Capítulo 5 CAPÍTULO 4
— LA FIESTA
Alexander la cargó hasta la limusina entre flashes y gritos de periodistas, abrió la puerta con la mano libre y la depositó en el asiento de cuero como quien acomoda una maleta demasiado cara. Después se metió él, dobló las piernas como pudo en un espacio que no estaba hecho para su tamaño, y el chofer arrancó.
Victoria se quedó un segundo boca arriba, con el velo atravesado en la cara y el ramo aplastado contra el pecho.
Y entonces soltó una carcajada.
Se rió con todo el cuerpo, doblada sobre el vestido, con lágrimas que le corrían el rímel y un dolor en las costillas que no la dejaba parar. Cada vez que intentaba calmarse se imaginaba la portada del día siguiente, la heredera Kensington colgando del hombro de su marido con las nalgas apuntando a trescientos invitados, y volvía a empezar.
—Los periódicos no van a olvidar esto nunca —dijo, secándose los ojos con el guante—. Nunca. Me van a enterrar con esa foto. Mi lápida va a decir "aquí yace la que salió de la iglesia como un saco de papas".
Alexander no se rió. La miraba desde su lado del asiento, con los codos sobre las rodillas y la cabeza un poco ladeada, como la había mirado en el vestíbulo. Victoria dejó de reírse de a poco, porque es muy difícil reírse sola frente a un hombre que no parpadea.
—¿Qué? ¿Tengo rímel hasta la barbilla?
—Todos creen que soy tonto —dijo él—. O que no entiendo lo que dicen delante de mí, porque crecí entre animales.
—Bueno, cariño, preguntaste para qué sirve un apretón de manos.
—Pregunté para qué te servía a ti. —Se echó hacia atrás en el asiento, sin quitarle los ojos de encima—. Pero te puedo asegurar que sé muy bien cómo moverme en esta selva de sonrisas falsas. Allá los animales te enseñan los dientes antes de morderte. Aquí sonríen. Es la única diferencia.
A Victoria se le quedó la risa atorada en la garganta.
Pensó en Sebastian con su propuesta de administrarle la herencia, en su padre haciendo cuentas sobre la mesa y en las señoras del sombrero lila. Pensó en el hombre que en la cena había contado los platos, las puertas y a los meseros antes de mirar a nadie, y que después se sentó a comer como si no hubiera notado nada.
Mierda. A lo mejor no soy la única en esta familia que se esconde detrás de una cara.
Se acomodó el velo, cruzó las piernas y dejó que la abertura del vestido hiciera su trabajo.
—O sea que el salvaje es un espía. Qué sexy. ¿Y qué más sabes, señor Whitmore?
—Sé que llevas todo el camino mirándome la boca.
—Te estoy mirando el labial. Me dejaste la mitad del mío en la cara.
Él se inclinó, le pasó el pulgar por la comisura de los labios, despacio, limpiando lo que no había, y se quedó ahí un segundo de más. Victoria sintió ese dedo en el estómago.
—Ya no —dijo él, y se echó otra vez hacia atrás.
Hijo de su madre. Lo hizo a propósito.
Ella le puso la mano en la rodilla. Él no la quitó. Ella subió un poco, hasta medio muslo, y el músculo se le endureció bajo la tela del pantalón como si le hubiera pasado corriente.
—Uy. Tan tranquilo que te veías.
Alexander le tomó la muñeca con dos dedos, sin apretar, y le regresó la mano a su propio regazo como quien devuelve algo que se le cayó a otro.
—En la casa hay trescientas personas esperando —dijo—. No voy a llegar así.
—¿Así cómo?
Él no contestó. Miró por la ventanilla. Y Victoria se pasó el resto del camino mordiéndose la lengua para no preguntarle otra vez.
La mansión de sus padres estaba llena hasta las escaleras. Había gente en los jardines, gente en la terraza, gente en los baños y hasta un periodista escondido detrás de las cortinas del salón de música, al que su madre hizo sacar con dos guardias y una sonrisa. La orquesta tocaba, los meseros pasaban con bandejas de plata, y todo Londres fingía que había venido a celebrar.
Los novios solo saludaron. Mano, beso, gracias, qué bonito vestido, mano, beso, gracias. Victoria perdió la cuenta en el invitado cuarenta.
No hubo baile de los novios. Lady Whitmore se lo explicó a su madre en voz baja junto a la mesa del pastel, con la sonrisa pegada: Alexander no sabía bailar, y después de lo de la iglesia no pensaban darle a la prensa otra oportunidad de hacer el ridículo. Su madre asintió como si le hubieran ofrecido un indulto.
Victoria se dejó caer en una silla del rincón con una copa de champán en cada mano y, por primera vez en su vida, agradeció que alguien le arruinara una fiesta.
Una cachetada, un apretón de bolas, una boda y un secuestro al hombro. Hasta yo tengo un límite de espectáculo por día.
Lord Whitmore se llevó a Alexander para presentarle a unos accionistas, y ella se quedó sola apenas el tiempo que tardó en tomarse la primera copa.
—La novia más comentada del año.
Henry Kensington se le paró enfrente con su esposa del brazo. Su primo tenía la misma nariz de su padre y la misma costumbre de mirar a la gente desde arriba aunque estuviera sentado. Era el presidente de la empresa familiar desde que ella tenía uso de razón, y en todos esos años nunca le había dicho una frase que no llevara veneno.
—Henry. Qué milagro. Pensé que no salías de la oficina ni para ir al baño.
—Por ti, prima, hago excepciones. —Levantó la copa—. Felicidades. Nos diste un espectáculo precioso. Todo el mundo habla de cómo te sacó tu marido. El salvaje, ¿no? Así le dicen.
Su esposa se tapó la boca con los dedos para reírse.
—Es muy guapo, eso sí —dijo ella—. Lástima que no hable.
—Habla —contestó Victoria—. Lo que pasa es que contigo no le vale la pena.
La sonrisa de la mujer se torció un poco. Henry se inclinó hacia Victoria, sin bajar la copa.
—Te lo digo con cariño, porque somos familia. Ya estás casada, que era lo que todos queríamos. Ahora puedes hacer lo que hacen las mujeres casadas. Quedarte en tu casa, decorar, parir un par de herederos con ese hombre. —Le guiñó un ojo—. Seguro que para eso sí sirve. Y yo sigo al frente de la empresa, como siempre. Todos contentos.
Victoria se tomó la segunda copa de un trago, la dejó sobre la bandeja de un mesero que pasaba y se puso de pie. Con los tacones quedaba casi a la altura de su primo.
Le sonrió con todos los dientes.
—No te preocupes, Henry. El lunes recibo la herencia. —Le acomodó el nudo de la corbata con dos dedos—. Y vas a ser el primero en salir.
A Henry se le fue la sangre de la cara. Su esposa soltó el brazo de su marido sin darse cuenta.
—Tú no sabes ni leer un balance.
—No hace falta, primo. Para firmar tu despido solo tengo que saber escribir mi nombre, y ese me lo sé de memoria.
Henry abrió la boca para contestar, pero Alexander ya venía de regreso entre los invitados, y la gente se apartaba a su paso sin que él tuviera que pedirlo. Henry lo vio, cerró la boca, agarró a su esposa del codo y se perdió hacia la terraza.
—¿Quién era? —preguntó Alexander.
—Mi primo. Un resentido. Tienes un hermano igualito, pero con mejor sastre.
Él siguió con los ojos la espalda de Henry hasta que desapareció entre la gente, y después volvió a mirarla a ella.
—Te enseñó los dientes.
—Y yo le enseñé los míos. Tranquilo, los tengo más grandes.
Se hacía tarde. Los invitados empezaban a irse por grupos, y la madre de Victoria anunció que el auto los esperaba en la entrada. Estaban ya al pie de la escalera, con los abrigos puestos, cuando una voz suave los detuvo.
—Perdón, perdón. No me quería ir sin felicitarlos.
Era una mujer joven, de vestido azul sencillo, sin una sola joya, con el pelo recogido en un moño prolijo y las manos juntas frente al cuerpo, como una alumna esperando turno. No se parecía a nadie de esa fiesta.
Alexander se dio la vuelta, y Victoria lo vio sonreír.
No con la boca a medias, como en la limusina. Sonrió de verdad, con toda la cara, se le aflojaron los hombros y los ojos se le quedaron quietos sobre esa mujer, como no se habían quedado quietos sobre nadie en toda la noche. Ni siquiera sobre ella.
—Clara —dijo él.
—Te ves muy bien, Alexander. Te dije que la corbata gris era mejor. —Clara se volteó hacia Victoria y le tomó las dos manos entre las suyas, cálidas y suaves—. Usted debe ser Victoria. Soy Clara Bennett, la tutora de Alexander. Qué gusto conocerla por fin, me ha hablado mucho de usted.
A Victoria se le apretó el estómago de golpe.
—¿Ah, sí? Qué raro. A mí no me ha dicho nada de ti.
Clara sonrió con toda la dulzura del mundo.
—Bueno, ya tendremos tiempo de conocernos. Mañana me mudo con ustedes.
