Capítulo 2 El peso del vínculo

Lyra no habló durante todo el regreso.

El jeep avanzaba por el camino de tierra a toda velocidad, los faros cortando la oscuridad del bosque. Roran conducía en silencio, los nudillos blancos sobre el volante. Los dos guerreros de atrás tampoco se atrevían a decir una sola palabra. El aire dentro del vehículo estaba cargado de algo denso, casi eléctrico, y todos sabían de dónde venía.

Ella.

O, más exactamente, del hombre que acababan de dejar atrás.

Lyra apretaba las manos sobre las rodillas con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la piel a través de la tela. El vínculo no se había calmado. Al contrario. Cada metro que se alejaban de Kael parecía tensarlo más, como una cuerda invisible que tiraba de su pecho hacia atrás. El ardor en la marca del cuello había pasado de un molesto calor a un latido constante, profundo, casi obsceno. Como si la propia piel recordara los dientes de él.

Cerró los ojos un segundo.

Y lo vio.

No en el claro. En la cabaña de hace cinco años. La noche en que todo se rompió. Kael encima de ella, el peso de su cuerpo, la boca en su cuello, la forma en que gruñía su nombre mientras la marcaba. El calor. La promesa. La estupidez de creer que un Alfa como él podía quedarse.

Abrió los ojos de golpe.

—Acelera —ordenó con voz fría.

Roran obedeció sin preguntar.

Cuando llegaron a la casa principal de Silvermoon, Lyra bajó del jeep antes de que el vehículo se detuviera del todo. Varios lobos la esperaban en la entrada. Todos con la misma pregunta en la mirada.

Ella no les dio tiempo.

—Nadie se acerca a la frontera norte sin mi autorización expresa. Refuercen las patrullas. Quiero reportes cada hora. Y si alguien de Blackfang pone un solo pie más allá de los mojones… —su voz bajó, peligrosa— me avisan de inmediato. No disparen. No ataquen. Me avisan a mí.

Roran asintió.

—¿Y él, Luna?

Lyra se detuvo en el umbral de la puerta principal. No se giró.

—Él no es bienvenido. Si intenta entrar, lo detienen. Por las buenas o por las malas.

Subió las escaleras sin esperar respuesta. Cada paso resonaba en el silencio del pasillo de madera. Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, respirando con dificultad.

La marca ardía.

Se arrancó la chaqueta y la camiseta de un tirón. Se plantó frente al espejo del baño y bajó el sujetador lo suficiente para ver el símbolo completo. Las dos líneas curvas que Kael le había dejado. Incompletas. Como una herida que se negaba a cicatrizar. La piel alrededor estaba enrojecida, sensible. Cuando pasó los dedos por encima, un escalofrío le recorrió la espalda y se le instaló bajo el vientre.

—Maldito seas, Kael —susurró.

El bond respondió con un tirón tan fuerte que tuvo que agarrarse al lavabo. Por un segundo, casi pudo olerlo. Bosque. Humo. Macho. Ese olor que solo él tenía y que su lobo reconocía como hogar aunque su mente lo odiara.

Se metió bajo la ducha con el agua lo más fría posible. El chorro le golpeó la nuca, el cuello, la marca. Cerró los ojos e intentó no pensar. No recordar. No sentir.

Falló.

La imagen de Kael en el claro se le clavó detrás de los párpados. Más alto. Más ancho. Más peligroso. La forma en que la miraba como si todavía tuviera derecho a tocarla. La voz baja y ronca prometiendo que no se iría. El hecho de que, por un segundo, su cuerpo hubiera querido dar un paso hacia adelante en lugar de hacia atrás.

Lyra apretó los dientes y se pasó las manos por la cara.

No.

No iba a caer otra vez.

No iba a ser la misma estúpida que se entregó completa a un hombre que la dejó sangrando y sola.

Cuando salió de la ducha, se puso una camiseta holgada y unos shorts. Se sentó en el borde de la cama y se obligó a respirar despacio. El pack necesitaba una Luna fuerte. No una mujer temblando por un fantasma del pasado.

Un golpe seco en la puerta la hizo levantar la cabeza.

—Luna —la voz de Roran sonaba tensa—. Hay… un problema.

Lyra se puso de pie de inmediato.

—¿Qué tipo de problema?

—Él. Está en la entrada principal. Solo. Sin escolta. Y dice que no se va a mover hasta que hables con él.

El silencio que siguió fue absoluto.

Lyra sintió que el vínculo se tensaba de nuevo, más fuerte, como si Kael hubiera sentido que ella lo escuchaba. El ardor en la marca se volvió casi insoportable.

Caminó hasta la puerta y la abrió. Roran estaba allí, la mandíbula apretada, dos guerreros detrás de él.

—Dile que se largue —ordenó ella.

—Ya se lo dije. Tres veces. Solo sonríe y dice que espera.

Lyra cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su expresión era de hielo.

—Entonces que espere. Toda la puta noche si hace falta. No voy a bajar.

Roran asintió, pero no se movió.

—Luna… sus lobos están a menos de un kilómetro. Si pasa algo—

—Si pasa algo, lo matamos —cortó ella—. Pero no voy a darle el gusto de que me vea temblando. Vete.

Cuando la puerta se cerró otra vez, Lyra se dejó caer de espaldas en la cama. Miró el techo de madera oscura. El vínculo latía en su pecho como un segundo corazón. Cada latido era un recordatorio. Cada segundo que Kael estaba ahí abajo era una provocación.

Sacó el teléfono del cajón de la mesita y abrió el chat privado con su contacto más confiable fuera de la manada: una vieja amiga que se movía entre territorios.

Escribió rápido:

Kael Draven está en mi puerta. Necesito saber qué ha estado haciendo estos cinco años. Todo. Especialmente los últimos meses.

La respuesta llegó en menos de dos minutos.

*Joder. ¿El Lobo de Hierro?

Ha estado limpiando manadas enteras. Tres territorios en dieciocho meses. Dicen que busca algo. O a alguien.

Cuidado, Lyra. Ese hombre no vuelve por nada. Vuelve por lo que considera suyo.*

Lyra apagó la pantalla y dejó el teléfono a un lado.

Suyo.

La palabra le revolvió el estómago y, al mismo tiempo, le envió una oleada de calor traicionero entre las piernas. Odio esa reacción. Odio que su cuerpo todavía respondiera a él como si no hubiera pasado ni un día.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver la entrada principal de la casa. Y a él.

Kael estaba de pie bajo la luz de los faroles, las manos en los bolsillos, la mirada fija en la fachada. Como si supiera exactamente en qué habitación estaba ella. Como si pudiera sentirla igual que ella lo sentía a él.

No se movía.

No hablaba.

Solo esperaba.

Lyra apoyó la frente contra el cristal frío.

—Vete —susurró, aunque sabía que no la escucharía—. Vete y déjame en paz de una puta vez.

El vínculo respondió con un tirón profundo, casi doloroso.

Y entonces, como si hubiera oído el pensamiento, Kael levantó la cabeza.

Sus ojos dorados se encontraron con los de ella a través del cristal.

Sonrió.

Lento. Oscuro. Poseído.

Y movió los labios sin emitir sonido, pero Lyra entendió perfectamente las palabras:

No me voy.

El calor le bajó directo al vientre. El ardor de la marca se volvió casi insoportable. Su lobo interior se removió, inquieto, hambriento, traicionero.

Lyra cerró las cortinas de un tirón.

Pero el daño ya estaba hecho.

Kael Draven había vuelto.

Y esta vez, no pensaba irse sin llevarse lo que venía a reclamar.

Ella.

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