Capítulo 8 Capítulo 8
El primer día de espera amaneció igual de gris que el anterior, como si el cielo se negara a mostrarme ni un solo rayo de sol mientras contaba las horas. Me desperté con el cuerpo todavía pesado, pero con una claridad mental que no había sentido en semanas. El brazo seguía destrozado, moreteado y dolorido, pero ya no me estaban drenando la sangre. Eso, al menos, era una pequeña victoria.
Me quedé tumbada un rato largo, con ambas manos sobre el vientre, hablando en voz bajita con el bebé.
—Dos días más —le susurré—. Solo dos. Tu abuelo viene a buscarnos. Va a sacarnos de aquí. Y entonces… entonces nadie volverá a hacernos esto.
Bajé a desayunar porque sabía que desaparecer por completo levantaría sospechas. El comedor estaba casi vacío. Dante y Anastasia no aparecieron. Kael me miró desde el otro extremo de la mesa y asintió una sola vez, como si pudiera oler el cambio en mí. No dijo nada. Yo tampoco.
Pasé la mayor parte de la mañana en mi habitación, fingiendo debilidad. En realidad no tenía que fingir demasiado: el cuerpo seguía agotado, el estómago vacío y el vínculo en mi pecho era apenas un hilo fino y dolorido. Pero por dentro ya no estaba rota. Estaba esperando.
Al mediodía escuché risas en el pasillo. Anastasia caminaba sin ayuda, del brazo de Dante, luciendo un vestido nuevo y una sonrisa radiante. Al pasar frente a mi puerta entreabierta, se detuvo un segundo.
—Espero que te recuperes pronto, Maeve —dijo con dulzura falsa—. Debes estar tan cansada después de ayudarme tanto.
Dante ni siquiera miró hacia dentro de la habitación. Solo siguió caminando.
Cerré la puerta con cuidado y me apoyé contra ella. Tres respiraciones profundas. Luego volví a la ventana y miré el bosque. Cada árbol, cada sombra, cada movimiento del viento lo contaba como un segundo menos para la llegada de mi padre.
La noche del primer día Dante entró tarde. Olió a ella, como siempre. Se cambió de ropa en silencio y se metió en la cama dándome la espalda. Yo fingí dormir. Escuché su respiración volverse profunda y regular. Solo entonces permití que las lágrimas resbalaran en silencio hacia la almohada. No eran lágrimas de dolor. Eran de impaciencia. De una rabia fría que crecía cada hora.
El segundo día fue peor.
Me desperté antes del amanecer otra vez. El bebé se movió por primera vez en días, un aleteo suave y tímido que me hizo soltar un sollozo de alivio. Me senté en la cama y acaricié el vientre durante casi una hora, hablando con él, contándole que pronto estaríamos a salvo, que su abuelo era el Alfa más fuerte que yo conocía, que nadie nos volvería a tocar.
Bajé más tarde. En el comedor Anastasia ocupaba mi lugar otra vez. Dante le servía el café. Cuando entré, ambos levantaron la vista. Anastasia sonrió.
—Qué bien que bajes, Maeve. Te ves… mejor.
—Lo estoy —respondí con voz neutra.
Dante me miró con el ceño ligeramente fruncido, como si algo en mi tono le resultara extraño. No dijo nada. Yo me senté en el extremo contrario de la mesa y comí lo poco que mi estómago aceptó. Cada bocado sabía a victoria silenciosa.
Esa tarde Anastasia me encontró en el jardín interior. Yo estaba sentada en el banco de piedra, con una manta sobre las piernas, mirando las hojas moverse.
—No deberías estar tanto tiempo sola —dijo mientras se acercaba—. La gente podría pensar que estás enfadada conmigo.
Me giré hacia ella con lentitud.
—¿Y lo estoy?
Ella soltó una risa suave y se sentó a mi lado, demasiado cerca.
—Claro que no. Tú eres demasiado buena para eso. Por eso Dante te eligió. Porque eres… dócil.
La palabra me rozó como un insulto perfectamente envuelto en seda.
—Lo soy —contesté con calma—. O lo era.
Anastasia inclinó la cabeza, estudiándome.
—Has cambiado estos últimos días. Se te nota en los ojos.
—El cansancio cambia a las personas.
—No es solo cansancio —susurró ella, y por un segundo su sonrisa se volvió más afilada—. Es algo más. Casi parece que estuvieras esperando algo.
Me levante antes de que pudiera seguir hablando.
—Si me disculpas, necesito descansar.
Regresé a la habitación con el corazón latiéndome en los oídos. Ella sospechaba. No sabía qué, pero sospechaba. Tenía que tener más cuidado.
La noche del segundo día fue interminable. Dante no vino a dormir. Escuché su voz y la de Anastasia hasta altas horas de la madrugada, filtrándose por la pared. Risas. Murmullos. El sonido de una cama crujiendo. Me tapé los oídos con la almohada y conté las horas en silencio. Cada minuto era un minuto menos.
El tercer día amaneció con una tormenta lejana gruñendo en el horizonte. El aire estaba cargado de electricidad. Me desperté con el estómago revuelto por los nervios y una certeza fría en el pecho: hoy era el día. Mi padre llegaría. Tenía que estar lista.
Me vestí con cuidado. Elegí un vestido oscuro y práctico, botas bajas, y guardé en un pequeño bolso de tela lo mínimo: una muda de ropa, el teléfono que había escondido, un poco de dinero y el amuleto de plata que mi madre me había dado antes de que me fuera. Lo escondí debajo de la cama, listo para tomarlo en cuanto llegara el momento.
Bajé a desayunar con la espalda recta. Dante y Anastasia ya estaban allí. Él me miró con más atención que los días anteriores.
—Te ves distinta —dijo de pronto.
—Estoy recuperándome —respondí—. Como querías.
Anastasia observó el intercambio en silencio, con una sonrisa pequeña y curiosa.
Pasé la mañana en mi habitación, junto a la ventana, mirando el camino de entrada al bosque. Cada crujido de ramas, cada sombra entre los árboles, me hacía tensarme. El tiempo pasaba demasiado lento y demasiado rápido al mismo tiempo.
Al mediodía Kael tocó a mi puerta.
—Luna —dijo en voz baja cuando abrí—. Hay movimiento en el perímetro norte. Varios lobos. No son de nuestra manada.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cuántos?
—Al menos seis. Bien entrenados. Se están manteniendo a distancia… por ahora.
Asentí, intentando que mi expresión no delatara nada.
—Avísale al Alfa.
Kael me miró un segundo más de lo necesario, como si pudiera oler la verdad en mí, pero solo inclinó la cabeza y se fue.
Me quedé junto a la puerta, con las manos temblando. Mi padre ya estaba aquí. Estaba cerca.
Las horas siguientes fueron un tormento de espera. Escuché a Dante gritar órdenes. Escuché a los guerreros movilizarse. Escuché a Anastasia preguntar con voz asustada qué ocurría. Yo me mantuve en mi habitación, sentada en el borde de la cama, con el bolso escondido bajo la falda y una mano protectora sobre el vientre.
Hacia el atardecer, cuando el cielo se había puesto casi negro por la tormenta que se acercaba, escuché el primer grito.
Luego otro.
Y después el estruendo.
Una explosión sacudió la mansión hasta los cimientos. El suelo tembló. Las ventanas vibraron. El aire se llenó de un ruido ensordecedor y del olor a gas y a polvo. Grité. Me tiré al suelo por reflejo, cubriendo el vientre con ambos brazos. El techo soltó una lluvia de yeso. En el pasillo se escucharon gritos, pasos corriendo, el sonido de algo desplomándose.
Me levanté tambaleándome. El humo empezaba a filtrarse por debajo de la puerta. Agarré el bolso, me cubrí la boca con un trozo de tela y salí al pasillo.
El caos era absoluto. Gente corriendo. Gritos. El ala este —la de Anastasia— estaba parcialmente derrumbada. Vi a Dante gritando su nombre. Vi a Kael intentando organizar a los guerreros. Y entre el humo y el polvo, vi una figura arrastrándose hacia la salida trasera.
Anastasia.
Herida, pero consciente.
Y yo… yo tenía una sola oportunidad.
Sin pensarlo dos veces, me giré en dirección contraria y corrí hacia la escalera de servicio que solo yo conocía bien. Cada paso me dolía. El humo me quemaba los pulmones. Pero no me detuve. No podía detenerme.
Bajé al sótano, crucé el pasadizo húmedo que llevaba hasta el viejo refugio de emergencia al borde del bosque —el mismo que había descubierto meses atrás durante una de mis caminatas solitarias— y solo entonces me permití caer de rodillas, tosiendo, con el bolso apretado contra el pecho y una mano temblorosa sobre el vientre.
A lo lejos, la mansión ardiendo iluminaba la noche con un resplandor anaranjado.
Había escapado.
Pero la verdadera guerra apenas acababa de empezar.
