Capítulo 3 CAPITULO 2
LA CENA PARTE DOS.
Alexander no se había movido. La miraba a ella, no a su madre, y Victoria no supo leer lo que había en esa cara, porque no había nada que leer.
—La mesa está servida —anunció Lady Whitmore, con la voz de quien salva un barco a punto de hundirse con una sola frase.
Y la gente obedeció. Doce personas caminaron veinte metros hasta el comedor y se sentaron a comentar la vajilla, que era de porcelana heredada y tenía un filo dorado precioso, como si nadie en esa casa hubiera tocado ni pegado nada, mientras detrás de ellos dos sirvientes recogían los vidrios en silencio.
A Victoria la sentaron frente a él. No esperó a nadie: agarró la botella de vino y se sirvió hasta el borde. Su madre cerró los ojos.
—Tranquila, mamá. Es para la inflamación.
Bebió y, por encima de la copa, se puso a mirarlo.
Él tomaba la copa con la mano entera, rodeándola por el cuerpo y no por el tallo, como quien agarra algo que se le puede caer o que le pueden quitar. Antes de usar el tenedor le dio la vuelta entre los dedos, lo revisó por ambos lados y lo dejó otra vez junto al plato, en la posición correcta. Y miraba los platos de todos, uno por uno, sin disimulo, como si estuviera contando cuánta comida había y cuánto le tocaba a cada quien.
—Lady Whitmore, una pregunta práctica —dijo Victoria, en voz alta—. ¿Antes de la luna de miel me tengo que vacunar, o él ya viene con todas las dosis?
Alguien se atragantó con el agua. Lady Whitmore enderezó un cuchillo que ya estaba derecho.
Pero lo que la hizo dejar la copa fue otra cosa. A su alrededor, su padre tamborileaba los dedos sobre el mantel, Lord Whitmore sudaba sobre el cuello almidonado, su madre no levantaba los ojos del plato y Sebastian sonreía demasiado. Él era el único tranquilo de esa mesa. Ni siquiera la vacuna lo había movido.
Genial. Me toca el único hombre en Inglaterra al que no puedo sacar de quicio.
Sebastian se puso de pie antes del primer plato, con la copa en alto.
—Un brindis. Por mi hermano, que volvió de entre los muertos.
Hubo un murmullo aliviado y algunas copas subieron a medias.
—Veinte años —siguió Sebastian, sin bajar la suya—. Veinte años siendo el heredero de esta familia. Firmando lo que había que firmar, sentándome frente a la junta cuando papá no podía, cargando con este apellido en cada reunión. ¿Y saben cómo me enteré de que ya no era nada? Por teléfono. Cuatro minutos. Nadie me preguntó.
—Sebastian, siéntate —dijo Lord Whitmore.
—Ya casi, papá, déjame disfrutar. En cuatro minutos me explicaron que el apellido, la compañía y hasta una alianza con los Kensington, que por cierto a mí nunca me ofrecieron, se le entregaban a un hombre que hace tres días dormía en el monte y que esta noche tuvo que preguntar para qué sirve un apretón de manos. —Se volteó hacia su hermano, sonriendo—. Si alguien en esta mesa se merecía esta boda, era yo. Y pueden pagarle todos los maestros que quieran, de etiqueta, de idiomas, de lo que se les ocurra. Eso no se quita. Va a seguir siendo un animal salvaje con traje.
Alexander lo miró sin pestañear, con el tenedor todavía en la mano.
Sebastian giró la cabeza hacia Victoria.
—Y tampoco hay de qué escandalizarse por lo de la sala. La novia ya demostró en internet que tocar desconocidos no le cuesta trabajo. Cincuenta libras, si mal no recuerdo. —Levantó un poco más la copa—. Aquí por lo menos le salió gratis.
Victoria no decidió levantarse. Las piernas lo hicieron por ella. La silla se fue hacia atrás con un chirrido contra el piso, y ella rodeó la mesa por el costado, rápido, esquivando a un mesero con la bandeja y el respaldo de una silla, sin quitarle los ojos de encima. Sebastian la vio venir y no se movió. Siguió sonriendo, con la copa en alto, seguro de que no se iba a atrever.
Se atrevió.
Echó el hombro hacia atrás y le soltó la mano abierta con todo el peso del cuerpo. El golpe le volteó la cara de lado a lado, le desacomodó el pelo sobre la frente y le arrancó la copa de los dedos. El cristal voló por encima del hombro de su madre y reventó contra el piso en mil pedazos.
A Victoria le hormigueaba la palma entera, caliente y latiendo, como si hubiera golpeado una pared.
—Esta sí fue gratis, cariño —le dijo—. La próxima te la cobro.
Durante un segundo nadie respiró. Sebastian se llevó la mano a la mejilla, se miró los dedos y levantó la vista hacia ella con una cara que ya no sonreía.
—Estás loca.
—Y tú eres un llorón con corbata. Pero yo por lo menos cobro por el espectáculo.
Entonces Lady Whitmore gritó.
—¡Sebastian! ¡Por Dios, Sebastian, tu cara!
Su padre se levantó tan rápido que tumbó la copa de vino sobre el mantel.
—Nos vamos. Esta misma noche. Mañana a primera hora se ven los abogados.
—¿Los abogados? —Lord Whitmore golpeó la mesa con la palma—. ¡La que empezó fue su hija, con esas manos que no sabe dónde poner!
—Ay, Lord Whitmore, yo sé perfectamente dónde las pongo —contestó Victoria—. El problema es que en esta casa nadie tiene nada que valga la pena agarrar. Salvo el salvaje.
Su madre soltó un sollozo y se derrumbó sobre el mantel, con la cara entre las manos y los hombros sacudiéndose encima de la porcelana heredada. Lady Whitmore le sostenía la cara a Sebastian como si se estuviera desangrando, y Sebastian, con la mejilla roja y marcada con cuatro dedos, murmuraba para quien quisiera oírlo:
—Esa mujer no dura un año en esta familia. Ni un año.
—Qué bueno —dijo Victoria—. Porque yo no pensaba durar ni el postre.
Su padre rodeó la mesa, la agarró del brazo con tanta fuerza que le clavó los dedos en el hueso y tiró de ella hacia la puerta.
—Camina.
—Suéltame, me estás…
No terminó la frase. Nadie vio a Alexander moverse. Un segundo antes estaba sentado al otro lado de la mesa y al siguiente estaba entre los dos, con la mano cerrada alrededor de la muñeca de su padre. No apretaba. Solo la sostenía, y aun así su padre no pudo dar un paso más.
—Suéltala.
El comedor se quedó callado de golpe. Alexander no subió la voz. Lo dijo como quien pide la sal.
—En esta casa nadie arrastra a nadie.
Su padre abrió los dedos. Victoria recuperó el brazo y se lo frotó; tenía la marca roja de la mano grabada en la piel.
Y entonces lo entendió, y le dieron unas ganas enormes de reírse.
Su madre le había pegado delante de todos. Ella le había reventado la cara al hermano del novio y había insultado al suegro en su propia mesa. La suegra seguía chillando, y el novio acababa de ponerle la mano encima a su padre. No había contrato en el mundo que sobreviviera a esa cena. Mañana los abogados romperían los papeles, las revistas tendrían otro escándalo suyo que imprimir, y ella volvería a su vida sin salvajes, sin cenas y sin porcelana heredada. Respiró hondo por primera vez en toda la noche y sintió cómo se le aflojaban los hombros.
Ganaste, Victoria. No hay boda. Ni en un millón de años.
—Yo acepto —dijo Alexander.
Victoria giró la cabeza hacia él tan rápido que le tronó el cuello.
Los padres se recompusieron en segundos. Lady Whitmore dejó de gritar como si le hubieran cerrado una llave. Lord Whitmore se alisó el chaleco, carraspeó y dijo que en ese caso lo mejor era firmar esa misma semana y hacer la boda lo antes posible, antes de que la prensa se cansara del tema. Y su padre, que treinta segundos antes hablaba de abogados, se quedó quieto con los ojos fijos en la mesa, haciendo cuentas. Victoria lo vio hacerlas y lo vio terminarlas.
—Me parece razonable.
—¿Razonable? —Le salió una carcajada demasiado aguda—. ¡Te amenazó, papá! ¡Yo le reventé la cara al otro! ¡Mi mamá me cacheteó delante de todo el mundo! ¿Qué más quieren, que me desnude arriba de la mesa?
Lady Whitmore le sonrió con una dulzura que daba miedo.
—Son cosas de familia, querida.
Los dos padres se dieron la mano por encima de la mesa, entre las copas volcadas y los vidrios.
Victoria había hecho el ridículo más grande de su vida y se casaba igual.
Agarró el bolso de la silla y salió del comedor antes de que alguien le viera la cara. Cruzó el salón, pisó un pedazo de vidrio que nadie había recogido y siguió hasta el vestíbulo con la mandíbula tan apretada que le dolían las muelas.
Un mono. Me casan con un mono, y el mono me ganó.
No lo oyó llegar. Cuando se dio vuelta, él ya estaba ahí, a dos pasos, sin haber hecho ningún ruido sobre el mármol.
—¿Qué? ¿Vienes a cobrarme la nalga?
—El vestido, la mano, la boca. —No sonreía—. Todo lo de esta noche lo hiciste para que ellos rompieran el trato.
Victoria abrió la boca y, por primera vez en años, no le salió nada.
—Allá adentro todos gritaban. Tú eras la única tranquila de esa mesa. Los demás gritaban, y tú estabas trabajando.
Dio un paso hacia ella, y después otro, hasta que Victoria tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada. Él bajó los ojos a la marca roja en su mejilla, después a la de su brazo, y cuando volvió a mirarla a la cara, lo hizo con una intensidad que le cerró la garganta.
—No funcionó. —Su voz bajó hasta casi rozarle la boca—. Eres digna de ser mi hembra. Tan salvaje como peligrosa.
A Victoria se le aflojaron las rodillas, se le olvidó cómo se respiraba, y el bolso casi se le resbaló de los dedos.
Maldita sea. Estoy perdida.
