Capítulo 4 La puerta sin llave

La puerta sin llave

El sol se acabó sin pedirme permiso.

Me quité el vestido yo sola. El encaje resistió en la espalda, enganchado a un alfiler que la costurera había olvidado, y cuando por fin cayó sobre la alfombra olía todavía a capilla, a incienso y a esa mentira dulce de jazmín que ya no sabía si era de Susan o mía. Me quedé en la combinación de lino. El espejo del tocador me devolvió una mujer demasiado pálida, con el pelo suelto sobre los hombros y la raya oscura de la palma como una firma que no brillaba.

Dejé la puerta sin llave.

Después no supe qué hacer con las manos. Las puse sobre la colcha. Las retiré. Encendí la lámpara de aceite, esa llama chica que tiembla si uno respira demasiado cerca, y me senté al borde de la cama nupcial con los pies descalzos tocando la madera fría. En la Casa Alta hasta el silencio tiene peso. Se oían, lejos, pasos de servidumbre, una puerta, el viento restregándose contra los tejos. Nada de él.

Esperé.

La loba se había encogido tanto que apenas era un calor vergonzoso bajo el esternón. Yo, en cambio, estaba llena. Llena de los dieciséis, de los diecisiete, de todas las tardes en que lo vi bajar del bosque y guardé su “gracias” como un pan escondido. Llena de un amor que no tenía dignidad y que, aun así, era lo único verdaderamente mío que yo iba a poner sobre esa cama.

Si él no podía darme el lazo, yo iba a darle el resto.

Cuando el olor cruzó la umbral, se me olvidó cómo se traga.

Bosque. Hierro. Piel caliente debajo de la rabia. Alejandro cerró la puerta con el talón y no dijo mi nombre. Traía la camisa abierta en el primer botón y la mandíbula igual de tensa que en el altar. En la palma, la misma raya oscura. No había cambiado de ropa para mí. Había venido como se va a cumplir un parte.

Se detuvo a dos pasos.

Me recorrió con la mirada del inventario: el lino, el pelo suelto, los pies descalzos, la lámpara. Algo se le movió en la garganta. No fue deseo. Fue el reconocimiento de que el trámite tenía cuerpo, y que ese cuerpo estaba quieto, ofreciéndose, sin pedirle la cortesía de un adjetivo.

—Acuéstate —dijo.

La voz le salió baja, raspada por el día entero.

Obedecí.

Las sábanas olían a lavanda nueva, a cajón recién abierto, a una cama que nadie había usado para otra cosa que no fuera esta noche. Me recosté de espaldas porque no supe si él quería verme la cara. Él se quitó la chaqueta. La dejó sobre el respaldo con un gesto preciso, casi militar. La camisa le siguió. El fuego chico de la lámpara le dibujó el pecho, la línea del estómago, esa fuerza contenida que yo había adivinado mil veces bajo la ropa de caza y que ahora estaba ahí, a una respiración de mi boca, sin ser un regalo.

Se inclinó.

No para besarme.

Para apagar la lámpara.

La habitación se quedó a merced de la luna, esa luz azulada que entraba por el ventanal y le daba a su hombro el color del vitral. Quise decirle que no. Que me dejara verlo. Que si iba a tomarme, al menos me dejara guardar sus ojos. La frase se me quedó entre los dientes cuando su mano —grande, caliente, impaciente— me sujetó la muñeca y la apartó de su pecho.

Yo había levantado los dedos sin darme cuenta.

Había querido tocarlo la mandíbula.

—No —dijo solo eso.

No fue un grito. Fue una puerta.

Me soltó la muñeca y me bajó el lino por los hombros con la misma eficacia con la que se desata un nudo de caza. El aire frío me encontró la piel. Me tembló el vientre. No de miedo: de esa mezcla miserable de vergüenza y hambre que solo conoce quien ama a un hombre que no ha venido a amarla. Su palma recorrió mi costado, midiendo, no aprendiendo. Se detuvo un instante sobre mi cadera, como si comprobara que el cuerpo firmado en el documento era, en efecto, un cuerpo.

—Dos lunas —murmuró, más para sí que para mí—. El Consejo no espera poesía.

Me abrí.

No porque él lo pidiera con palabras. Porque mi amor, ese animal antiguo y desleal, entendió el tono y se ofreció antes de que el orgullo pudiera cerrar las rodillas. Lo sentí colocarse entre ellas con un peso que me robó el aire. La primera embestida no buscó mi placer; buscó el fondo, el sello, la prueba. Un sonido se me escapó, pequeño, herido, y él lo ignoró con una disciplina que dolió más que la fuerza.

Lo amé en esa oscuridad.

Lo amé con las uñas clavadas en la sábana para no volver a alzar la mano hacia su cara. Lo amé cuando su respiración se volvió más honda contra mi cuello y, aun así, no apoyó la boca. Lo amé cuando el ritmo se hizo exigente, preciso, un trabajo de Alfa que conoce el oficio de sembrar y no el de consolar. Cada embestida me partía un poco más el pecho: no por lo que hacía, sino por lo que omitía. El beso. El nombre. Esa pausa mínima en la que un hombre mira a una mujer y le reconoce el alma.

En un momento —uno solo— creí que iba a romper.

Se le atrasó el aliento. La frente se le acercó a la mía. El calor de su boca me rozó el pómulo, tan cerca que el jazmín de mi pelo debió de subirle a la garganta. Cerré los ojos. Esperé el labio. Esperé cualquier cosa que pudiera guardar después, cuando él se hubiera ido, como se guarda un pan.

Apartó la cara.

Acabó con un golpe sordo de cadera y un silencio que se le quedó temblando en el pecho. Lo sentí derramarse en mí con una violencia contenida, la de quien entrega semilla y no ternura. Se quedó unos segundos encima, respirando contra la almohada, no contra mi piel. Después se retiró de un movimiento y el frío ocupó el hueco que dejó su cuerpo.

No me cubrió.

Se sentó al borde de la cama, de espaldas, y se pasó la mano por la cara como quien acaba de firmar el último renglón de un decreto. La luna le cortaba la columna. Yo me llevé la sábana hasta el pecho con unos dedos que no me respondían bien. Entre las piernas, el calor de él se enfriaba ya, convertido en evidencia. En trámite cumplido.

—¿Te lastimé?

La pregunta llegó tarde y sin volverse.

—No.

Mentí con la misma voz serena del altar. Me ardía el cuerpo. Me ardía más el sitio donde él no había querido poner la boca.

Asintió, apenas.

Se puso la camisa. Los botones le sonaron demasiado altos en aquella quietud. Cuando se levantó, por un instante su sombra cubrió la mía sobre la colcha y pensé —estúpida, incansable— que iba a inclinarse. Que iba a decir Johanna. Que iba a dejarme, al menos, el derecho de haber sido mirada después.

Abrió la puerta.

—Si hay sangre, llama al ama —dijo—. No salgas al pasillo.

Se detuvo en el umbral, sin girarse del todo. La madera le comía media cara. En lo que quedó visible no había crueldad. Había algo peor: el vacío de un hombre que acababa de usar el único cuerpo que le quedaba y todavía sentía el de otro, ausente, más real que el mío.

—Esto se va a repetir —añadió—. Hasta que el Consejo tenga su señal. No hace falta que hables. No hace falta que finjas gusto. Solo… quédate.

La puerta se cerró.

El seguro, del otro lado, no chasqueó. Tampoco hizo falta. El límite ya estaba puesto sobre mi piel.

Me quedé mirando el techo.

La luna recorrió la habitación con una lentitud ofensiva. Me dolían las muñecas donde me había sujetado la sábana. Me dolía la palma del rito, que latía ahora con un calor solitario, como si la sangre mezclada en la capilla hubiera entendido, al fin, que no iba a encenderse nunca. Llevé dos dedos a los labios. Estaban intactos. Nadie los había usado.

Entonces sí lloré.

Sin ruido. Con esa educación atroz que me habían enseñado las Omegas de mi casa: el llanto cabe en una almohada y no se le ofrece a nadie que no lo haya pedido. Las lágrimas se me fueron al oído, calientes, y con ellas una frase que no llegué a decirle cuando tenía el peso encima:

Mírame. Aunque sea una vez. Aunque sea para odiarme. Pero mírame.

Nadie contestó.

En el pasillo, sus pasos se alejaron hacia el ala de él, hacia esa puerta de roble que yo no debía cruzar. Cerré los ojos. Dentro de mí, más abajo del dolor, más abajo de la humillación limpia de haber sido tomada sin ser vista, algo minúsculo y terco se quedó quieto, escuchando.

La loba.

No para consolarme.

Para marcar la fecha.

Porque hay noches que una mujer sobrevive… y las guarda. Las guarda enteras, con olor, con luna, con la orden de no hablar. Y un día —un día que todavía no tiene nombre— las pone sobre la mesa frente al mismo hombre que apagó la lámpara.

Me sequé la cara con el borde de la sábana.

La dejé sin llave, otra vez.

Por si volvía.

Y odie —con un odio pequeño, asustado, dirigido contra mí— el hecho de que una parte de mí todavía lo deseara.

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