Capítulo 1 El vestido que no era mío
El vestido que no era mío
El velo de mi hermana olía a jazmín y a mentira.
Lo supe antes de que nadie gritara. Lo supe en la forma en que el aire de la capilla se quedó quieto, como si el bosque entero hubiera contenido la respiración. Yo estaba de pie a un lado del altar, con el ramillete temblando entre los dedos, cuando la puerta lateral se abrió y no fue Susan quien apareció, sino la costurera, pálida, con un papel arrugado en la mano.
Alejandro no se movió.
Eso fue lo primero que vi. No el caos. No a mi madre llevándose las manos a la boca. A él. Inmóvil bajo la luz de los vitrales, con el traje oscuro cortándole los hombros y la mandíbula tan tensa que parecía tallada. El Alfa de la Manada del Valle Negro esperando a la mujer que había elegido… y recibiendo, en cambio, un silencio demasiado largo.
Leí el papel después, cuando ya no quedaba nadie a quien mentirle.
No puedo. Lo siento. Me voy con Hugo. No me busquen.
Seis líneas. Ni siquiera mi nombre. Ni el de Alejandro. Como si el altar, los pactos y los dos años de compromiso fueran un vestido que uno se quita y deja caído sobre una silla.
—Johanna.
La voz de mi padre me alcanzó en el pasillo de piedra, donde el eco todavía olía a incienso. Don Emilio Valle no gritaba. Nunca lo había necesitado. Bastaba con esa manera de pronunciar mi nombre, como si fuera una herramienta mal guardada.
Entré al estudio.
Mi madre lloraba sin sonido, el pañuelo apretado contra los labios. Mi padre de pie junto al ventanal. Y él.
Alejandro Rivas ocupaba el centro de la habitación sin pedirlo. La lluvia reciente se le había quedado en el cabello. Su olor —bosque, hierro, algo caliente debajo de la rabia— llenó el cuarto antes de que yo cerrara la puerta. Por un segundo absurdo pensé en ir hacia él. En tocarle la manga. En decirle que lo sentía, que yo también había creído que Susan iba a aparecer al fondo de la nave con esa sonrisa que apagaba el mundo.
No di un paso.
Porque él levantó la vista y me atravesó como se atraviesa un mueble: útil, ajeno, intercambiable.
—La alianza se firmó hace un año —dijo mi padre, sin mirarme todavía—. Territorio del norte. Paso de caza. Sangre mezclada. El Consejo no va a aceptar que el Alfa se quede sin Luna la misma mañana en que debía tomarla.
—Susan se fue —replicó Alejandro. La voz le salió baja, raspada—. Eso no se arregla con palabras.
—Se arregla con otra hija.
El silencio que siguió tuvo peso. Lo sentí en la garganta, en el hueco debajo del pecho, en esa parte de mí que llevaba años guardando su nombre como se guarda una brasa: con cuidado, para no quemarse del todo.
—Johanna es Omega —añadió mi padre, y por fin me miró—. Obediente. Fértil. Nadie va a cuestionar el linaje si el Alfa la acepta esta misma semana.
Obediente. Fértil.
Ni siquiera “mi hija”.
Alejandro se volvió hacia mí. De verdad, esta vez. Los ojos oscuros recorrieron mi cara como quien busca una falla en un contrato. Yo tenía el vestido de dama de honor todavía puesto, el color crema demasiado cerca del blanco que debía haber llevado Susan. El ramillete se me había deshecho entre los dedos; un pétalo húmedo se me quedó pegado a la palma.
—¿Tienes veinte? —preguntó él.
—Sí.
—¿Loba?
—Sí —mentí solo a medias. La mía existía. Dormida. Avergonzada de mí desde hacía tanto que a veces olvidaba su calor.
Él asintió una sola vez.
No preguntó si lo amaba. No preguntó si yo quería. No preguntó cómo se sentía ocupar el hueco que acababa de dejar otra mujer. En su lugar hizo lo que hacen los Alfas cuando el orgullo les sangra y no pueden permitirse mostrar la herida: convirtió el desastre en una orden.
—El jueves —dijo—. Ceremonia cerrada. Sin fiesta. Sin discursos.
Mi madre sollozó más alto.
Yo no. Yo me quedé muy quieta, porque si me movía iba a notar que las rodillas no me pertenecían. Dentro de mí, algo antiguo y tonto —esa niña que lo veía entrenar al borde del bosque y se aprendía de memoria la forma de su espalda— se puso de pie con una alegría enferma.
Vas a ser suya.
La otra parte, la que ya entendía el precio, solo alcanzó a pensar:
No. Voy a ser lo que le queda.
Alejandro pasó junto a mí al salir. No me rozó. Ni siquiera desvió el hombro. Y aun así el aire que dejó atrás me golpeó en la boca del estómago, caliente y cruel. Por un instante creí percibir otra cosa bajo su rabia: un temblor. Un hombre al que le habían arrancado el futuro con seis líneas de tinta.
Luego la puerta se cerró y ese temblor dejó de importar.
Me quedé frente al ventanal cuando ya éramos solo tres. Abajo, en el patio de la capilla, alguien recogía las flores que no se habían usado. El ramo de Susan yacía sobre el primer escalón, abierto como una boca.
—Te has puesto pálida —murmuró mi madre, acercándoseme por fin, tardía—. Es un honor, Johanna. Ser Luna. Pocas Omegas…
—Lo sé —dije.
Mi voz sonó serena. Casi dulce. La misma voz con la que toda la vida había aceptado el segundo plato, el segundo vestido, el segundo lugar en la fotografía de la familia.
Honor.
Lo que yo sentía no tenía ese nombre. Era más espeso. Más vergonzoso. Un hambre antigua que por fin encontraba mesa… y descubría que el plato venía frío.
Esa noche no dormí.
En mi habitación, al fondo del ala este, el vestido de novia de Susan ya estaba tendido sobre la cama. Alguien lo había traído mientras yo firmaba papeles que no leí. El encaje olía a ella. A su perfume. A la vida que se había llevado puesta.
Lo toqué con la yema de los dedos.
Era hermoso. Demasiado. Me iba a quedar corto de pecho y largo de pretensión. La costurera vendría al amanecer a meterle alfileres al cuerpo equivocado.
Me senté al borde del colchón y apoyé la palma sobre el corpiño, donde el corazón de mi hermana debería haber latido en unas horas. En su lugar latía el mío, demasiado rápido, demasiado consciente.
Tres días.
En tres días Alejandro Rivas iba a pronunciar votos frente a mí sin mirarme.
En tres días yo iba a ser su esposa porque la manada necesitaba un vientre y un sello.
Y lo peor —lo que no iba a confesarle ni a la loba que se removía, inquieta, bajo mi piel— era que una parte de mí, pequeña y desleal, ya estaba agradecida.
Porque aunque él me tomara con el alma puesta en otra, aunque me atravesara con esa indiferencia que duele más que un golpe, al menos por primera vez en mi vida no iba a tener que amarlo desde la orilla.
Iba a amarlo desde adentro de su casa.
Aunque esa casa nunca tuviera pensada una habitación con mi nombre.
