Capítulo 4 El lobo en la puerta
El informe llegó a media mañana.
Lyra estaba en su despacho, la misma habitación de paredes de madera oscura y ventanales que daban al bosque, cuando Roran entró con una carpeta gruesa bajo el brazo. El segundo tenía el rostro más tenso de lo habitual. Dejó los papeles sobre el escritorio sin decir nada y esperó.
Ella abrió la carpeta.
Las primeras páginas eran reportes de movimiento. Blackfang había absorbido tres manadas en dieciocho meses. No con diplomacia. Con sangre. Alfas muertos. Segundos ejecutados. Territorios anexados bajo el estandarte negro de Kael Draven. El Lobo de Hierro. El nombre no era casualidad. Cada victoria había sido brutal, estratégica y definitiva.
Pero lo que realmente le heló la sangre fueron las últimas páginas.
Fotografías borrosas. Transcripciones de conversaciones interceptadas. Nombres. Fechas.
Kael no solo había conquistado territorios. Había estado buscando algo. O, más exactamente, a alguien. Durante los últimos dos años, sus lobos habían rastreado cada rumor sobre una Luna marcada con un símbolo incompleto de dos líneas curvas. Habían pagado informantes. Habían amenazado. Habían matado cuando era necesario.
Te buscaba.
Lyra cerró la carpeta con un golpe seco.
—¿Cuánto tiempo lleva en la entrada? —preguntó sin levantar la vista.
—Nueve horas —respondió Roran—. No ha comido. No ha bebido. No se ha movido. Sus lobos siguen a un kilómetro exacto, como si esperaran una señal.
Lyra se pasó una mano por la cara. El vínculo no había disminuido ni un segundo. Al contrario: cuanto más tiempo pasaba Kael ahí abajo, más fuerte se volvía. La marca del cuello latía con un calor constante, casi febril. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus dedos sobre la tela de la camiseta, el aliento caliente en su oído, la promesa obscena que le había susurrado.
Cuando me dejes enterrar la polla dentro de ti otra vez…
Se levantó de golpe.
—Voy a dar una vuelta por el perímetro. Necesito aire.
Roran dio un paso adelante.
—Luna, no es buena idea. Él está—
—Sé exactamente dónde está —cortó ella—. Y no pienso esconderme en mi propia puta casa. Prepárame un jeep. Voy sola.
—Lyra—
La miró. Solo una vez. Fue suficiente. Roran cerró la boca e inclinó la cabeza.
Diez minutos después, Lyra conducía por el camino de tierra que bordeaba el territorio de Silvermoon. El viento frío le golpeaba la cara a través de la ventanilla abierta. Intentaba concentrarse en el bosque, en los olores familiares, en cualquier cosa que no fuera el tirón constante en su pecho.
Falló.
El vínculo la guiaba. Como un hilo invisible. Como una brújula maldita que siempre señalaba hacia él.
Cuando el jeep rodeó la última curva antes de la entrada principal, lo vio.
Kael seguía allí. Exactamente en el mismo sitio. Las manos en los bolsillos. La camisa negra arremangada. El cabello revuelto por el viento. Y esos ojos dorados que la encontraron en cuanto el vehículo apareció.
Lyra redujo la velocidad. Podría haber seguido de largo. Debería haber seguido de largo. En cambio, frenó a escasos metros de él y apagó el motor.
Bajó.
El silencio del bosque los envolvió. Solo se oía el viento entre los pinos y el latido acelerado de su propio corazón.
Kael no se movió. La miró acercarse con esa calma peligrosa que parecía hecha a medida para destrozarla.
—¿Vienes a echarme otra vez? —preguntó con voz baja.
—Vengo a decirte que sé lo que has estado haciendo —respondió Lyra, deteniéndose a dos metros—. Las manadas. Los informantes. Las búsquedas. Me estabas rastreando.
Una sombra cruzó el rostro de Kael.
—Te estaba buscando —corrigió—. Hay diferencia.
—¿Cuál? ¿Que en lugar de mandar una puta carta decidiste conquistar medio norte solo para encontrarme?
Él dio un paso. Luego otro. Lyra no retrocedió. Cuando se detuvo, el espacio entre ellos era mínimo. El olor de Kael la golpeó con fuerza: bosque, humo, piel caliente, macho. El vínculo reaccionó como una bestia hambrienta. Un escalofrío le recorrió la espalda y se le instaló bajo el vientre, traicionero y húmedo.
—Te buscaba porque el vínculo no me dejaba en paz —dijo él, la voz más grave—. Cada noche. Cada luna. Sentía tu dolor. Sentía tu odio. Sentía cómo te negabas a dejar que el vínculo se cerrara. Y yo… yo no podía seguir respirando sabiendo que estabas ahí fuera, marcada a medias, odiándome.
Lyra soltó una risa amarga.
—Qué poético. El gran Lobo de Hierro sufriendo en silencio mientras yo me destrozaba sola.
—No fue en silencio —replicó Kael—. Fue en sangre. Cada territorio que tomé, cada Alfa que derroté, fue para construir algo lo suficientemente fuerte como para protegerte cuando te encontrara. Para que nadie volviera a amenazar lo que es mío.
—No soy tuya.
—Sí lo eres.
La frase salió como un gruñido. Bajo. Posesivo. Absolute. Kael levantó una mano y, esta vez, no rozó la tela. Sus dedos se cerraron con suavidad alrededor de la muñeca de Lyra y la atrajeron un paso más cerca. El contacto piel con piel fue como una descarga. El vínculo rugió dentro de ella. La marca del cuello ardió con tanta fuerza que casi gimió.
—Suéltame —exigió, aunque la voz le tembló.
Kael no la soltó. En cambio, usó la agarre para atraerla todavía más, hasta que sus cuerpos quedaron a escasos centímetros. Su otra mano subió y, con una lentitud deliberada, bajó el cuello de la camiseta de Lyra lo suficiente para dejar al descubierto el borde superior de la marca.
Sus ojos dorados se oscurecieron al verla.
—Sigue incompleta —murmuró, casi para sí—. Cinco años y sigue abierta. Como una herida. Como una invitación.
Lyra intentó apartarse, pero él no se lo permitió. Los dedos de Kael rozaron la piel sensible de la marca. El contacto fue eléctrico. Un calor salvaje le bajó directo entre las piernas, empapándole la ropa interior de un solo golpe. Su lobo interior aulló. Su mente gritó que se alejara. Su cuerpo… su cuerpo se arqueó apenas hacia la caricia.
Kael lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Mírate —susurró contra su oído, la voz cargada de oscuridad y hambre—. Temblando. Mojada. Solo porque te toqué aquí. Imagina lo que va a pasar cuando te baje los pantalones, te abra las piernas y te lama esta marca mientras te follo con los dedos. Imagina lo fuerte que vas a venirte la primera vez que vuelva a estar dentro de ti.
Lyra cerró los ojos con fuerza. El calor era insoportable. El deseo, peor. Odiaba lo fácil que él todavía la desarmaba. Odiaba que cinco años de control se hicieran añicos con una sola caricia y un par de promesas obscenas.
—Déjame —jadeó.
Kael rozó la marca con el pulgar una vez más, lento, deliberado, y luego la soltó. Dio un paso atrás. El aire frío entre ellos se sintió como un castigo.
—Cuando quieras —dijo con calma—. Estaré aquí. No me voy a mover. No voy a atacar a tu manada. No voy a forzar nada… todavía. Pero cada día que pases negándolo, el vínculo va a doler más. Y tú y yo lo sabemos.
Lyra abrió los ojos. La furia y el deseo le peleaban en la mirada.
—Si das un solo paso dentro de mi territorio sin permiso, te disparo yo misma.
Kael sonrió. Esa sonrisa lenta, oscura, que prometía todo tipo de pecados.
—Entonces dame permiso, pequeña Luna.
O sígueme odiando desde la ventana mientras te tocas pensando en mí.
Lyra sintió que la cara se le quemaba. No de vergüenza. De rabia. De la certeza de que él tenía razón. De que esa misma noche, cuando se quedara sola en su habitación, la mano se le iba a ir sola entre las piernas y el nombre que iba a morder contra la almohada sería el suyo.
Se dio la vuelta y caminó de regreso al jeep sin decir una palabra más. Subió, arrancó el motor y pisó el acelerador con más fuerza de la necesaria. En el espejo retrovisor, Kael seguía allí. Inmóvil. Esperando. Como un lobo que ya había decidido que la presa era suya y solo estaba dándole tiempo para aceptar lo inevitable.
Cuando Lyra llegó de nuevo a la casa, Roran la esperaba en la entrada. Una sola mirada a su rostro fue suficiente para que el segundo entendiera que no debía preguntar nada.
—Luna… hay otro asunto —dijo en voz baja—. Uno de los patrulleros del este reportó movimiento extraño cerca del río. No es Blackfang. Es… otra cosa. Huellas que no reconocemos. Y un olor a sangre vieja.
Lyra se tensó de inmediato. El deseo quedó momentáneamente sepultado bajo el instinto de protección.
—¿Cuántos?
—No lo saben. Pero lo suficiente como para preocupar.
Ella asintió una sola vez.
—Reúne a los guerreros. En media hora quiero un informe completo. Y Roran…
—¿Sí?
—Nadie le dice a Kael Draven una sola palabra de esto. ¿Quedó claro?
El segundo inclinó la cabeza.
Lyra subió las escaleras hacia su habitación. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Y por fin dejó que el temblor la recorriera por completo.
La marca ardía.
El vínculo tiraba.
Y entre las piernas, el recuerdo de los dedos de Kael sobre su piel seguía latiendo como una promesa sucia que no iba a poder ignorar mucho más tiempo.
Se dejó resbalar hasta el suelo, la frente apoyada en las rodillas, y susurró contra la tela de sus pantalones la única verdad que ya no podía negar:
—Mierda…
Todavía soy suya.
