Capítulo 7 CAPÍTULO 6
— LA MAESTRITA
Victoria leyó el mensaje dos veces, con el vestido sostenido contra el pecho y los dedos de Alexander todavía rozándole la espalda.
Si entras a la empresa, tus padres se mueren.
Soltó el aire por la nariz, algo entre bufido y risa.
Henry. Qué poca imaginación, primo. Te dije que te ibas el lunes y a las tres horas ya estás pataleando como un ahogado.
Bloqueó la pantalla antes de que él alcanzara a ver algo y guardó el teléfono en el bolsito.
—¿Pasa algo? —preguntó Alexander.
—Pasa que tengo un primo con mucho tiempo libre. Buenas noches, salvaje. Gracias por los botones.
Recogió la cola del vestido con las dos manos, cruzó el pasillo sin voltear y cerró su puerta con llave. Se metió en la cama con la ropa interior de encaje que su madre había escogido para una noche de bodas que nunca iba a ocurrir, y se quedó dormida antes de terminar de maldecir a nadie.
Cuando despertó, el sol ya entraba de lleno por las ventanas y alguien había dejado sus maletas al pie de la cama. Encima de todas, en su funda negra, venía la computadora.
Victoria se sentó de golpe.
Se bañó, se recogió el pelo en un moño hecho a la carrera, se puso unos pantalones de algodón y una camiseta vieja, y le pidió a una camarera que le subieran café. Mucho café. Después cerró la puerta con llave, abrió la laptop sobre el escritorio junto a la ventana, y la Victoria de las revistas se quedó colgada en el clóset con el vestido rojo.
Tecleó una contraseña larga, después otra, y después una tercera que cambiaba cada semana. En la pantalla se abrieron las ventanas una tras otra: informes de inversiones, balances trimestrales, correos cifrados, gráficas que subían y bajaban. Tenía mensajes de su equipo esperándola desde el viernes, porque, aunque todo Londres creía que se había pasado la semana probándose vestidos de novia, ella seguía dirigiendo su empresa. La que nadie sabía que tenía. La que había levantado desde cero con otro nombre, a escondidas de su padre, de su madre y sobre todo de Henry.
Contestó los correos con los dedos volando sobre el teclado. Aprobó dos operaciones, frenó una tercera que no le gustó y dejó instrucciones para el lunes.
Porque el lunes empezaba la guerra.
Abrió la carpeta de la empresa familiar, la que Henry llevaba años presidiendo como si fuera suya, y empezó a revisar. Contratos, actas del consejo, movimientos de cuentas, nombres de accionistas con los que iba a tener que sentarse y que llevaban una década riéndose de ella en los cócteles. Sacó una libreta y empezó a anotar. Quién votaba con Henry. Quién le debía favores. Quién estaba harto de él y no se atrevía a decirlo.
En algún momento de la tarde levantó la vista de la pantalla, con los ojos ardiendo, y se acordó de su abuela.
La tenía clarísima: sentada en el jardín de la casa de campo, con su sombrero de ala ancha y una taza de té que nunca terminaba, y Victoria a sus pies, de unos doce años, con una rodilla raspada y la nariz roja de llorar porque un primo le había dicho que las niñas no heredaban empresas, solo maridos.
—Deja de llorar, que eso no le sirve a nadie —le había dicho su abuela, levantándole la barbilla con un dedo—. Escúchame bien, Victoria. En un mundo donde mandan los hombres, una mujer tiene que aprender dos cosas. Prepararse bien y golpear fuerte.
—¿Y si ellos son más fuertes?
—Casi siempre lo son. —La abuela sonrió—. Pero la ventaja de ser mujer es que ellos no esperan el golpe hasta que ya están en el suelo.
Desde ese día, Victoria estudió. Leyó a escondidas todo lo que encontró sobre números, sobre empresas y sobre sistemas, aprendió a entrar donde no la invitaban y a salir sin dejar huella, y dejó que el mundo viera solamente lo que ella quería que viera. La carga iba a ser dura, lo sabía. Pero antes de morir, su abuela le había prometido que si la veía rendirse volvería del otro mundo a jalarle las patas por las noches.
Y esa señora era capaz, así que no pienso darle el gusto.
Volvió a la pantalla y siguió trabajando.
Del otro lado del castillo, mientras su esposa pasaba el día encerrada con llave, Alexander lo recorrió entero.
Empezó por las ventanas del primer piso y siguió por las puertas, contando cuántas daban al exterior y cuántas se podían trabar desde adentro. Subió a las torres, bajó a las cocinas y cruzó los establos. El mayordomo lo siguió todo el día a dos pasos de distancia, con la cara de un hombre que no entendía por qué el señor quería ver los sótanos antes que la biblioteca.
En el último sótano, detrás de una estantería de vinos, Alexander encontró una puerta de madera vieja con bisagras de hierro.
—¿Qué hay ahí?
El mayordomo carraspeó.
—Unos túneles, señor. Pasan por debajo de la propiedad y salen al bosque, del otro lado de la colina. Los construyeron hace siglos como salida de escape. —Se permitió una sonrisa educada—. No creo que tengan que usarlos nunca.
Alexander abrió la puerta, miró la oscuridad que bajaba por una escalera de piedra y se quedó un momento escuchando.
No contestó. Lo dudaba mucho.
Ya casi era de noche cuando Victoria apagó la computadora, se estiró hasta que le tronó la espalda y se dio cuenta de que no había comido nada desde el café. Se cambió la camiseta vieja por un vestido verde que le marcaba todo lo que tenía que marcar, se soltó el pelo, se puso rímel y bajó a cenar.
Desde la escalera oyó risas en la sala.
Una era de mujer, suave y bajita. La otra, grave, era de él.
Victoria bajó los últimos escalones más despacio y se detuvo en la puerta.
Clara Bennett estaba sentada en el sofá, con las piernas juntas, la espalda derecha y un libro de etiqueta abierto sobre las rodillas. Alexander estaba sentado a su lado, inclinado hacia ella, con un tenedor de postre en una mano y un cuchillo de pescado en la otra.
—No, no, ese es el del pescado —decía Clara, riéndose—. Te lo expliqué tres veces.
—Todos tienen filo. Todos sirven para lo mismo.
—No sirven para lo mismo, Alexander. —Le tocó el brazo al decirlo, y dejó la mano ahí un segundo—. Por eso tienen nombres distintos.
Él sonrió. Otra vez con toda la cara.
Qué bonito. Yo trabajando todo el día para salvar el patrimonio de la familia, y él jugando a la casita con la maestrita.
Victoria cruzó los brazos y se recargó en el marco de la puerta.
—Buenas noches. No quería interrumpir la clase. ¿Hoy tocaba cubiertos o cómo cargar a la esposa al estilo cavernícola?
Los dos voltearon. Clara se puso de pie de inmediato, cerrando el libro contra el pecho, con una sonrisa apenada.
—Victoria, qué pena, no la oímos bajar. Llegué hace un rato, el mayordomo ya me mostró mi habitación. Estábamos repasando la lección de…
Dio un paso hacia ella para saludarla. Uno solo. Y en ese paso, justo frente a Victoria, el tobillo se le dobló de lado sobre una alfombra perfectamente lisa.
Clara soltó un gritito y se fue hacia atrás.
Alexander se levantó del sofá tan rápido que el tenedor rebotó en el piso. La atrapó en el aire con un brazo por la cintura, la pegó contra su pecho y la sostuvo ahí, con la cara de ella a centímetros de su cuello y las manos de ella agarradas a su camisa.
—¿Estás bien?
—Creo que sí —murmuró Clara, sin soltarse—. Qué torpe soy.
Victoria miró la alfombra lisa. Miró los zapatos bajos de Clara, sin tacón. Y después miró a Clara, que por encima del hombro de Alexander, donde él no podía verla, la estaba mirando a ella.
Y sonreía.
