Capítulo 4 CAPÍTULO 3
— LA BODA
La última vez que Victoria vio a Alexander Whitmore, él le dijo en un vestíbulo que era digna de ser su hembra, y ella salió de esa mansión sin contestarle nada. La siguiente vez iba a ser frente a un altar, y para eso no había tenido que hacer nada más que esperar a que los abogados terminaran de firmar.
—Deja de asomarte, que te ven —dijo su madre, jalándole la cortina del cuarto de la novia.
—Que me vean, mamá. Para eso pagaron la entrada.
Desde la rendija alcanzaba a ver la iglesia entera: flores blancas hasta en los confesionarios, fotógrafos de revista amontonados junto a la puerta y lo más elegante de Londres metido en las bancas, con vestidos de temporada y sonrisas de funeral. Nadie estaba ahí por amor. Estaban ahí porque la fortuna de los Whitmore y la de los Kensington iban a quedar amarradas en un solo nudo, y nadie con dos dedos de frente se perdía la oportunidad de salir en la foto.
Y todos, sin excepción, cuchicheaban.
—Dicen que el novio se come la carne cruda —oyó que le decía una señora de sombrero lila a la de al lado.
—Pues le va a gustar la novia. Esa también viene cruda.
Qué bonito. Ni siquiera he entrado y ya tengo reseñas.
Su madre le acomodó el velo con dedos que no dejaban de temblar, le repitió por quinta vez que caminara despacio y salió a revisar las flores, que era lo que hacía cuando no soportaba quedarse en un cuarto con su hija.
La puerta se cerró. Dos segundos después, se volvió a abrir.
Sebastian entró sin tocar, cerró detrás de él y se quedó recargado contra la madera, con el traje gris de padrino y la mejilla todavía un poco más rosada que la otra, como si la cachetada no se le hubiera terminado de borrar.
—Estás preciosa —dijo—. Qué desperdicio.
—Si viniste a pedir otra, te la doy gratis. Ya sabes que en esta familia me salen baratas.
Él sonrió y avanzó despacio, mirando alrededor como quien revisa un departamento que piensa comprar.
—Vine a hacerte una propuesta. La mejor que te van a hacer hoy, y créeme, no hay mucha competencia.
—Ay, qué emoción. ¿Me vas a ofrecer un tigre?
—Te voy a ofrecer una salida. —Se detuvo frente a ella—. Lo dejas plantado en el altar y te casas conmigo. El contrato se arregla, los abogados hacen lo que se les diga, y tu padre firma lo que sea mientras la alianza siga en pie.
Victoria lo miró de arriba abajo, sin decir nada. Él lo tomó como un sí.
—Y no te voy a pedir que cambies. —Bajó la voz—. Puedes tener los amantes que quieras, uno por semana si se te antoja. Yo no pregunto. Es más, yo administro tu herencia mientras tú te vas de fiesta. Tú te diviertes, yo hago crecer el dinero, y los dos ganamos. Con él, en cambio, te espera un animal que va a querer que le enseñes a usar el baño.
Victoria soltó una sonrisa de lado, lenta.
Dio un paso hacia él, luego otro, con la cola del vestido arrastrando sobre la alfombra, hasta quedar tan cerca que Sebastian alcanzó a relajar los hombros, seguro de que había ganado. Ella le puso una mano en la solapa, se la alisó con cariño, y con la otra bajó directo a la entrepierna y apretó.
Fuerte. Con todos los dedos y sin ninguna prisa por soltar.
A Sebastian se le fue el color de la cara de golpe. Se dobló hacia adelante, abrió la boca y no le salió ni el aire, solo un chillido agudo que se le quedó atorado en la garganta. Las manos le volaron a la muñeca de ella, pero no se atrevió a jalar.
—Sueñas —le dijo Victoria al oído, muy suave—. Mi fortuna solo la administro yo. Y bájate de esa nube si crees que le vas a hacer algo a mi salvaje.
Apretó un poco más. Sebastian se puso de puntitas.
—Conozco a los resentidos como tú, cariño. Sonríen en las fotos y afilan el cuchillo en la cocina. Pero te tengo una noticia. —Le dio una palmadita en la mejilla con la mano libre—. Ahora la herencia es mía también. Y yo no dejo que nadie toque lo mío.
Lo soltó. Sebastian se fue de lado contra la pared, sosteniéndose con las dos manos donde le dolía, con los ojos llenos de lágrimas y la boca todavía abierta.
Victoria abrió la puerta, lo agarró del brazo y lo empujó al pasillo con una sola mano.
—Ve a sentarte, padrino. Y camina derechito, que hay fotógrafos.
Cerró de un portazo, se miró en el espejo, se acomodó un rizo que se le había salido del peinado y se limpió los dedos en el pañuelo de encaje que su madre le había dejado para las lágrimas.
Bueno, para algo sirvió.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron, el órgano arrancó y trescientas cabezas se voltearon al mismo tiempo.
Victoria caminó del brazo de su padre, despacio, como le había pedido su madre, y por primera vez en su vida entendió lo que sentían los animales del zoológico. Nadie la miraba con ternura. La miraban con morbo, con lástima, con cálculo, y algunos con las tres cosas a la vez. Una prima se tapó la boca con el programa de la misa para reírse. Un lord de cara colorada le dijo algo al oído a su esposa, y la esposa asintió muy seria, mirándole el escote.
Sí, señora. Son de verdad. Todo lo que ve es de verdad, menos la sonrisa.
Y después, a mitad del pasillo, las cabezas se voltearon hacia el altar, porque él se había dado la vuelta.
Alexander la esperaba de pie, más quieto que las estatuas de los santos que tenía atrás. El traje esta vez era gris oscuro, y alguien había tenido la sensatez de hacerle las costuras más generosas. Tenía las manos sueltas a los costados y no miraba a los invitados, ni a los fotógrafos, ni al sacerdote. La miraba a ella, desde que cruzó la puerta, sin parpadear, como si en toda esa iglesia no hubiera nadie más.
Las murmuraciones iban y venían a los dos lados del pasillo.
—Míralo, parece que se la va a comer.
—Pues que se la coma. Con el dinero que hay detrás, yo les aplaudo lo que hagan.
A Victoria le temblaron un poco las rodillas y apretó el brazo de su padre para disimularlo.
Su padre la entregó sin decir una palabra. Alexander le tomó la mano, y esta vez sí sabía para qué servía: la rodeó entera con la suya, caliente y áspera, y no la soltó en toda la ceremonia.
El sacerdote habló mucho. Victoria no oyó casi nada. Oyó que alguien en la tercera banca tosía cada tres minutos, oyó a Sebastian quejarse bajito cuando se sentó, y oyó su propia voz decir que sí, que aceptaba, con un tono más ronco del que pretendía.
—Acepto —dijo Alexander, antes de que el sacerdote terminara de hacerle la pregunta.
Hubo una risita nerviosa en las primeras filas. El sacerdote carraspeó, terminó la pregunta de todos modos, y él lo repitió sin cambiar el tono.
—Acepto.
—Entonces, por el poder que me ha sido conferido… puede besar a la novia.
Victoria se preparó para un besito de fotografía, de esos que se dan con los labios cerrados y los ojos puestos en la cámara.
No le dio tiempo de nada. Alexander le metió una mano en la nuca, por debajo del velo, la otra en la cintura, y la pegó a su pecho de un solo movimiento. La besó con la boca abierta, sin prisa y sin ninguna consideración por las trescientas personas que miraban, como si llevara veinte años esperando ese momento y no pensara desperdiciar ni un segundo. A Victoria se le cerraron los ojos solos. Se le olvidó dónde tenía las manos, dónde estaba el altar y cómo se llamaba el sacerdote. Cuando él por fin se apartó, ella seguía con la boca entreabierta, respirando a pedazos y agarrada de su solapa para no caerse.
La iglesia entera estaba muda.
Alexander se agachó, la tomó por las piernas y se la echó al hombro como un costal de harina, con vestido, velo y todo.
—¡Oye! —chilló ella, con la cabeza colgando a la altura de su espalda—. ¡Bájame, animal! ¡Hay fotógrafos!
Él empezó a caminar hacia la salida por el pasillo central, sin prisa, entre los flashes y los gritos ahogados de las bancas, y le plantó la mano abierta en la nalga, firme, sin apretar.
—En tu casa me revisaste tú —dijo—. Ahora me toca a mí.
