Capítulo 2 Los alfileres

Los alfileres

Amaneció con el encaje sobre la cama, como si Susan hubiera dormido ahí y se hubiera levantado sin hacer ruido.

No la había tocado en toda la noche. Me limité a sentarme en el borde del colchón, con los pies descalzos sobre la alfombra fría, mirando el corpiño como se mira una sentencia que todavía no se firma. El jazmín de mi hermana se había metido entre las sábanas. Cada vez que respiraba, la habitación me devolvía su ausencia con perfume.

Golpearon a la puerta antes de que el sol terminara de subir.

—Señorita Johanna —dijo la costurera, ya con la boca llena de alfileres—. Doña Catalina quiere que pruebe.

Mi madre no preguntó si había dormido. Entró detrás de la mujer, con el pañuelo todavía arrugado en la manga y los ojos secos de tanto habérselos frotado. En su cara ya no había llanto. Había prisa. La prisa de quien necesita que el escándalo se convierta, cuanto antes, en una ceremonia presentable.

—Date prisa —ordenó—. El Alfa confirmó el jueves. El Consejo quiere ver el lazo sellado antes de que corran más rumores.

Me quité el camisón.

No sentí vergüenza de mi cuerpo. Sentí otra cosa, más fina y más cruel: la certeza de que ese cuerpo iba a ser medido para un hombre que no lo había elegido. La costurera me hizo subir a un banquito. El vestido de Susan cayó sobre mí con un suspiro de tela pesada. El encaje me raspó los hombros. El corpiño, pensado para otro pecho, me apretó el aire contra las costillas.

—Lo vamos a meter aquí… y aquí —murmuró la mujer, pellizcándome la cintura como si yo no estuviera dentro—. La señorita Susan era más alta.

Mi madre asintió, satisfecha de que hubiera solución.

Yo miré el espejo.

La mujer que me devolvía no era Luna. Era una imitación reciente. El escote me quedaba un dedo más abierto de lo decente. El velo, todavía sin prender, colgaba de un respaldo como una niebla barata. Y debajo de todo eso —debajo del encaje ajeno y de los alfileres que ya empezaban a picarme la piel— latía un corazón estúpido, agradecido, que no sabía pedir otra cosa que no fuera su boca pronunciando mi nombre.

Alejandro.

Lo había amado desde los dieciséis, cuando todavía no tenía derecho a desear a un Alfa. Lo veía bajar del bosque con la camisa oscura de sudor y una autoridad que no necesitaba alzar la voz. Yo le alcanzaba el agua en las reuniones de territorio y él decía “gracias” sin mirarme del todo, y yo guardaba esa palabra como se guarda un pecadillo.

Ahora iba a ser su esposa.

Y él iba a seguir sin mirarme del todo.

—No pongas esa cara —dijo mi madre, ajustándome una manga—. No es un funeral.

Quise contestarle que, para él, sí lo era.

No lo hice.

A media mañana llegó el olor.

Lo reconocí antes que los pasos. Bosque mojado. Hierro. Esa calidez contenida que en Alejandro nunca era ternura, sino poder. Me sobresalté encima del banquito y un alfiler se me clavó junto a la clavícula. Un hilito de sangre manchó el encaje.

—Quieta —chistó la costurera.

La puerta del salón se abrió en el piso de abajo. La voz de mi padre, demasiado cordial. La de él, breve. No subió de inmediato. Recorrió primero la casa como si midiera las paredes, como si buscara todavía a la mujer que se había llevado el futuro bajo el brazo.

Cuando por fin apareció en el umbral de mi habitación, la costurera se inclinó. Mi madre también. Yo no pude. El vestido me tenía presa y, además, las rodillas me duraron justo lo suficiente para no caerme.

Alejandro se detuvo.

Me miró de arriba abajo con esa lentitud que no era deseo. Era inventario. El encaje. El escote. La gota de sangre en la clavícula. El velo que aún no me pertenecía. En sus ojos no hubo sorpresa. Hubo una confirmación amarga, la de quien acepta el reemplazo porque el orgullo no le deja otra moneda.

—Salgan —dijo.

No lo gritò. No hacía falta.

Mi madre dudó un segundo, lo bastante para dejarme sola con él y, al mismo tiempo, no tanto como para protegerme. La puerta se cerró. El silencio se nos sentó entre los dos con el peso de un tercer cuerpo.

Él dio un paso.

Otro.

Se detuvo lo bastante cerca para que el calor de su pecho me alcanzara el cuello. No me tocó. Aun así sentí los alfileres como si cada uno fuera una advertencia.

—Te queda grande en los hombros —dijo.

La voz le raspaba, usada por una noche sin dormir.

—Lo van a ajustar.

—No hablo del vestido.

Me subió la sangre a la cara. No supe si era un insulto o la única honestidad que iba a darme. En el espejo, a su espalda, yo parecía más pequeña. Él llenaba el marco entero: la mandíbula tensa, la sombra del insomnio bajo los ojos, esa boca que yo había imaginado demasiadas veces contra mi piel y que ahora estaba a un suspiro de distancia… hablando de lo que me faltaba.

—No voy a pedirte que la sustituyas en su cama con el mismo entusiasmo —continuó, y cada palabra me llegó tibia a los labios—. Voy a pedirte que cumplas. La manada necesita una Luna. Un vientre. Un sello. Eso es todo.

El “eso es todo” me entró más hondo que cualquier alfiler.

Asentí.

Porque si abría la boca iba a decirle que lo amaba, y no hay humillación más limpia que ofrecer un corazón a quien lo considera trámite.

Él inclinó la cabeza, apenas. El gesto de un Alfa que da por cerrada una negociación. Entonces hizo algo que no esperaba: levantó la mano y me retiró un alfiler que se le había quedado atravesado al encaje, justo sobre el pecho. Los dedos le rozaron la tela. No la piel. Y aun así el roce me recorrió la espalda como una llama puesta de lado.

Guardó el alfiler en el bolsillo del saco, como si se llevara una prueba.

—El jueves no llores —dijo—. No frente al Consejo.

—No voy a llorar.

Por primera vez, algo se le movió en la mirada. No fue ternura. Fue el reconocimiento seco de que yo también sabía mentir.

Se volvió para salir y se detuvo otra vez, con la mano en el marco.

Sobre el tocador, olvidado desde la víspera, había un listón color vino. El que Susan iba a llevar en el pelo. Alejandro lo vio. Lo tomó entre dos dedos. Lo sostuvo un segundo demasiado largo, como si el listón pudiera devolverle el perfume entero de una vida.

Luego lo dejó donde estaba.

No me miró al irse.

Cuando la puerta se cerró, me temblaron las manos. La costurera volvió a entrar, disculpándose, y siguió pinchándome la cintura. Yo sonreí lo justo para que no preguntara. Por dentro, sin embargo, algo se me había desordenado de un modo que ya no tenía arreglo: él había estado lo bastante cerca para oírme el corazón… y había preferido el listón de mi hermana.

Esa tarde, en el patio de los tilos, las mujeres de la manada hablaban sin bajar del todo la voz.

—Pobre Alfa.

—La Omega, al menos, no va a dar guerra.

—Una Luna de reemplazo no es Luna.

Yo pasé junto a ellas con el chal puesto sobre el vestido a medio ajustar y saludé con la cabeza, educada, invisible, exactamente como había sido toda la vida. Nadie me detuvo. Nadie me dio el pésame. El pésame, al parecer, era solo para él.

Al anochecer encontré a mi padre en el estudio, sellando sobres.

—Vas a firmar esto —dijo, empujándome un documento sobre el escritorio—. Cesión de derechos de Luna. Residencia en la Casa Alta. Obligación de heredero en el plazo que fije el Consejo.

Leí la primera línea.

Johanna Valle, Omega, acepta sustituir el vínculo pactado con Susan Valle…

Sustituir.

Ni siquiera “contraer”.

Firmé.

La pluma me manchó el dedo índice. Guardé la mano bajo la mesa para que él no viera el temblor. Por la ventana, lejos, las luces de la Casa Alta ya estaban encendidas. Allá viviría a partir del jueves. Allá dormiría —si es que se podía llamar dormir a lo que venía— al lado de un hombre que todavía llevaba el listón de otra en la memoria.

Subí a mi habitación.

El vestido seguía en el maniquí, ya más estrecho, ya más mío a la fuerza. Me planté delante y me hablé en voz baja, como se le habla a una niña que está a punto de cometer una estupidez sagrada:

—Lo amas. Está bien. Ámalo callada. Ámalo de pie. Ámalo aunque te tome con los ojos cerrados.

La loba, esa presencia tibia y avergonzada que casi nunca se asomaba, se removió al fondo de mi sangre. No para protegerme. Para advertirme.

Algo en el bosque, más allá de los límites de la manada, pareció escucharla.

No supe ponerlo en palabras. Solo sentí —un segundo, no más— que el jueves no era un final. Que era una puerta. Y que las puertas, cuando se cierran sobre una mujer que firma su propio borramiento, suelen abrirse después hacia un sitio mucho más oscuro.

Apagué la lámpara.

En la oscuridad, el encaje seguía oliendo a jazmín.

Y yo, con los alfileres todavía picándome la piel, entendí la primera ley de mi matrimonio:

No me iban a pedir que fuera feliz.

Me iban a pedir que cupiera.

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