Capítulo 9 La señal que no era

La señal que no era

Me despertó la boca.

No él. La boca. Un sabor a metal y a bosque podrido, subiendo desde el estómago como si la cacería de ayer se hubiera quedado viva adentro. Me incorporé de golpe. Las sábanas todavía olían a su piel. La lámpara, apagada. El lado de él, vacío.

Llegué al cuarto de agua a gatas.

El vómito fue poco. Amargo. Me quedé con la frente contra el borde frío, los dedos clavados en la loza, respirando por la boca para no olerlo. Un hilo de saliva. El pulso en las sienes. La loba, inquieta, dándole vueltas al vientre como si buscara algo que yo no sabía nombrar.

—¿Luna?

El ama, al otro lado de la puerta. La bandeja tintineó.

—Un minuto.

—Está verde.

No respondí. Me enjuagué. Me miré en el espejo: ojeras, labios secos, una mancha de sangre vieja en la cutícula de tanto haberme sujeto la sábana. Me puse la bata. Al abrir, ella ya había visto el piso.

Apretó la boca.

—Mejor que baje. El médico…

—No.

—El Consejo cuenta. Si hay señal—

—No es señal.

Ella no discutió. Dejó la bandeja en el tocador. El café me revolvió otra vez. Aparté la taza con el dorso de la mano y el líquido se fue al borde, oscuro, temblando.

Bajé igual.

En la sala chica estaban los tres de siempre. Don Silvestre con el acta. Lope con el pan a medio mascar. Marta Ríos con esa trenza gris que no se mueve ni cuando miente. Alejandro, al fondo, de pie. Camisa oscura. Puños abrochados. Me vio entrar y no preguntó cómo había dormido. Preguntó con los ojos, de arriba abajo, el cuello, la cintura, la forma en que sujetaba el respaldo para no tambalearme.

Don Silvestre cerró el cuaderno.

—Hoy hay olor.

Lope se rio por la nariz.

—Ayer la corrimos. Hoy amanece mareada. Yo diría que el Alfa apunta bien.

Marta no sonrió.

—O que la niña no desayunó.

—No soy niña.

Se me escapó más alto de lo que quería. Lope alzó las cejas. Alejandro no se movió. Yo me senté. La silla crujió. El pan, en el plato, me olía a establo.

—Tráiganlo —ordenó el anciano.

“Lo” era el médico.

Mientras esperábamos, nadie habló. Alejandro se sirvió café. El chorro le tembló un segundo —apenas— y lo disimuló apoyando la jarra con demasiado cuidado. Lope miraba mi vaso vacío. Marta giraba el anillo.

El médico entró secándose las manos. Dedos fríos. La misma silla alta de la otra vez.

—La muñeca.

Se la tendí.

Olió. El pliegue del codo. La garganta. Me hizo inclinar la cabeza y su respiración me rozó la clavícula. Cerré los ojos. No por pudor. Porque si los abría iba a vomitarle encima.

—Náusea desde cuándo.

—Esta mañana.

—Sangrado.

—No.

—El ciclo.

Vacilé.

—Debería haber venido hace… no sé. Días. Con la boda se me—

—Se le desordenó. Pasa.

Alejandro, desde el ventanal:

—¿Y?

El médico se enderezó. Se pasó el pulgar por el bigote.

—Podría ser temprano. Demasiado temprano para cantar. El olor está… raro. No dulce. Agrio.

—Agrio —repitió Lope, como si le sirvieran un vino malo.

—Estrés. Caza. El cuerpo de una Omega a veces vomita antes de concebir. A veces vomita porque la están oliendo cada dos días.

Don Silvestre no parpadeó.

—Entonces no hay señal.

—Hay un cuerpo que protesta. No es lo mismo.

El silencio se cayó sobre el mantel.

Lope dejó el pan.

—Vaya. Y yo que iba a felicitar al Alfa.

Nadie lo felicitó.

Alejandro se pasó la mano por la mandíbula. Un roce. Corto. Después apoyó los nudillos en el alféizar y miró el patio, no a mí.

—Puede retirarse.

El médico inclinó la cabeza. Al pasar junto a mi silla murmuró, sin que el Consejo alcanzara:

—Coma. Aunque no quiera. Si vuelve a vomitar sangre, me llama a mí. No al acta.

Se fue.

Don Silvestre abrió el cuaderno otra vez.

—Seguimos contando. Queda luna y media. Alfa…

—Lo oí.

—La Omega está apagada. Ya se dijo. Si el problema es de frecuencia—

Yo solté una risa chica. Fea.

—¿Frecuencia.

Marta me miró por encima de la taza.

Alejandro se volvió.

—Johanna.

—Estoy aquí. Pueden decirlo. Que entre más veces. Que deje la puerta. Que el vientre es un decreto. Ya lo sé.

Lope silbó bajo.

—La Luna despertó.

—Lope.

La voz de Alejandro cortó la sala por la mitad. El Beta alzó las palmas, todavía sonriendo. Don Silvestre cerró el acta con un golpe seco.

—Basta por hoy.

Salieron. Marta se retrasó. Me apretó la muñeca igual que la vez del patio. Esta vez no advirtió de lenguas. Solo dijo:

—No les des el vómito. Se lo van a quedar.

Quedamos los dos.

El café se enfriaba. Yo jugué con el borde de la taza, dándole vueltas, dándole vueltas, hasta que el plato chirrió. Alejandro no se sentó. Se quedó de pie, a dos metros, como si la mesa fuera un límite que él mismo había puesto.

—No vuelvas a hablar así delante de ellos.

—¿Así cómo.

—Como si esto fuera un mercado.

—Esto es un mercado.

Le tembló un músculo junto a la boca. Se acercó. Recogió mi taza —la que yo no había tocado— y la dejó más lejos, fuera de mi alcance, como si el café pudiera defenderme.

—Estás enferma. No es hora de…

—¿De qué? ¿De oír que no hay señal? ¿De que Lope apunte al blanco?

—De pelearte conmigo en voz alta.

Respiré. El metal volvió a subirme a la lengua. Me llevé los nudillos a los labios. Él siguió ese gesto con los ojos y, por un segundo, la mano se le levantó. No llegó. Cayó al costado.

—¿Te lastimé anoche.

No era la misma pregunta de la primera vez. Esta venía tarde igual, pero más baja.

—No.

—Te ves…

—Apagada. Ya lo dijo el médico.

—No iba a decir eso.

—Dilo igual.

Se pasó el pulgar por el puño. El hilo suelto de siempre.

—Voy a pedirle que no te vuelva a oler delante de ellos.

—Eso no cambia el plazo.

—No.

Callamos.

Afuera, en el patio, alguien reía. Una risa de cocina. Demasiado cerca. Alejandro fue a la ventana y corrió el postigo. La risa se cortó.

Cuando se volvió, ya tenía la cara de decreto.

—Hoy no hay caza. Descansa.

—Ayer también ibas a dejarme descansar.

—Ayer te adelantaste a un guerrero.

—Hoy vomité. ¿Eso cuenta como adelantarme?

Se le escapó un sonido. No fue risa. Fue aire, cansado, contra los dientes.

—No empieces.

Esa frase otra vez. La de la noche del nombre. Me levanté. La silla rechino. El estómago dio un vuelco y tuve que agarrarme el borde de la mesa. Él dio un paso. Uno. Como si fuera a sujetarme. Se detuvo a medio camino.

—Puedo sola.

—Nadie dijo que no.

—Lo estás pensando.

Me miró la boca. Los dedos en el mantel. El temblor que yo no alcanzaba a esconder.

—Esta noche no voy.

Lo soltó fácil. Demasiado fácil. Como quien retira el alimento otra vez.

Asentí.

Quise no asentir. Quise preguntarle si era castigo o asco. En su lugar recogí las migas de Lope con la yema, una por una, y las dejé en el plato. Oficio. Lo único que no me temblaba.

—Johanna.

—Dime.

—Si es… si llega a ser, me lo dices a mí. Primero. No a Silvestre.

La frase me golpeó más que el vómito. Si llega a ser. Un hijo. El trámite hecho carne. Y aun así: a él primero. No por ternura. Por control.

—¿Para guardarlo en el cajón —pregunté—. Con la carta.

Se le fue el color de la mandíbula.

—Te dije que no.

—No dije el nombre.

—Lo estás oliendo igual.

Apoyé las dos palmas en la mesa. La raya del rito, casi invisible, contra la madera.

—Anoche me tocaste la trenza como el listón. Hoy no hay señal. Mañana Lope va a volver a apuntar. ¿Cuánto tiempo crees que puedo sonreír?

Él tragó.

Se le vio.

—El que puedas.

Se fue.

No por el estudio. Por el patio de armas. La puerta del fondo golpeó. Yo me quedé con las migas y el café frío y ese sabor a metal que no se iba. El ama asomó la cabeza. Vio la taza lejos de mí. No preguntó.

Subí.

En el cuarto de agua volví a inclinarme. Esta vez no salió nada. Solo arcadas. Vacías. Me senté en el piso, la espalda contra la tina, las rodillas juntas, y puse una mano en el vientre. Plano. Callado. Sin dulzura. La loba se removió, agria, igual que había dicho el médico, y por un instante tuve miedo de que sí fuera eso. Miedo y hambre. Las dos cosas juntas, que es la forma más sucia de querer.

—No todavía —le susurré.

No supe si se lo decía a un hijo o a mí.

Por la tarde traje el café al estudio sin que nadie me lo pidiera. Golpeé. Nada. La puerta cedió. El escritorio estaba desordenado. El cajón, cerrado. Encima, no había sobre. Había un vaso con agua y una tela. El paño de la cacería, ya lavado, doblado mal.

Lo toqué.

Todavía olía, debajo del jabón, a su sangre.

Pasos.

Me giré con el paño en la mano. Alejandro en el umbral. El viento del patio en el cabello. Vio el trapo. Vio mis dedos.

—Eso no se toca.

—Estaba tirado.

—Estaba donde yo lo dejé.

Se lo quité de las manos sin rasparme la piel. Lo metió en el mismo cajón. El chasquido. La llave, otra vez, al bolsillo.

—Agua —dijo.

Señaló el vaso.

—Bébela.

—No tengo sed.

—No es una pregunta.

Bebí. El agua me bajó mal. Tuve que taparme la boca. Él desvió la vista hacia los mapas, como si mi náusea fuera una falta de protocolo.

—El médico va a pasar mañana. A solas. Sin acta.

—Gracias.

La palabra le quedó chica. A mí también.

Al anochecer no dejé llave. Tampoco me recosté a esperarlo. Me senté en el alféizar, la ventana abierta al bosque, el aire frío en la nuca, contando los tejos. El picaporte no se movió.

Cerca de la una, un papel bajo la puerta.

No era carta de ella. Era una nota. Letra angular. La misma del libro de votos.

Come. Aunque sea pan.

Sin firma.

La sostuve contra la luz de la luna. El papel era el de los decretos. El reverso, en blanco. Lo doblé. Lo metí debajo de la almohada, junto a nada, porque no tenía otro sitio donde guardar una orden que por un segundo se había disfrazado de cuidado.

No comí.

Me quedé en el alféizar hasta que el metal de la boca se me hizo costumbre.

Abajo, en el ala de él, una raya de luz. Ningún nombre esta vez. N

ingún cajón. Solo esa luz, y yo aquí, con un vientre que había prometido una señal y había entregado un vómito.

Mañana el médico vendría sin acta.

Mañana Lope volvería a sonreír.

Y yo tendría que decidir si el pan debajo de la almohada era un gesto… o el principio de otra cuenta.

La que ya no llevaba el Consejo.

La mía.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo