Capítulo 10 Sin acta

Sin acta

El pan debajo de la almohada amaneció duro.

Lo toqué con dos dedos. Migas en la funda. La nota, doblada, todavía olía a tinta de decreto. Come. Aunque sea pan. Me senté. Partí un extremo. Lo masticé despacio, mirando el ventanal, hasta que el estómago aceptó el primer bocado y rechazó el segundo. Lo dejé en el plato del tocador. Una prueba a medias. Como todo en esa casa.

El ama no trajo café.

—Dijo que el médico sube solo —anunció desde la puerta, ya de retirada—. Que no entre nadie. Ni el Consejo.

—¿Ni él?

Ella bajó la vista a la bandeja vacía.

—Eso no me lo dijeron.

Se fue.

Me lavé la boca. Me puse un vestido de cuello alto, el verde otra vez, porque el claro me hacía sentir desnuda. Me recogí el pelo. En el espejo tenía la misma cara de la víspera: ojeras, labios secos, esa palidez que Lope iba a leer como “blanco” si le dejaban olerme otra vez.

Golpearon.

Tres veces. Cortas.

—Pase.

El médico cerró con el codo. Traía un maletín de cuero gastado y las manos ya limpias. Sin Don Silvestre detrás, se le veía mayor. Más cansado. Dejó el maletín sobre la silla, no sobre la cama, y se quedó de pie hasta que yo asentí.

—Siéntese.

Me senté en el borde. Él, en la silla. Abrió el maletín. Una tela. Un frasco. Nada que brillara. Nada de acta.

—Ayer hablé de más delante de ellos.

No pedía perdón. Lo constaba.

—Hoy no escribo. Hoy pregunto. Usted responde lo que quiera. Lo que no quiera, lo calla. ¿Le parece?

Asentí.

—El vómito.

—Una vez. Después, vacío.

—Sangre.

—No.

—Dolor aquí. —Se tocó el bajo vientre, sin acercarse.

—Tirantez. Como un nudo.

—Pecho.

Vacilé. Cruzé los brazos. El vestido me quedó de pronto demasiado fino.

—Sensible. Un poco.

Él anotó en el aire, con la mirada, no en papel.

—¿El Alfa viene todas las noches.

La pregunta cayó sin adorno. Me fui a la trenza, aunque no la tenía hecha. Me encontré los dedos en el cuello.

—Cuando decide.

—¿Duele.

—No.

—¿Quiere.

Le sostuve la vista. Él no apartó la suya. No había lascivia. Había oficio. El oficio de un hombre que ha visto demasiadas Lunas firmadas y pocas elegidas.

—Eso no le cambia el vientre —dije.

—Le cambia el olor. El estrés también. Ayer dije agrio. Sigue agrio.

Se levantó.

—Muñeca.

Se la tendí.

Olió. Más tiempo que delante del Consejo. El pulgar me sujetaba el tendón, firme, impersonal. Después el codo. Después, con un gesto, me pidió que girara la cabeza. Su respiración en la garganta. Cerré los ojos. El estómago dio un vuelco. Me agarré al borde del colchón.

—Eso —murmuró—. Ahí.

Se apartó. Me alcanzó el vaso del tocador. Agua. Bebí. Se me escapó un hilo por la comisura y lo limpié con el dorso, rápido, como si él no pudiera verlo.

—No está preñada. No que yo pueda jurar. El ciclo se le atrasó por el sello, por el traslado, por… esto. —Movió la mano, abarcando la habitación, la puerta, el pasillo entero—. Si en dos semanas no baja, volvemos. Si vomita sangre, esa misma hora.

—El Consejo quiere señal ahora.

—El Consejo quiere un número. Usted no es un número. Aunque la hayan escrito como uno.

Me reí. Chico. Feo.

—Dígales eso.

—Se lo diría. Me echan. Y le ponen otro que sí anote.

Se sentó otra vez. Cerró el maletín sin usarlo. Los dedos le quedaron cruzados sobre la tapa.

—Ahora lo que no está en el acta.

El aire se me quedó a medio pecho.

—Hay otro olor en esta casa —siguió, bajo—. No el suyo. No el del Alfa solo. Femenino. Viejo y reciente a la vez. Como alguien que se fue y dejó el perfume en la madera… o como alguien que todavía escribe.

La taza invisible se me cayó dentro.

Jugué con el dobladillo. Lo retorcí. Lo solté.

—No sé de qué habla.

—Sí sabe.

No era acusación. Era cansancio.

—Yo no abro cajones ajenos —continuó—. Tampoco voy a escribir “Susan Valle” en un informe. Pero su loba está agria porque pelea con un rastro que no le corresponde. Eso no se cura con más noches. A veces se cura con aire. A veces no se cura.

—¿Qué quiere que haga.

—Coma. Duerme cuando pueda. No deje que Lope la huela como a yegua. Y si esa carta… si ese olor se pone más cerca, no se trague el vómito para que el acta se vea bonita.

Me tembló el pulgar. Lo escondí bajo el muslo.

—Si se lo digo a él, va a cerrar más el cajón.

—Entonces no se lo diga. Se lo estoy diciendo a usted.

Pasos en el pasillo.

Los dos alzamos la cabeza. El médico se puso de pie, maletín en la mano, cara de visita formal. La puerta se abrió sin que nadie dijera “adelante”.

Alejandro.

Camisa de caza. El pelo todavía húmedo. Vio al médico de pie. Me vio a mí en el borde de la cama, el vaso en el suelo ahora, no recuerdo haberlo dejado ahí. Cerró.

—¿Y?

El médico abrochó el maletín.

—Sin señal. Ciclo atrasado. Náusea de estrés. Reposo. Comida. Que el Consejo no la olfatee cada mañana como a un frasco.

—Eso ya lo oí ayer.

—Ayer había acta. Hoy no. Hoy le digo que si la siguen apurando, el cuerpo se cierra. Y entonces sí van a tener un problema de lunas.

Alejandro apoyó la mano en el marco. Los nudillos, blancos.

—¿Algo más.

El médico me miró. Un segundo. Yo negué, mínimo, con los ojos. Él asintió igual de mínimo.

—Nada que poner en papel.

Salió. El pasillo se lo tragó. Quedamos los dos y el vaso en el piso. Alejandro lo recogió. Lo dejó en el tocador, alineado, como si un vaso chueco fuera el verdadero desorden de esa habitación.

—Te oí hablar.

—Te oí entrar.

Se pasó el pulgar por el puño. El hilo.

—¿Qué más te preguntó.

—Si venías todas las noches. Si dolía. Si quería.

La última palabra le quedó en el aire. Él la sostuvo. No la devolvió.

—¿Y tú qué le dijiste.

—Que eso no le cambia el vientre.

Se rio por la nariz. Corto. Sin gracia.

—Tienes razón.

Se acercó. No hasta la cama. Hasta el ventanal. Corrió un palmo de cortina. La luz le partió la cara.

—Silvestre va a querer oírlo de mí.

—Que se lo oiga. Total ya lo huele.

—Johanna.

—Dime.

—No le cuentes cosas de esta casa a un médico.

Apreté el dobladillo otra vez.

—No le conté de esta casa. Él la olió.

Se volvió.

El silencio se nos sentó entre los dos, pesado, el de siempre, el del listón y el cajón y el nombre contra el roble. Él abrió la boca. La cerró. Fue hasta la puerta. Se detuvo.

—El pan.

Parpadeé.

—¿El qué.

—Estaba debajo. El ama lo vio al tender. Dijo que lo partiste.

No supe si era reproche o inventario.

—Se puso duro.

—Te mandé uno fresco. Está en la cocina. Baja cuando quieras.

Se fue.

No cerró del todo. Un palmo. Como la primera vez que el estudio quedó entreabierto y el sobre estaba encima.

Bajé.

En la cocina había un pan redondo, todavía tibio, tapado con un paño blanco. El ama no estaba. Corté una rebanada. Me la comí de pie, apoyada en la mesa de trabajo, las migas cayéndome por el vestido verde. Esta vez el estómago la aceptó. Tres bocados. Cuatro. Paré.

Marta Ríos apareció en el umbral con un cuaderno de cuentas contra el pecho.

—El médico ya habló con Silvestre —dijo, sin entrar—. “Estrés”. La palabra no le gustó. Prefiere “demora”.

—¿Y Lope.

—Lope prefiere “que el Alfa persista”.

Me limpié las migas con la palma.

—¿Usted qué prefiere.

Marta giró el anillo.

—Que no se le ocurra vomitar en la sala. Y que no se le ocurra, tampoco, decir en voz alta lo que el médico no escribió.

Me sostuvo la mirada un segundo de más.

—Hay olores que las casas viejas no disimulan, Johanna. Aunque las Lunas sonrían.

Se fue.

Subí el pan que sobraba, envuelto. Lo dejé en el tocador, no bajo la almohada. La nota de él la saqué, la leí otra vez —tres palabras, un punto— y la guardé en el fondo de un cajón mío, el de los pañuelos, el único que no tenía llave porque a nadie le importaba lo que una Omega guardara.

Por la tarde no vino nadie a olerme.

Eso, extrañamente, me dejó más espacio para oír.

Oí al ama discutir con un criado por las sábanas. Oí a Lope reír en el patio de armas. Oí, lejos, el negro de Alejandro resoplar. Y oí, cerca de las cinco, el chasquido de un cajón en el estudio. Uno solo. Después nada.

No bajé.

Al anochecer me senté en el alféizar otra vez. La ventana abierta. El bosque. El metal en la boca, más flojo. La loba, agria, dándole vueltas a eso que el médico no había querido escribir: femenino, viejo y reciente. Perfume en la madera. Tinta en un sobre.

Pasos.

No entró.

Se detuvo al otro lado. El olor se filtró. Bosque. Hierro. Pan, ahora, también, como si hubiera pasado por la cocina y hubiera comprobado la rebanada que faltaba.

—¿Comiste.

La voz, contra la madera. Baja.

—Tres bocados.

—Mañana cuatro.

—No soy una cuenta.

Silencio.

—Lo sé.

Otro silencio. Más largo. Creí que se iba. El picaporte giró. No del todo. Como quien prueba si hay llave y encuentra que no.

—¿Entro.

Preguntó.

La pregunta era nueva. Las otras noches no había preguntado.

Miré el vaso alineado. El pan. Mi cajón de pañuelos. El borde de la cama donde el médico había dicho Susan sin decirlo.

—Hoy no.

Se le oyó el aire. Un golpe chico, la frente o la palma contra el marco. No fuerza. Cansancio.

—Está bien.

Pasos. El ala de él. La raya de luz, después.

Me quedé en el alféizar con la mano en el vientre, plano, callado, y le hablé a la loba como se le habla a una niña que ha oliendo una cosa que no debía.

—No es hijo. Es ella.

La loba no contestó.

No hacía falta.

En el pasillo, lejos, un papel se deslizó otra vez. Lo oí. No me levanté de inmediato. Conté hasta diez. Hasta veinte. Fui.

No era su letra.

Era la otra.

Crema. La A inclinada. La R de Rivas. Sin lacre esta vez. Solo mi nombre no. El suyo. Alejandro. Deslizada bajo mi puerta. Como si el correo de la madrugada se hubiera equivocado de ala. O como si alguien, en esta casa, hubiera decidido que yo también podía oler el sobre.

No la abrí.

No la toqué más de lo necesario para meterla debajo del pan, entre el plato y la madera, donde el ama no tendiera.

Cerré la puerta.

Esta vez, sí, con llave.

Y me senté en el piso, de espaldas a la madera, oyendo mi propia sangre, esperando que él viniera a buscar un correo que ya no estaba en su estudio.

Los pasos no llegaron.

Llegó, en cambio, el entendimiento, frío, preciso, de que la guerra de los nombres había cambiado de cuarto.

Ya no se peleaba solo detrás del roble.

Se peleaba debajo de mi puerta.

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