Capítulo 3 El sí
El sí
El jueves llegó sin campanas.
En la Manada del Valle Negro, las bodas de un Alfa suelen partir el aire: tambores, vino, el bosque entero asomado a los muros. Esta no. Esta se celebró con las puertas laterales cerradas y apenas doce testigos, lo bastante para que el Consejo no pudiera alegar ausencia y lo bastante pocos para que el rumor no encontrara fiesta donde sentarse.
Me peinaron en silencio.
El velo, por fin sujeto con horquillas que me lastimaban el cuero cabelludo, olía otra vez a jazmín. Habían lavado el encaje. Habían quitado la gota de sangre de la clavícula. Habían hecho del vestido de Susan un traje capaz de sostenerse sobre mí sin caerse. Nadie mencionó que, al caminar, la cola seguía siendo un palmo más larga de lo que mi paso pedía. Yo la iba recogiendo con los dedos, como se recoge una deuda.
Mi padre me esperaba al pie de la escalera.
—Hoy no eres Omega —dijo, ofreciéndome el brazo—. Hoy eres la solución.
Sonreí.
Las soluciones no tiemblan. Yo sí, por dentro, en un sitio que no se veía bajo el encaje.
La capilla estaba fría. El incienso de tres días atrás aún dormía entre las vigas. Al fondo, el vitral del lobo y la luna —el mismo que había iluminado la huida de mi hermana— dejaba caer un rectángulo azul sobre las losas. Alejandro ya estaba ahí.
De espaldas.
La chaqueta oscura le afilaba los hombros. El cabello, todavía húmedo, le pegaba a la nuca. No se volvió cuando la puerta se abrió. No se volvió cuando los doce se pusieron de pie. No se volvió siquiera cuando el anciano del Consejo, Don Silvestre, aclaró la garganta con esa tos que en las manadas equivale a un decreto.
Solo entonces, cuando el brazo de mi padre ya me entregaba, Alejandro giró el rostro.
Me miró un segundo.
Un segundo cabe en todas partes: en una mentira, en un adiós, en la última duda de un hombre que todavía espera ver aparecer a otra mujer al fondo de la nave. En sus ojos no hubo el destello del lazo. Hubo la confirmación de un contrato. Después desvió la vista hacia el vitral, hacia esa luna de vidrio que no parpadeaba, y ahí se le quedó la atención como si el color azul pudiera devolverle lo que el altar le había quitado.
Don Silvestre habló de territorio, de sangre, de la continuidad de la manada. Habló de la Luna como pilar y de los herederos como deber. No habló de amor. En el Valle Negro el amor es un lujo que se menciona después, si acaso, cuando ya hay crías durmiendo.
—Alejandro Rivas, Alfa —dijo el anciano—. ¿Aceptas a esta mujer como Luna de tu casa, madre de tu linaje y sello de tu palabra ante el Consejo?
El silencio se alargó lo suficiente para que yo oyera mi propia sangre.
Él no me miró.
Miró el vitral.
—Acepto.
La palabra cayó redonda, perfecta, vacía.
—Johanna Valle, Omega —siguió Don Silvestre—. ¿Aceptas a este Alfa como esposo, señor de tu lealtad y padre de los hijos que la manada exige?
Había ensayado el sí en la oscuridad de mi cuarto, mil veces, desde los dieciséis. Nunca imaginé que iba a saberme tan claro en la boca y tan roto en el pecho.
—Acepto.
Mi voz no se quebró. Eso, al menos, se lo debía a la orden de no llorar.
Nos hicieron acercar las manos.
Las suyas estaban calientes. No con fiebre de deseo: con la temperatura natural de un cuerpo que ha nacido para mandar. Me envolvió los dedos con una firmeza ritual, la justa para que el anciano atara alrededor de nuestras muñecas la cinta de cuero crudo, oscura, impregnada del aceite de los votos. El nudo apretó. Su pulso latió contra el mío una vez, dos, tres… y no buscó el ritmo del mío. Siguió el suyo, solo, como un tambor que no necesita orquesta.
Luego vino la sangre.
Don Silvestre tomó el cuchillo ceremonial —hoja corta, mango de asta— y nos abrió a cada uno una línea fina en la palma. El corte fue limpio. El mío ardió con un orgullo tonto; el de él ni siquiera le movió la mandíbula. Juntaron nuestras heridas. Palma contra palma. La sangre tibia se reconoció, se mezcló, buscó el lazo que en las parejas verdaderas enciende un hilo de oro detrás del esternón.
Esperé.
Cerré los ojos.
Rezé a cuanto dios de bosque conocía mi loba dormida.
Nada.
O casi nada: un calor breve, una chispa cobarde que se asomó y se apagó, como un fósforo bajo la lluvia. El aceite, la cinta, la sangre… y el vínculo se quedó a medio camino, una puerta entreabierta que no invitaba a entrar. Oí, o creí oír, un rumor entre los testigos. El rumor de quienes esperaban la luz y recibieron humo.
Alejandro retiró la mano apenas Don Silvestre desató el cuero.
No miró la herida. Se pasó el pulgar por la raya de sangre con impaciencia de quien termina un trámite y ya está pensando en la siguiente sala.
—Queda sellado —declaró el anciano—. Que la manada reconozca a su Luna.
Nadie aplaudió.
Un par de cabezas se inclinaron. Mi madre se llevó el pañuelo a la boca. En la última fila, una mujer de pelo blanco —la viuda del antiguo Beta— me sostuvo la mirada con algo que no era desprecio. Era lástima. La lástima es más honesta que el aplauso y duele más.
Firmamos el libro.
Su nombre, primero, con esa letra angular que yo había visto mil veces al pie de decretos de caza. El mío, debajo, más tembloroso de lo que hubiera querido. Al cerrar el volumen, el olor a cuero viejo y a tinta se me quedó en los dedos junto a la sangre ya seca.
Salimos por la puerta chica, la que da al claustro de los tejos. El aire de la tarde me golpeó la cara con olor a tierra húmeda. Por un instante absurdo pensé que él iba a ofrecerme el brazo. Que, ya casados, algo mínimo —un gesto para los doce pares de ojos— iba a ocurrir.
Caminó medio paso delante de mí.
La cola del vestido se me enganchó en una raíz. Me agaché a soltarla y, cuando alcé la vista, él se había detenido. No para ayudarme. Para esperar, con la impaciencia contenida de quien no puede permitirse que su Luna nueva llegue a la Casa Alta con el dobladillo roto. Me incorporé. Seguí. El encaje recogido otra vez entre los dedos.
En el umbral de la capilla, Don Silvestre nos alcanzó.
—El Consejo espera el cumplimiento —dijo, sin bajar la voz lo bastante—. Heredero. El plazo es de dos lunas para la primera señal. La manada no está para Lunas decorativas.
Alejandro asintió una sola vez.
Yo sentí el plazo clavárseme en el vientre con más fuerza que el cuchillo.
Dos lunas.
Dos lunas para que un hombre que no me había mirado en el altar me tomara lo bastante como para que mi cuerpo contestara. Dos lunas para convertir el amor que yo cargaba desde niña en una prueba médica.
El carruaje de la Casa Alta olía a madera encerada y a él. Nos sentamos en bancos opuestos. El vestido me llenaba el asiento; a él le sobraba el resto del mundo. A través de la ventanilla, el bosque corría hacia atrás: los mismos árboles bajo los cuales yo lo había visto entrenar, años atrás, con la boca seca y el corazón aprendiendo su nombre.
Ahora ese nombre era el de mi esposo.
—No habrá banquete —dijo él, mirando también el bosque, no a mí—. Cenas en la sala chica. Mañana el Consejo pasa a saludar. Hoy… hoy se cumple lo que hay que cumplir.
La última frase no subió de tono. No hizo falta. El carruaje dio un bandazo en un charco y nuestras rodillas se rozaron bajo la tela. El contacto duró menos que un parpadeo. Él apartó la pierna. Yo dejé la mía donde estaba, castigándome con la ausencia de ese calor mínimo.
En la Casa Alta me esperaba una habitación que no era la suya.
Me lo anunció el ama de llaves sin crueldad, que es la forma más exacta de la crueldad: la nupcial quedaba al fondo del ala oeste; la del Alfa, detrás de una puerta de roble que yo no debía cruzar salvo cuando él lo dispusiera. Me quitaron el velo. Me desprendieron las horquillas. El jazmín se me quedó en el pelo como una visita que no se marcha.
Cuando me dejaron sola, me miré las palmas.
La raya del rito ya no sangraba. Solo había una línea oscura, fina, que no brillaba. Me la llevé a los labios, no para besarla: para comprobar si todavía ardía.
Ardía.
Pero el ardor era mío. No nuestro.
Golpearon.
No era el ama de llaves. El olor se filtró por debajo de la madera antes que la voz.
—Al anochecer —dijo Alejandro desde el otro lado, sin entrar—. Deja la puerta sin llave.
Se alejó.
Me quedé de pie en mitad de la habitación prestada, con el vestido de mi hermana cayéndome de los hombros y la orden de mi esposo calentándome la nuca. Afuera, el vitral de la capilla ya no se veía. Adentro, sin embargo, yo seguía oyendo su “acepto” dicho a un vidrio.
Y entendí, con una claridad que me dejó sin aire, que la boda había terminado para todos… menos para mí.
Para mí empezaba ahora.
Cuando el sol se acabara.
Cuando la puerta se quedara sin llave.
Cuando el hombre que acababa de jurarme linaje viniera a cobrarlo con la misma voz con la que se cobra un impuesto.
Apreté la palma marcada contra el pecho, ahí donde el lazo había debido encenderse y solo había humo.
—Está bien —le susurré a la loba, que se había encogido al fondo de mi sangre—. Si no quiere verme, que me sienta. Aunque sea una vez. Aunque sea en la oscuridad.
El bosque, más allá de los muros, contestó con un viento largo.
No supe si era un consuelo o un aviso.
