—Tres días —repetí como un mantra—. Solo tres.
Me vestí con el mismo vestido gris del día anterior. Ya no me importaba si se notaba el pequeño cambio en mi figura. Ya no me importaba nada de lo que pensaran de mí. Bajé las escaleras apoyándome en la barandilla con ambas manos, sintiendo cómo cada peldaño me robaba un poco más de la escasa fuerza que me quedaba. La mansión estaba en un silencio denso, casi sofocante. Solo se escuchaba el lejano sonido metálico de los guerreros entrenando en el patio trasero.
En el ala este me esperaban, como todas las mañanas desde hacía una eternidad.
Dante estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. Elias preparaba el equipo médico en silencio, con el rostro más grave y preocupado que le había visto nunca. Anastasia yacía en la cama, pero esta vez no se esforzaba demasiado en fingir debilidad. Tenía las mejillas sonrosadas, el cabello limpio y peinado, y una expresión de satisfacción apenas disimulada. Al verme entrar, su rostro se transformó con precisión quirúrgica en el de una enferma agradecida y frágil.
—Maeve… la última vez. Te lo prometo. Después de esto estaré completamente bien —dijo con esa voz suave y temblorosa que ya me resultaba nauseabunda.
Dante habló sin dignarse a mirarme a los ojos.
—Hazlo rápido, Elias. Tiene que recuperarse del todo hoy. No quiero más retrasos.
Me senté en la silla de siempre. Extendí el brazo destrozado. Cuando la aguja penetró la piel inflamada, el dolor fue tan intenso, tan eléctrico y profundo, que se me nubló la vista por completo. Aferré el borde de la silla con la mano libre hasta que los nudillos se me pusieron blancos y las uñas se me clavaron en la madera. La sangre salió oscura, casi negra, espesa como alquitrán, y fluyó con una lentitud que parecía eternos minutos.
Anastasia suspiró de alivio cuando el tubo se llenó por completo.
—Ya siento cómo me fortalece… gracias, Maeve. De verdad. Eres demasiado buena conmigo.
Dante por fin se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo con una expresión que ya no contenía ni un solo resto de la ternura que alguna vez me había dedicado. Solo había impaciencia y un dejo de desprecio.
—Después de esto, no quiero más quejas. Ni miradas lastimeras. Ni dramas innecesarios. Anastasia necesita paz absoluta para recuperarse del todo. ¿Quedó claro?
Asentí en silencio. Ya no tenía fuerzas ni para pelear con palabras. Ni siquiera para odiarlo en voz alta.
Cuando Elias retiró la aguja, me costó tanto levantarme que el médico tuvo que sostenerme por ambos codos. Dante no se movió ni un centímetro. Solo observó cómo me tambaleaba hacia la puerta como si estuviera mirando un problema logístico menor.
Salí al pasillo y caminé sin rumbo durante varios minutos, apoyándome en las paredes cada pocos pasos. Necesitaba un lugar donde nadie pudiera oírme. Un lugar olvidado donde pudiera hacer la llamada que iba a cambiarlo todo para siempre.
Finalmente recordé la antigua sala de comunicaciones del sótano, un cuarto pequeño, polvoriento y casi abandonado que nadie usaba desde que instalaron los sistemas nuevos en el primer piso. Bajé las escaleras del sótano con extremo cuidado, cerré la pesada puerta detrás de mí y corrí el pestillo. Me dejé caer en la silla frente al teléfono antiguo de línea fija. El auricular pesaba demasiado en mi mano temblorosa. Mis dedos tardaron casi un minuto entero en marcar el número que me sabía de memoria, el número que había jurado no volver a usar después de huir de casa.
Sonó una vez.
Dos veces.
Tres.
—¿Sí? —la voz grave, profunda y familiar de mi padre resonó al otro lado de la línea, y por un segundo el mundo entero se detuvo.
Abrí la boca. Ningún sonido salió. Solo un temblor.
—¿Quién habla? —insistió él, más duro, con ese tono de Alfa que no admitía demoras.
—Papá… —logré decir por fin, y la palabra salió rota, ahogada, como si se me hubiera atorado en la garganta durante todos estos meses de silencio.
Hubo un silencio absoluto al otro lado. Luego su respiración se volvió más pesada, más peligrosa.
—Maeve.
No era una pregunta. Era un reconocimiento lleno de algo que se parecía peligrosamente al alivio contenido y a una rabia fría y antigua al mismo tiempo.
—Papá… me equivoqué —susurré, y las lágrimas que había estado conteniendo durante días, semanas, empezaron a caer sin ningún control—. Me equivoqué tanto. Tú tenías razón desde el principio. Él… él no era lo que yo creía. Nunca lo fue.
Escuché un ruido sordo al otro lado, como si hubiera golpeado el escritorio con el puño cerrado.
—¿Te ha hecho daño? —preguntó con esa calma mortalmente peligrosa que yo recordaba perfectamente de cuando alguien amenazaba a la manada Silverblood.
—Sí —respondí, y la verdad salió por fin, cruda, sin adornos ni justificaciones—. Me está destruyendo poco a poco. Me obliga a darle mi propia sangre a otra mujer una y otra vez. Me acusa de celos frente a toda la manada. Me humilla. Me ignora. Me trata como si yo fuera basura. Y yo… yo estoy embarazada, papá. Llevo tres meses. Él no lo sabe. Nadie lo sabe. Y ella… Anastasia… ella también está embarazada de él.
El silencio que siguió fue tan denso y absoluto que pude escuchar el latido desbocado de mi propio corazón y el zumbido de la línea telefónica.
—Dime dónde estás exactamente —ordenó mi padre con voz de Alfa puro, sin una sola grieta de emoción—. Ahora mismo.
Le di la ubicación precisa de la mansión de Dante. Las coordenadas del bosque del norte. El nombre de la manada. Cada detalle que recordaba.
—En tres días estaré allí —dijo después de un momento de silencio calculador—. No salgas de esa casa hasta que yo llegue. No hagas nada que te ponga en más peligro del que ya estás. No confrontes a nadie. ¿Me oyes claramente, Maeve?
—Te oigo —respondí con la voz hecha trizas.
—Voy a sacarte de ahí. Y voy a hacer que ese bastardo se arrepienta el resto de su miserable vida de haber tocado a una Silverblood. De haber tocado a mi hija.
La línea se cortó con un clic seco.
Me quedé mirando el auricular durante un largo rato, con las lágrimas resbalando sin control por la barbilla y cayendo sobre el vestido gris. Tres días. Solo tenía que sobrevivir tres días más. Solo tres amaneceres. Solo tres noches de este infierno.
Cuando por fin logré componerme lo suficiente como para no derrumbarme en el pasillo, subí de nuevo a la planta principal. El sol, todavía escondido tras las nubes, ya estaba alto. Me dirigí hacia mi habitación, pero antes de llegar escuché risas suaves y conversación proveniente del salón principal. Me detuve junto a la puerta entreabierta, aferrada al marco.
Anastasia estaba recostada en el sofá más grande y cómodo, con las piernas cubiertas por una manta de lana blanca. Dante estaba sentado a su lado, demasiado cerca, sosteniéndole una taza de porcelana. Ella reía por algo que él había dicho. Una risa ligera, íntima, casi doméstica.
—Deberías ver su cara cuando me da la sangre —decía Anastasia en voz baja, pero perfectamente audible—. Parece que se le va a salir el alma por los ojos. Es patético. Cada vez más débil.
Dante soltó una risa corta y despreciativa.
—Es débil. Siempre lo fue. Solo que ahora se nota más. Ya ni siquiera tiene fuerzas para fingir dignidad.
Me alejé antes de que pudieran sentir mi presencia. Caminé hasta mi habitación con la espalda perfectamente recta, aunque por dentro me estaba desmoronando en mil pedazos otra vez. Cerré la puerta con cuidado, me apoyé contra ella y me deslicé lentamente hasta el suelo. Me llevé las rodillas al pecho, escondí el rostro entre ellas y permití que el sollozo silencioso sacudiera mis hombros durante varios minutos.
Tres días.
Solo tres días.
Esa tarde no hubo más extracciones. Elias había insistido con firmeza en que Anastasia ya estaba lo suficientemente fuerte y que cualquier extracción adicional pondría en riesgo la vida de la Luna. Dante no discutió. Yo me quedé encerrada en mi habitación, fingiendo dormir cada vez que alguien tocaba la puerta. Marta, la cocinera, dejó una bandeja de comida afuera hacia el atardecer. No la toqué. El solo olor me revolvía el estómago.
Cuando anocheció por completo, Dante entró sin llamar. El aroma de Anastasia lo envolvía como una segunda piel, dulce y nauseabundo. Se detuvo en el umbral al verme sentada en el alféizar de la ventana, con las rodillas contra el pecho y la frente apoyada en el cristal frío y oscuro.
—Elias dice que Anastasia está fuera de peligro —anunció con tono casual—. No necesitará más de tu sangre. Las cosas pueden volver a la normalidad.
Asentí sin apartar la vista del bosque negro.
—Bien.
Él se acercó un par de pasos.
—Las cosas van a volver a ser como antes, Maeve. Espero que hayas aprendido la lección de una vez. Los celos y las escenas no te quedan bien. Nunca te quedaron.
Me giré hacia él con lentitud extrema. Mis ojos grises debían de verse tan vacíos, tan huecos, como el agujero que él había dejado en mi pecho.
—¿La lección? —repetí en voz baja, casi un susurro—. Sí, Dante. Creo que por fin la aprendí. Completamente.
Él frunció el ceño, visiblemente extrañado por mi tono plano y sin pelea, pero no preguntó nada. Se limitó a darse la vuelta y salir, cerrando la puerta detrás de sí con un clic suave y definitivo.
Me quedé mirando la oscuridad absoluta del bosque durante horas. Cada minuto que pasaba era un minuto menos para la llegada de mi padre. Cada hora era una hora más cerca de la libertad… y de la fría y paciente venganza que ya empezaba a arder en lo más profundo de mi pecho como un carbón encendido.
Me toqué el vientre con ambas manos, con una protección feroz, y susurré apenas audible contra el cristal:
—Tres días. Solo tres días más. Después de eso, nadie volverá a tocarnos. Nadie volverá a humillarnos. Nadie.
Afuera, el viento empezó a soplar con más fuerza, moviendo las ramas de los árboles centenarios como si el propio bosque estuviera inquieto, como si presentiera la tormenta que se avecinaba.
Dentro de mí, por primera vez en semanas, algo que no era solo dolor ni solo miedo comenzó a crecer con fuerza.
Era determinación pura.
Y era fría, afilada y constante como el filo de un cuchillo.
