Capítulo 2 CAPÍTULO 1
— LA CENA DE PRESENTACIÓN
—Te conozco esa cara.
Su madre lo dijo sin voltear a verla, con la vista clavada en la ventanilla del carro y las dos manos cerradas sobre el bolso, como si alguien pudiera arrancárselo en el asiento trasero de su propio auto.
Victoria cruzó las piernas despacio, lo justo para que la abertura del vestido rojo subiera un palmo más de lo que cualquier madre consideraría decente.
—Es la única que tengo, mamá. La de monja la mandé a la tintorería y todavía no me la devuelven.
—Te lo advierto, Victoria. Esta gente no es tu público.
—Toda la gente es mi público. Pregúntale a internet.
Puedes obligarme a sentarme en esa mesa, papá. Lo que no puedes es obligarme a comportarme.
El plan era sencillo y lo había armado entre el segundo y el tercer café de la mañana. Si se negaba, la casaban igual, así que no iba a negarse. Iba a darles a los Whitmore exactamente lo que todo Londres decía que era, pero en vivo, en su comedor y sin cortes comerciales, hasta que fueran ellos los que se levantaran de la mesa, llamaran a sus abogados y rompieran el trato muertos de vergüenza. Para eso se había puesto el vestido rojo, el mismo que su madre le había prohibido dos veces, la primera con un grito y la segunda con unas tijeras en la mano.
—Por lo menos sonríe —dijo su madre.
—Mamá, voy a sonreír tanto que me van a tener que pagar horas extra.
Su madre por fin la miró, y los nudillos se le pusieron blancos sobre el cierre del bolso.
El carro se detuvo frente a la escalinata de la mansión Whitmore, y un hombre de guantes blancos abrió la puerta antes de que nadie alcanzara la manija.
Adentro los esperaban en fila. Lord y Lady Whitmore al centro, algunos parientes a los lados y un par de abogados que fingían ser invitados, todos con esa sonrisa tiesa de quien va a cerrar un negocio y quiere que parezca una reunión familiar.
—Qué alegría tenerlos en casa —dijo Lord Whitmore, estrechándole la mano a su padre con las dos suyas.
—La alegría es nuestra —contestó su padre, que no se alegraba de nada desde hacía años.
Lady Whitmore le tomó la mano a Victoria y se la sostuvo dos segundos de más. La giró apenas hacia la luz, bajó la mirada hasta el escote y la subió hasta el pelo, con la calma de quien revisa un mueble que ya pagó y solo quiere confirmar que no llegó rayado.
—Eres más bonita que en las revistas.
—Gracias. En las revistas siempre salgo con la boca abierta, y casi nunca es para hablar.
La sonrisa de Lady Whitmore no se movió ni un milímetro, pero le soltó la mano como si quemara.
Sebastian fue el siguiente. Victoria lo conocía de galas y de fotos en la sección de negocios, y en persona era exactamente lo que prometían las fotos: traje impecable, postura de portada y la sonrisa de un hombre que nunca en su vida tuvo que pedir algo dos veces. Le tomó la mano y se la llevó a los labios sin llegar a tocarla.
—Victoria. Qué gusto verte con ropa.
—Qué gusto verte a ti con sentido del humor. Pensé que te lo habían extirpado junto con la herencia.
Él se rió bajito, sin soltarle los dedos, y se inclinó lo suficiente para que nadie más lo oyera.
—Un consejo, ya que vamos a ser familia. En esta casa los planes cambian muy rápido, y uno aprende a mirar dos veces.
La soltó y se alejó hacia el mesero antes de que ella pudiera contestar.
Encantador. Como un perro que mueve la cola mientras te enseña los dientes.
Victoria se terminó el champán. Tenía tres chistes preparados para el novio, y el mejor, el de los plátanos, lo había ensayado frente al espejo hasta que le salió perfecto.
Entonces se abrió la puerta del fondo.
Lo primero que pensó fue que alguien había calculado mal el tamaño del marco. Casi dos metros de hombre llenaban la puerta de lado a lado, y tuvo que bajar un poco la cabeza al cruzarla, sin prisa, como quien entra a un lugar donde todavía no sabe si le va a tocar salir corriendo o quedarse a pelear. El traje negro era a la medida, hecho en tiempo récord, y aun así la costura de los hombros parecía estar rezando para aguantar hasta el postre. Le habían cortado el pelo hacía muy poco: en la nuca, la piel se veía dos tonos más clara que el resto del cuello, y bajo el puño de la manga izquierda asomaba el borde blanco de una venda.
No miró a nadie a la cara. Miró las ventanas primero, las dos puertas después, y luego, uno por uno, a los meseros, a los abogados y a los parientes, como si estuviera contando cuántos eran y cuánto tardaría cada uno en llegar hasta él. Solo cuando terminó de revisar el salón entero levantó los ojos hacia las personas.
Y Victoria, que había visto hombres guapos en yates, en pasarelas y en camas que no eran suyas, se quedó con la copa vacía a medio camino de la boca.
No. No, no, no. Me vendieron un mono y me mandaron un dios griego con venda. Esto es publicidad engañosa.
Se le secó la garganta. El chiste de los plátanos se le murió en la lengua, y los otros dos se fueron detrás.
Cruzó el salón con los tacones sonando fuerte sobre el mármol, se le plantó enfrente y le extendió la mano con el brazo estirado y la palma abierta, a la distancia exacta a la que se saluda a alguien a quien uno quiere medir.
Él bajó la mirada hacia la mano y no la tomó.
—¿Qué quieres que haga con eso?
Tenía la voz grave y un acento de colegio caro que se había oxidado en alguna parte, pero que seguía ahí.
—Agarrarla, guapo. Se llama saludar. Aquí la gente lo hace antes de clavarse el cuchillo.
—Ya sé cómo se llama. Te pregunté para qué sirve.
—Para saber cosas. —Movió los dedos en el aire—. Si tienes la mano sudada, si aprietas como un idiota, si tiemblas. Y a mí, en lo personal, me sirve para calcular el tamaño de otras partes. Es ciencia.
Uno de los abogados tosió. Él ni parpadeó.
—Entonces sirve para medir. —Volvió a mirarla a los ojos—. Y tú no cruzaste el salón para medirme. Viniste lista para pelear.
Se tomó su tiempo para recorrerle la cara, como si le estuviera buscando la herida.
—Lo que todavía no sé es con quién.
A Victoria se le apretó el estómago, y lo arregló como arreglaba todo: con más descaro. Bajó la mano, sonrió con todos los dientes y empezó a caminar alrededor de él, muy despacio, como quien revisa un caballo en una feria antes de ofertar.
—A ver, a ver. Déjame ver qué me compraron. Dientes no le revisé, pero los hombros están bien, la espalda está bien, las piernas…
Él giró apenas la cabeza para seguirla con el rabillo del ojo, y nada más.
Cuando quedó detrás de él, le puso la mano en la nalga y apretó.
Dura. Como apretar una piedra envuelta en pantalón de sastre.
El salón se quedó sin aire. En algún lugar a su espalda, una copa se estrelló contra el piso.
Victoria se giró hacia las dos familias sin quitar la mano todavía.
—Bueno, por lo menos esto sí nos lo están vendiendo firme. Si el resto viene igual, yo firmo hoy mismo.
No vio venir a su madre. Oyó los tacones apurados sobre el mármol y alcanzó a voltear justo a tiempo para recibir la palma abierta de lleno en la mejilla. El anillo de su madre le raspó el pómulo. La cabeza se le fue hacia un lado con tanta fuerza que el pelo le cayó sobre la cara, y el chasquido rebotó en el piso, en las lámparas y en el silencio de treinta años de buenos modales, tan limpio que uno de los meseros dio un paso atrás.
Durante un segundo no oyó nada, solo un zumbido agudo en el oído izquierdo. Después llegó el ardor, primero en la piel, luego más hondo, un calor que le subía hasta la sien y le palpitaba debajo del ojo. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla y notó el sabor a hierro donde el diente le había cortado la carne.
Las dos familias esperaban las lágrimas. Lo vio en sus caras: la estaban esperando rota.
Victoria se tomó su tiempo. Se apartó el pelo de la cara con dos dedos, se lo acomodó detrás de la oreja y levantó la barbilla hacia su madre, que respiraba por la boca con la mano todavía abierta y temblando.
—Qué buen brazo, mamá. Con ese golpe hasta el tigre se habría ido corriendo. —Se tocó el pómulo y miró la yema del dedo, limpia—. Y ni sangre me sacaste. Estás perdiendo facultades.
Llorar delante de esta gente sería regalarles el postre antes de la cena.
