Capítulo 5 La carta sin abrir

La carta sin abrir

Amaneció con olor a lavanda y a él.

El segundo aroma ya se había enfriado sobre mi piel, convertido en una evidencia que las sábanas no sabían disimular. Me senté despacio. El cuerpo contestó con un dolor limpio, hondo, de esos que no se quejan en voz alta: un recordatorio entre las piernas, un moretón tímido en la muñeca donde yo misma me había sujeto para no tocarlo la cara. La luna se había ido. En su lugar entraba una luz gris, de montaña, que dejaba ver demasiado.

Había una mancha pequeña.

No mucha. Lo bastante para que el ama de llaves, cuando golpeó y entró sin esperar mi “adelante”, apretara la boca con esa discreción profesional que en las casas de Alfa equivale a un informe.

—La baño yo, Luna —dijo.

Luna.

La palabra me quedó grande, igual que el vestido. Asentí. Me llevó al cuarto de agua, me sentó en el taburete de madera y me echó agua tibia con una palangana. No preguntó. Lavó, secó, me tendió una bata color hueso. En el espejo, por un segundo, vi el cuello intacto. Ni un beso. Ni una marca. Un matrimonio sin huella en la piel es una humillación que no se puede denunciar.

—El Consejo desayuna en la sala chica a las nueve —añadió, recogiendo las sábanas con un gesto que no era cruel—. El Alfa ya bajó.

Ya bajó.

Es decir: había cruzado de nuevo el pasillo, había abierto su puerta de roble, se había vestido y había decidido que la noche cabía en un cajón.

Yo también me vestí.

Un vestido sencillo, verde oscuro, de cuello alto. Nada de encaje. Nada que recordara el altar. Me recogí el pelo y escondí la raya de la palma contra el pliegue de la falda. Antes de salir miré la cama desnuda. El colchón tenía todavía la huella de un solo cuerpo. La suya no estaba. Se había llevado hasta el hundimiento.

En la sala chica había seis hombres y el olor a café recién hecho.

Don Silvestre presidía la cabecera como si la casa fuera suya. A su derecha, Alejandro. Camisa oscura, puños abrochados, la mandíbula afeitada con una precisión que me resultó más íntima que cualquier caricia de la noche. No levantó la vista cuando entré. Sí lo hizo el resto. Seis pares de ojos midieron mi paso, mi cuello, la forma en que me senté dos sillas más abajo, donde el ama había puesto un plato. El sitio de la Luna. Cerca. Nunca a su lado.

—Buenos días —dije.

Un murmullo educado. Tazas. El roce de un cuchillo contra el pan.

—La ceremonia quedó registrada —anunció Don Silvestre, sin preámbulos—. El lazo, sin embargo, no dio señal visible. Eso no anula el sello. Anula la comodidad.

Alejandro partió un trozo de pan.

—El lazo no es requisito para el heredero —respondió.

—No —concedió el anciano—. El vientre sí. Dos lunas, Alfa. Lo dije ayer y lo repito delante de ella para que no haya malentendidos. Si llegada la segunda luna no hay rastro, el Consejo evaluará… alternativas.

La palabra alternativas se sentó en medio del mantel como un animal.

Yo serví el café con una mano firme. El chorro no tembló. Por dentro, sí: entendí que “alternativas” podía significar otra mujer, otra cama, otra Omega más fértil o más bella o, simplemente, más parecida a Susan. Me pasó la taza a Alejandro. Nuestros dedos no se tocaron. Él murmuró un “gracias” idéntico al de antes, cuando era más joven y yo, traidora, lo guardé otra vez.

Un Beta de barba rojiza —Lope, si no me equivocaba— sonrió con la boca nada más.

—Al menos es silenciosa —dijo, como quien elogia una yegua—. Las Lunas parlanchinas le pudren el humor a un Alfa.

Nadie lo reprendió.

Alejandro bebió.

Yo sonreí lo justo para que el insulto no encontrara dónde agarrarse. En las casas de manada, la dignidad de una Omega no se defiende con discursos. Se defiende quedándose sentada.

Cuando los seis se fueron, la sala quedó con las migas y con él.

Me levanté para recoger las tazas. Era un gesto de criada y lo supe. Lo hice igual. Necesitaba ocupar las manos. Alejandro se puso de pie también, ajustándose el puño, y por un instante quedamos los dos a un lado de la mesa, tan cerca que el olor de la noche —el suyo, el mío, el nuestro a la fuerza— debió de subirle a la memoria.

—Hoy no vengas a la sala de armas —dijo—. Descansa.

Descansa.

Como si lo que había ocurrido entre las sábanas fuera un esfuerzo mío del que él, generoso, me relevaba.

—¿Y esta noche?

La pregunta se me escapó antes de que el orgullo la cazara. Me ardieron las orejas.

Él me miró, al fin.

No fue la mirada del altar. Fue peor: una inspección breve, profesional, la de quien calcula si el cuerpo de la víspera está en condiciones de repetir el trámite.

—Deja la puerta sin llave —contestó—. Igual que ayer.

Se fue.

No por el pasillo del ala oeste. Por el de su estudio. La puerta de roble no era esa; era otra, más estrecha, entreabierta. El ama pasó junto a mí con la bandeja y murmuró, sin que se lo pidiera:

—El correo de la madrugada quedó sobre su escritorio, Luna. Si va a llevarle el segundo café…

No sé qué parte de mí aceptó el pretexto. Si la esposa obediente. Si la niña de dieciséis. Si esa curiosidad miserable que ya olía, sin nombre, a desgracia. Preparé la taza. Crucé el pasillo. Golpeé.

Nadie respondió.

La puerta cedió un palmo. El estudio olía a tinta, a lana mojada y a él. Había mapas en la pared, una cornamenta, el cuchillo ceremonial ya limpio sobre un paño. El escritorio era un rectángulo de desorden controlado: decretos, un sello de plata, la cinta de cuero del voto enrollada como una serpiente pequeña.

Y el sobre.

Estaba encima de todo. Papel crema. Mi nombre no. El suyo, escrito con una letra que yo habría reconocido entre mil: esa A de Alejandro un poco inclinada, esa R de Rivas que Susan practicaba en los márgenes de sus cuadernos cuando todavía fingíamos que el compromiso era un juego.

El sello de lacre no estaba roto.

Sin abrir.

Lo sostuve un segundo. El papel era reciente; no tenía el amarillo de lo guardado. Había llegado de madrugada. Es decir: mientras yo lloraba sin ruido contra una almohada prestada, mi hermana —desde no sabía qué cama, con no sabía qué boca todavía en el cuello— le había escrito a mi esposo.

Oí pasos.

Lo dejé donde estaba. Demasiado tarde. La taza tintineó contra el plato. Alejandro apareció en el umbral, se detuvo, y sus ojos fueron del café al sobre y de ahí a mis dedos, que todavía tenían el temblor de haber tocado el nombre de ella.

—¿Leíste?

—No.

Era verdad. Y era insuficiente.

Cruzó la habitación sin prisa. Tomó el sobre. Lo sopesó como se sopesa una bala. No lo abrió. Lo guardó en el primer cajón, a la derecha, ese cajón que en los hombres poderosos no es de plumas: es de cosas que no se tiran.

Cerró con llave.

La llave desapareció en su bolsillo.

—El correo del Alfa no es asunto de la Luna —dijo, y la frase tenía la misma temperatura de la noche—. El café, déjalo.

Obedecí.

Al salir sentí su mirada en la nuca, no como caricia: como un candado más. En el pasillo me detuve un instante, con la bandeja vacía, y comprendí lo que el Consejo no había necesitado pronunciar en voz alta.

Yo era la esposa.

Ella seguía siendo la carta.

Y él, el hombre que la noche anterior me había pedido que no hablara, acababa de guardar sin abrir —con una delicadeza que a mí no me había ofrecido ni en la oscuridad— la primera prueba de que Susan no se había terminado en seis líneas.

Apreté la palma marcada contra el vestido verde.

Dos lunas, había dicho Don Silvestre.

Dos lunas para darle un hijo a un hombre cuyo primer cajón ya tenía otro nombre.

Sonreí cuando el ama cruzó el corredor, porque las Lunas de reemplazo no tienen permitido el lujo de la cara descompuesta. Por dentro, sin embargo, la loba levantó la cabeza por primera vez desde el altar.

No para consolarme.

Para oler el lacre.

Para recordar la llave.

Para empezar a contar, con una paciencia que todavía no se parecía a la venganza, los días que un Alfa puede vivir creyendo que una Omega no ve lo que guarda.

Esta noche la puerta volvería a quedar sin llave.

Y yo —dioses del bosque me perdonen— iba a dejarla así.

No solo porque él lo había ordenado.

También porque, a partir de esa mañana, necesitaba estar lo bastante cerca para oír cuándo decidiera abrirla.

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