Capítulo 8 Lo que se corre no se elije

Lo que se corre no se elige

Me avisaron al alba, con un chal y una orden.

—Cacería de límites —dijo el ama, dejándome sobre la cama unas botas que no eran mías—. El Alfa quiere a la Luna visible. El Consejo también.

Visible.

No invitada. Visible. Como se saca una bandera para que el viento sepa de quién es el palo.

Me vestí de oscuro. Pantalón de montar, camisa que me quedaba holgada en los hombros, el pelo trenzado para que no se me metiera en la boca. En el espejo no había novia. Había una Omega a la que iban a montar en una yegua mansa y poner al costado de un hombre que la noche anterior había probado su picaporte y se había ido sin golpear.

Bajé.

El patio de armas olía a cuero húmedo, a caballo, a hierro recién afilado. Había doce. Lope ya sonreía. Don Silvestre no: los ancianos no cazan, cuentan. Alejandro estaba de pie junto a su negro, la mano en la crin, la mandíbula afeitada, el cuerpo hecho para el bosque de un modo que me dejó un segundo sin aire. Lo había visto entrenar mil veces desde el margen. Verlo al centro, con la manada alrededor, era otra cosa. El poder no le quedaba puesto. Le crecía de adentro.

No me miró cuando me acerqué.

Sí lo hizo el negro, que resopló y apartó el ijar. La yegua que me asignaron era parda, baja, de ojo paciente. Me subí sin ayuda. Nadie me la ofreció. Una Luna de dos semanas no pide estribo si no quiere que el chiste del pozo gane otra estrofa.

Salimos al filo del sol.

El Valle Negro, visto desde la senda alta, no parecía una casa con sábanas y cajones. Parecía un animal enorme, dormido entre niebla y pinos. El aire me limpió la garganta. La loba, esa presencia que llevaba semanas encogida, se asomó un palmo: no para correr, para oler. Tierra mojada. Resina. El rastro viejo de un ciervo. Y él. Siempre él. Bosque e hierro adelantándose medio paso, igual que en la capilla.

Corrimos dos leguas sin hablar.

Cuando el primer rastro fresco apareció —una ramita rota, una huella todavía blanda—, Alejandro alzó la mano y la fila se partió en silencio. Lope tiró a la izquierda con cuatro. Un joven de pelo claro, Tomás, se quedó a mi altura, demasiado cerca de la yegua, con esa sonrisa que en los guerreros jóvenes no distingue entre cortesía y hambre.

—Si se asusta, Luna, grite —dijo, bajo—. Yo la bajo.

No había miedo en el bosque que yo no hubiera sentido ya dentro de una habitación. Asentí. Seguí.

El ciervo saltó al fondo de una cañada. Lo vi un segundo: la cornamenta, el flanco, esa belleza tonta de lo que todavía no sabe que lo persiguen. Alejandro se lanzó. No con teatralidad. Con esa economía terrible de los Alfas que no necesitan demostrar nada porque el cuerpo ya es la prueba. El negro bajó la pendiente como si el barro no existiera. Un momento después oí el golpe —seco, breve— y el silencio que deja un animal cuando deja de ser futuro.

Llegamos al claro cuando él ya estaba de pie junto a la res.

Tenía sangre en la muñeca. No mucha. La justa para que el olor a hierro se le volviera más suyo. El pecho le subía con un ritmo hondo. El cabello le caía sobre la frente. Y yo, a lomos de una yegua mansa, sentí el viejo golpe de los dieciséis: el deseo vergonzoso, intacto, de bajar y acercarme a esa boca que en la oscuridad no me buscaba.

Aparté la vista.

Tomás no.

Se había adelantado a mi estribo, la mano ya en la rienda de la parda, el cuerpo demasiado dentro de mi aire.

—La pendiente está fea —dijo—. Mejor que baje conmigo.

—Sé bajar.

—Aun así.

Su olor era joven, impaciente, sin el peso del de Alejandro. Me tendió los brazos. No era un insulto abierto. Era peor: era la familiaridad de quien ha oído el chiste del tapón y concluye que una Luna de reemplazo se puede tocar un poco más que las otras.

Alejandro levantó la cabeza.

No corrió. No gritó. Cruzó el claro con esa calma que en él siempre precede a una orden, apartó la mano de Tomás de la rienda con dos dedos —dos, no más— y se puso entre mi rodilla y el muchacho. El negro, suelto, vino detrás como una sombra.

—A tu puesto —dijo.

Tomás palideció.

—Alfa, solo…

—A tu puesto.

El joven retrocedió. Lope, desde el otro lado del claro, soltó una risa chica que se le murió en la barba. Los demás fingieron ocuparse de la res. Yo bajé sola, con las botas hundiéndoseme en el musgo, y quedé a un palmo de Alejandro. La sangre de su muñeca me olía tan cerca que me tembló la boca.

No me miró a los ojos.

Me miró la trenza, el cuello, el sitio donde Tomás había puesto la mano en la rienda.

—No te adelantes a los guerreros —murmuró, solo para mí—. Y no dejes que te bajen.

—No iba a dejarlo.

—Lo estabas permitiendo.

La frase me entró como el alfiler de la primera mañana. Permitiendo. Como si el margen que el mundo me asignaba fuera culpa mía. Como si sonreír en el pozo, firmar la cesión y abrir las rodillas en la oscuridad me hubiera convertido en una puerta que cualquiera podía empujar.

—¿Es celos —pregunté, muy bajo—, o inventario?

Por un segundo el bosque entero pareció inclinarse hacia su mandíbula.

—Es mi sello —respondió—. El Consejo te puso en esta casa. Un muchacho con las manos largas no va a oler lo que no le toca.

Lo que no le toca.

No: lo que no le toca a él perder. La diferencia era un abismo, y yo acababa de asomarme.

Asentí, porque estábamos en un claro lleno de oídos. Él se quitó el paño de la cintura, se limpió la muñeca y me lo tendió sin ceremonia, manchado.

—Sujétame esto.

Lo tomé.

El paño estaba caliente. La sangre, todavía. Mis dedos quedaron juntos a su pulso un instante, el mismo pulso que en la capilla no quiso buscar el ritmo del mío. Ahora latía fuerte, de caza, de autoridad ejercida. Me dejé esa calor en la palma marcada y odié —otra vez, contra mí— el alivio estúpido de haber sido corrida como se corre una cosa propia.

Volvimos al paso.

En la senda alta, Tomás cabalgaba al fondo, callado. Lope se acercó a mi estribo con la sonrisa puesta de lado.

—El Alfa no comparte ni el agua, Luna —dijo—. Eso debe de reconfortarla.

No contesté.

Reconfortar no era la palabra. Lo que sentía era más sucio: un hambre alimentada con migas de propiedad. Me habían llamado Susan junto al pozo. Me habían dicho apagada. Me habían cerrado la noche como castigo. Y ahora, porque un muchacho me había ofrecido el estribo, Alejandro se había interpuesto. No para decir “es mía y la miro”. Para decir “es mía y no se mancha”.

En la Casa Alta nos esperaba el olor a res recién abierta y el de la comida de mediodía. Me quité las botas en el umbral del ala nupcial. El ama recogió el paño sin preguntar de quién era la sangre. Yo me lavé las manos y el agua se me fue rosada por un segundo, como si el rito de la capilla hubiera decidido sangrar otra vez.

Golpearon.

No era el ama.

Alejandro entró sin pedir permiso —la casa era suya; yo, también, según el papel— y cerró. Traía el cabello todavía húmedo del bosque. Se había cambiado la camisa. En la nueva no había sangre. En los ojos, sí: esa inquietud contenida de un hombre que ha defendido un objeto y ahora no sabe qué hacer con la defensa.

—Esta noche dejo la puerta —dijo.

No era pregunta.

Me sequé las manos en una toalla. El corazón se me había ido a la garganta, traidor, agradecido, asustado.

—Ayer probaste el picaporte.

Lo miró como se mira una falta que no se puede negar.

—Ayer había llave.

—Hoy puede volver a haberla.

Se acercó un paso. El olor a bosque me llenó la habitación nupcial y la volvió, por un instante, claro de caza. Me recorrió la trenza con la vista. No la tocó.

—No juegues a las puertas conmigo, Johanna.

Mi nombre. Otra vez como tapia. Otra vez mejor que el silencio, y eso me daba vergüenza.

—No juego —dije—. Cuento. El Consejo cuenta lunas. Tú cuentas trámites. Yo empiezo a contar lo que me dejas.

El aire se le quedó quieto en el pecho.

Por un segundo creí que iba a agarrarme el codo como en el pasillo, a llevarme otra vez al estudio, a repetirme que Susan no se menciona y que lo demás no me corresponde. En su lugar hizo algo más peligroso: me sostuvo la mirada. De verdad. Sin vitral. Sin lámpara que apagar. Los ojos oscuros, el cansancio, el orgullo, y debajo —mínimo, casi miserable— el reconocimiento de que el trámite había hablado.

—Esta noche —repitió, más bajo—. Sin llave.

Se fue.

Me quedé con la toalla entre las manos y el paño de su sangre ya lejos, en alguna cubeta del ama, y comprendí la ley nueva de esa casa:

Si un extraño me tocaba la rienda, él se interponía.

Si yo le cerraba la puerta, él la probaba.

No era amor.

Era territorio.

Y el territorio, en el Valle Negro, se defiende incluso cuando se desprecia lo que hay dentro.

Al anochecer dejé el picaporte abierto.

No por obediencia pura. Por algo más torcido: necesitaba ver si, después del claro, después de Tomás, después de haberme llamado Johanna para no jugar, iba a apagar la lámpara igual.

Vino.

El olor cruzó el umbral antes que el paso. Cerró con el talón. Me encontró de pie, no recostada, con la trenza todavía hecha y las manos quietas a los costados. Se detuvo. La luna le cortaba el hombro.

Esta vez no dijo Acuéstate.

Se acercó, me tomó la trenza entre dos dedos —el mismo gesto con el que había sopesado el listón de Susan— y la soltó como quien suelta una prueba.

—En el bosque no te adelantes —murmuró—. Aquí tampoco.

Apagó la lámpara.

Y yo, al cerrar los ojos, tuve la certeza sucia de que el ciervo del claro y yo compartíamos oficio: corridos, alcanzados, exhibidos como prueba de que el Alfa todavía sabía poner la mano encima de lo suyo.

La diferencia —la que me quedó latendo entre las piernas y más arriba, en el hueco del nombre— era una sola:

El ciervo, al menos, había muerto mirándolo.

Yo seguía viva.

Y eso, de pronto, ya no parecía solo una desgracia.

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