Capítulo 6 CAPÍTULO 5
— LA NOCHE DE BODAS
Victoria no le contestó nada a Clara Bennett. Le devolvió la sonrisa, le dio las buenas noches y se subió al auto con la mandíbula tan apretada que tardó media carretera en darse cuenta de que le dolía.
El chofer los llevó fuera de Londres, por caminos cada vez más oscuros y más angostos, hasta que los faros iluminaron un portón de hierro y, detrás, el castillo.
Porque era un castillo. Con torres, con almenas y con una hiedra que se comía media fachada. Era la propiedad que la familia de Victoria le había heredado a ella y que ella había visitado dos veces en su vida, las dos de niña y las dos aburrida. Su madre la había mandado preparar para los recién casados, y al parecer "preparar" significaba contratar a medio condado.
Frente a la escalinata esperaban los sirvientes en fila. Mayordomos, cocineras, camareras, jardineros, un señor mayor de uniforme que no se sabía qué hacía, y la fila seguía y seguía hasta perderse en la oscuridad del jardín.
Mi madre está loca. Esto no es servicio, es un ejército. ¿Qué cree, que nos van a invadir los franceses?
Pero estaba demasiado cansada para decirlo en voz alta. Le dolían los pies, le dolía la cara de tanto sonreír y le dolía la cabeza del champán. Solo quería una cama y quitarse el vestido, y no necesariamente en ese orden.
Estaba a punto de subir el primer escalón cuando Alexander se agachó, le pasó un brazo por la espalda y otro por detrás de las rodillas, y la levantó en brazos como si no pesara nada.
—¿Otra vez? —chilló ella, agarrándose de su cuello—. ¡Ya no hay fotógrafos, Alexander!
—No es para los fotógrafos. —Subió la escalinata sin cambiar el paso, entre la fila de sirvientes que fingían no mirar—. En una clase, Clara me explicó que el esposo debe entrar a la habitación con la esposa en brazos. Dijo que es tradición.
Victoria se quedó muy quieta.
La iglesia. Sacarla al hombro delante de trescientas personas. Eso tampoco se le había ocurrido a él solo.
Clara. Por supuesto que fue Clara. La maestrita.
La anotó en su lista negra, justo debajo de Sebastian y de Henry, con letras rojas y subrayado doble.
Y otra vez, sin que ella quisiera, se le vino a la cabeza la sonrisa que él le había dado a esa mujer al pie de la escalera. Toda la cara, los hombros sueltos, los ojos quietos. No eran celos. Ella no se ponía celosa de un hombre que conocía desde hacía una semana. Pero le molestaba, como una piedra en el zapato, que a la maestrita sí le sonriera así y a ella no.
Él cruzó el vestíbulo, subió dos pisos de escaleras sin que se le agitara la respiración, empujó una puerta doble con el hombro y la dejó sobre una cama enorme con dosel, en medio de un nido de tela blanca.
Después se enderezó y empezó a quitarse la ropa.
Se sacó el saco y lo tiró sobre una silla. Se soltó la corbata. Empezó con los botones de la camisa, uno por uno, sin prisa y sin la más mínima vergüenza, como si estuviera solo en el cuarto.
Victoria se sentó de golpe.
—¡Alto! ¿Qué crees que estás haciendo?
—Me desvisto.
—Ya vi que te desvistes, no estoy ciega. Para. Esto no va a pasar, ¿me oyes? Jamás. Esto es un matrimonio arreglado. Firmamos un papel, no una noche de bodas.
Él se quitó la camisa y la dejó caer al piso.
—No te voy a tocar. —Lo dijo con toda tranquilidad, mientras se desabrochaba el cinturón—. Duermo desnudo. Por eso me quito la ropa.
Se dio la vuelta para buscar dónde dejar el cinturón, y Victoria le vio la espalda.
Era ancha, enorme, marcada de músculos que se movían bajo la piel con cada gesto, y cruzada por cicatrices finas y blancas que no le quitaban nada sino todo lo contrario. Tenía la cintura estrecha y los hombros de alguien que había pasado veinte años trepando, cargando y peleando con cosas que no se podían comprar en un gimnasio.
Victoria se mordió el labio. Se lo mordió tan fuerte que casi se hace sangre.
No. Ni se te ocurra, Victoria. Es un salvaje. Es un salvaje con espalda de estatua, pero es un salvaje.
—Vete a otra habitación —le dijo, con la voz más aguda de lo que pretendía—. Este castillo tiene por lo menos veinte. Escoge la que quieras.
Él se volteó a mirarla y frunció el ceño. Dio un paso hacia la cama y se inclinó un poco, estudiándole la cara.
—Estás roja hasta las orejas.
—No es cierto.
—Sí es cierto. —Le puso el dorso de la mano en la frente, muy serio—. ¿Tienes fiebre? Voy a buscar a un doctor.
—¡No! —Victoria le apartó la mano de un manotazo—. No tengo fiebre. Solo tengo calor. Es el vestido, pesa como diez kilos. Sal para que pueda cambiarme.
Él la observó un segundo más, como si no le creyera del todo. Después recogió la camisa, el saco y la corbata del piso, se los echó al brazo y salió sin decir nada. La puerta se cerró detrás de él.
Victoria se dejó caer de espaldas sobre la cama y soltó un suspiro tan largo que se le desinfló el pecho.
Qué día. Qué día tan asqueroso, tan largo y tan…
Se sentó. Se llevó las manos a la espalda.
Botones. Unos cuarenta botones de perla, diminutos, desde la nuca hasta la cintura, cada uno metido en su ojal de seda. Los había abrochado una costurera con pinzas y paciencia de monja durante casi una hora esa mañana. Ella sola no iba a poder desabrochar ni uno.
Y en ese piso no había sirvientes. Su madre se había encargado de dejarlo claro: el ala de los novios quedaba libre toda la noche, porque se suponía que era su noche de bodas.
—Maldita sea, mamá.
Se levantó, recogió la falda con las dos manos y salió al pasillo. La puerta de la habitación de al lado estaba abierta, con la luz prendida. Tenía que ser ahí.
Entró sin tocar.
Y se le abrieron los ojos como platos.
Alexander estaba de pie junto a la cama, completamente desnudo, doblando el pantalón con una prolijidad de soldado. Los ojos de Victoria no le hicieron caso a nada de lo que ella les ordenó. Le recorrieron los hombros, el pecho, el abdomen marcado, las caderas, y se detuvieron justo ahí, en medio.
Tragó en seco.
Era enorme. No enorme como decían sus amigas después de tres copas, sino enorme de verdad, de esos que una cree que solo existen en las mentiras de los hombres.
Treinta centímetros. Por lo menos treinta. Dios mío, pobre de mí. Ni loca me dejo meter eso.
—¿Terminaste de verme?
Él la miraba fijo, sin ninguna expresión, con el pantalón doblado todavía en las manos.
A Victoria le subió el calor de golpe desde el pecho hasta la frente. Se dio la vuelta tan rápido que se pisó la cola del vestido y casi se va de cara contra el marco.
—Necesito ayuda con el vestido —dijo, hablándole a la pared—. Tiene como mil botones. ¿Podrías por lo menos cubrirte?
Lo oyó suspirar.
—Espera.
Oyó ropa. Oyó pasos. Cuando sintió sus manos en la espalda, se atrevió a mirar de reojo por encima del hombro: se había puesto solamente la ropa interior. Algo es algo.
Él empezó por el botón de la nuca. Tenía los dedos grandes y ásperos, y aun así soltaba las perlas una por una con una delicadeza que ella no esperaba, rozándole la piel cada vez que abría un ojal. Victoria se quedó muy quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho para que el vestido no se le cayera, contando los botones para no pensar en otra cosa.
—Oye —dijo, cuando iba por la mitad—. Eso de dormir desnudo… ¿es en serio?
—Sí. En la selva es la mejor forma de dormir. Menos en invierno, claro. —Soltó otro botón—. Además, desnudo te escondes con más facilidad.
—¿Te escondes de qué?
—De lo que te está buscando.
El último botón se soltó. El vestido se le aflojó sobre los hombros, y Victoria lo sostuvo contra el pecho con las dos manos.
En ese momento vibró el teléfono dentro del bolsito de seda que todavía le colgaba de la muñeca.
Lo sacó con una mano, esperando uno de los cien mensajes de felicitación falsa que llevaba toda la noche recibiendo. Era un número que no conocía.
Si entras a la empresa, tus padres se mueren.
